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Nacionalismo localista

Artur Mas ha viajado a Massachusetts y ha establecido con ese estado norteamericano (y con Israel, que casualmente pasaba por allí) lazos institucionales “para desmarcarse del desprestigio del sur de Europa”. Para justificar tan curiosa decisión, Mas ha declarado que “hemos –los catalanes- de dar un salto y asociarnos con los mejores para demostrar que somos una realidad dinámica e innovadora”. Demostración que debe resultar en su caso sumamente difícil ya que “Cataluña es un atleta que tiene que competir con una mochila cargada de piedras, por el déficit con España”.

El nacionalismo, tan antiguo y apolillado, resulta a veces conmovedoramente ingenuo y en ocasiones la sonrisa benévola que suscitan sus expansiones degenera irremediablemente en carcajada. Porque hay que tener humor para emprender este curioso “viaje a la excelencia” en plena crisis, con los recortes agobiándonos y cuando aquí acabamos de ver cómo se disipaba el espejismo de una opulencia ficticia de nuevos ricos que han echado mal las cuentas de su propia fortuna.

España, desde Cataluña a Andalucía, desde Valencia a Extremadura, tiene una gran lección que aprender de esta débacle. Y no es precisamente la de la desunión ni la de las fracturas estructurales del Estado de las Autonomías sino la de la solidaridad bien entendida, la recuperación de los grandes valores éticos y políticos y la del europeísmo cabal. Las expansiones fantasiosas de índole patriótica deben quedar para mejor ocasión.

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