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Inseguridad

Lunes, 28 Diciembre 2009

Los españoles ya lo sabemos desde hace mucho tiempo: es muy difícil, prácticamente imposible, controlar completamente una organización terrorista de forma que no cometa atentados. Matar es muy fácil y si los activistas están dispuestos a perder la vida para conseguirlo –disposición que los etarras, por fortuna, no han mostrado nunca-, no habrá modo de evitar que alguna intentona maligna consiga su objetivo.

 

Viene esto a cuento, es obvio, del intento fallido de volar un avión en Detroit, llevado a cabo por un nigeriano de  clase alta próximo a Al Qaeda, entrenado en el Yemen, denunciado a las autoridades norteamericanas por su propia familia, conocido de los servicios secretos occidentales, quien, sin embargo, pudo embarcar tranquilamente en el aeropuerto de Amsterdan camino de los Estados Unidos portando cierta cantidad de un potente explosivo adosado a su cuerpo.

 

Como ha quedado patente, los sistemas de detección y control no son infalibles, pese a la sobreabundancia de medidas incómodas para los viajeros. De donde se desprende que la verdadera seguridad para las sociedades amenazadas requiere, además de la estrecha y rigurosa vigilancia policial, destruir las fuentes de la amenaza. La seguridad se consigue, en fin, luchando en Afganistán y aislando Yemen, y no sólo mejorando las tecnologías aeroportuarias.

Hay que seguir en Afganistán

Martes, 11 Noviembre 2008

Por dolorosa que resulte, la muerte violenta de dos militares españoles en la misión de ISAF –la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad- que desempeñan tropas españolas en Afganistán no puede alterar ni el fundamento político de nuestra presencia en este país ni mucho menos la decisión de fondo de intervenir, junto a la comunidad internacional, en una operación que es clave en  la lucha contra el terrorismo internacional y que representa nada menos que la unidad global frente al iluminismo irredentista de Al Qaeda.

Conviene recordar –la memoria es débil- que la guerra contra el régimen islamista de Afganistán que amparaba al movimiento terrorista encabezado por Bin Laden  fue la respuesta occidental a los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas y el Pentágono. La resolución 1.386 del Consejo de Seguridad  avaló la intervención “en legítima defensa” de la comunidad internacional. Y nuestro país, por decisión del consejo de ministros de 27 de diciembre de 2001, aportó a la ISAF un total de 485 efectivos. En julio del 2004, después de los atentados del 11-M, de la victoria electoral del PSOE y de la súbita retirada de las tropas españolas de Irak, el Parlamento español aprobó un aumento de la presencia militar española en Afganistán con el respaldo casi unánime de las fuerzas políticas (hoy hay 778 militares). Poco antes, en 2003, el mando de la ISAF fue asumido por la OTAN, a demanda de Naciones Unidas.

Dicho esto, parece evidente que la intervención aliada en Afganistán, que dura ya siete años,  ha dado muy precarios frutos. El Gobierno democrático elegido en 2005 no ha conseguido imponer su autoridad, amplias zonas del país están en manos de caciques tribales o de los propios talibanes de Al Qaeda, la sociedad civil no se ha articulado, florece el cultivo de opio y el tráfico de drogas y se está generando una creciente hostilidad hacia las fuerzas de ocupación, debida en buena parte a los bombardeos masivos norteamericanos, que producen estragos entre la población civil. En estas circunstancias, y como quiera que es impensable la retirada de los aliados, que lanzaría un mensaje inadmisible de claudicación ante el terrorismo islamista, parece lógico plantear y reclamar una reconsideración de la estrategia que hayan de adoptar los aliados para  salir del actual impasse. Como ha dicho Moratinos, el debate “no debe ser sobre más o menos tropas sino sobre cómo llevar a cabo una estrategia de desarrollo político-militar que ponga fin a una situación de inestabilidad”.

En otras palabras,  no tiene sentido mantener un statu quo como el actual, que no rinde frutos, por lo que habrá que revisarlo. Ni la democracia afgana –frágil y con signos inequívocos de corrupción- avanza, ni parece posible estabilizar Afganistán sin que se enderece y consolide asimismo la democracia en Pakistán.  La elección de Obama abre caminos nuevos en estos ámbitos, puesto que el nuevo presidente norteamericano tratará de tender puentes con los musulmanes, sustituirá la agresividad castrense por el desempeño de un poder blando y buscará el aislamiento de Bin Laden más que una victoria militar que se antoja inimaginable en aquella desintegrada región del planeta. La fórmula de la cooperación multilateral para frenar la expansión del terrorismo, que tanta afinidad presenta por cierto con la idea de ‘alianza de civilizaciones’, y que responde al concepto de ‘no polaridad’ con que comienza el cuatrienio demócrata en USA, puede ser la base de una nueva forma de presencia, más realista y útil, en Afganistán.