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El retorno de CiU

Martes, 2 Marzo 2010

Jordi Pujol siempre se opuso a que CiU se implicase directamente en la gobernación del Estado aportando ministros al Ejecutivo. Éste fue un motivo de discordia con Miquel Roca, quien sí hubiera visto con buenos ojos la posibilidad de ser personalmente ministro para gestionar el apoyo que el nacionalismo moderado catalán otorgaba al Gobierno socialista de Felipe González. Tampoco el president quiso que CiU entrase en el primer gobierno de Aznar tras el pacto de Majestic, pese a la insistencia del líder conservador.

 

Ahora, casi en puertas de las elecciones autonómicas catalanas, la cuestión vuelve a plantearse. Si, como presagian las encuestas, CiU consigue de nuevo auparse a la Generalitat, quedará automáticamente abierta la posibilidad de que la fuerza capitaneada por Artur Mas –futuro president- y Duran i Lleida se implique en Madrid en la lucha contra la crisis.  

 

No cabe, pues, descartar que veamos pronto a Duran i Lleida como el redivivo Cambó de una nueva regeneración política. Ni es probable, desde luego, que CiU quede al margen del Gobierno que surja de las elecciones generales del 2012, en las que, según todos los indicios, nadie está en condiciones de obtener mayoría absoluta.

 

PP: la catarsis

Martes, 10 Febrero 2009

Aquel célebre y contrastado diagnóstico de lord Acton, “el poder corrompe”, está confirmándose estos días en el seno del Partido Popular. Los problemas de liderazgo provocados por la marcha de Aznar, la sacudida del paso inesperado a la oposición en 2004, la búsqueda insegura de una ubicación ideológica y social en la pasada legislatura, la nueva derrota de 2008, la vacilante reafirmación de Rajoy en el congreso de Valencia, generaron un vacío interior que, a todas luces, ha sido aprovechado por los desaprensivos –que abundan en todas partes- para rentabilizar su instalación en beneficio propio. La falta de control –el único antídoto seguro contra la corrupción- ha hecho el resto. Y por una azarosa coincidencia, varios de estos escándalos han estallado al tiempo. La situación del PP actual es en cierto modo parecida a la que padeció el PSOE en el tramo final de la larga presidencia de González: el director de la guardia civil, el gobernador del Banco de España y el presidente de una comunidad autónoma fueron casi al tiempo el exponente delictivo de una degradación moral que costó mucho esfuerzo superar.

Es muy lógico que hoy cunda el desánimo en las filas del PP, que, después de los sucesivos escándalos en Baleares, consecuencia también de una concepción perversa del poder y de la ausencia de los mínimos controles exigibles, ve como la comunidad de Madrid es escenario de dos graves episodios comprometedores: el espionaje en el gobierno de la autonomía, que revela que la codicia de algunos llega al chantaje, y el caso Correa –“caso Gürtel” lo llama la policía- que sintetiza una al parecer una larga secuencia de cohechos. Este último asunto, que mancha a varias localidades de Madrid, salpica a la comunidad valenciana –el propio Camps ha sido señalado por alguno de los facinerosos- y hunde sus raíces en el núcleo duro del PP puesto que el tal Correa fue testigo en la boda de la hija de Aznar con Alejandro Agag. Por último, de momento, el PP gallego ha tenido que apartar a un candidato a las próximas elecciones tras saberse que tenía negocios en las Islas Caimán y que había defraudado a Hacienda.

Esta acumulación de infortunios no puede ser casual: demuestra una pérdida general del rumbo, un decaimiento moral muy extendido que sin duda tiene que ver con la ligereza con que el PP ha actuado en casos conocidos. El hecho de que se haya mantenido a Fabra en Castellón como si no hubiera pasado nada, o la insidia de promover las candidaturas de alcaldes procesados por corrupción en las pasadas municipales son hechos que lanzan un mensaje equivocado a la ciudadanía y a la propia militancia. A veces ha parecido en este país que la corrupción urbanística era inocua y estaba en la naturaleza de las cosas. Y ahora se paga el precio de semejante tergiversación.

La rectificación del rumbo, el golpe de timón, la recuperación de la dignidad requieren una fortaleza y un liderazgo que pondrán a prueba a Rajoy, con fama de indeciso y de blando. Habrá que ver si el presidente del PP es o no capaz de impulsar una catarsis del PP en su acepción clásica: “purificación ritual de personas o cosas afectadas por alguna impureza”. Y ello ha de abordarse sin pérdida de tiempo porque, de no hacerse así, la gran fuerza de centro-derecha, anonadada y sin reflejos, será incapaz de afrontar los grandes retos que se le plantean. En concreto, la crisis económica: el peso específico del líder de la oposición está desfigurado y disminuido por su propia circunstancia, cuando es más necesario que nunca que la oposición contribuya constructivamente a resolver el drama económico y social que aqueja a nuestro país.

Aznar, guardián de las esencias

Jueves, 8 Enero 2009

Ya es un tópico que los ex presidentes del Gobierno, que en nuestro país terminan de serlo demasiado pronto –Aznar tenía 51 años cuando se retiró voluntariamente de la primera línea-, son algo así como floreros inútiles que nadie sabe dónde colocar en el salón de la casa. González tardó un tiempo en entenderlo, pero finalmente se ha esfumado discretamente del terreno de la polémica concreta, y aunque realiza ciertas incursiones en la actualidad, es justo reconocerle que no influye en la marcha de su partido.

Aznar, en cambio, se ha ido sin marcharse completamente –la presidencia de FAES no es honorífica: desde ella hace y deshace-, y resulta notorio su afán de influir en el PP, corrigiendo en el mejor de los casos la trayectoria que le imprime Rajoy, cuando no desautorizándola con claridad.

En los últimos días, Aznar ha hecho unas declaraciones a “Vanity Fair” y ha fichado para su fundación a María San Gil. En aquellas manifestaciones, defiende a Bush, lo que puede entenderse, e indirectamente se reivindica a sí mismo: “los grandes pueblos son desagradecidos”, dice. Evidentemente, el ex presidente no habla sólo de los americanos. Pero, además, lanza a su partido contra Obama, cuyo triunfo ha sido a su juicio “un exotismo económico y un previsible desastre económico”. Que el amigo de Bush, cooperador necesario de la mayor crisis económica de la historia, ponga en duda el proyecto económico de reactivación y rescate de Obama produce inevitablemente una sonrisa conmiserativa.

Pero el fichaje de María San Gil, apenas cuarenta y ocho horas después de la confirmación de Jaime Mayor Oreja como cabeza de lista de las elecciones europeas, es más grave desde el punto de vista de la estabilidad interna del Partido Popular. En efecto, la política vasca, inspirada o secundada precisamente por Mayor, abandonó la presidencia del PP de Euskadi por desconfianza explícita hacia Rajoy y por oponerse al consenso con el PSOE en política antiterrorista (el proceso de paz habría sido una especie de ‘gran traición’ que descalificaría al PSOE para estos menesteres). Ahora, la rehabilitación de Mayor por Rajoy, aunque poco explicable, parecía zanjar aquel disenso, que Aznar se ha apresurado a reavivar.

A todas luces, Aznar pretende seguir siendo el “guardián de las esencias” del PP y el vigilante de la más rígida ortodoxia, de la que supuestamente se habría apartado su delfín. Ello se traduce, en la práctica, en oxígeno para los críticos, por más que Rajoy, voluntarista y voluntarioso, trate de restar importancia a estos movimientos.

Esta actitud de Aznar es dudosamente ética. El líder que llevó al PP al poder se retiró voluntariamente de la política activa tras designar a su sucesor. Lo honrado es, pues, dejar a su epígono obrar según su criterio. Esta extraña bicefalia, que es insostenible a medio plazo, debilita al partido, desorienta a los cuadros y a los electores y revela una secreta ambición insatisfecha y un afán de protagonismo que Aznar debería controlar cuidadosamente.

El rincón de la historia

Sbado, 15 Noviembre 2008

No cabe duda de que el viaje de Rodríguez Zapatero a la Casa Blanca, cuando Bush está a punto de abandonarla al extremo de una presidencia que probablemente pasará a la historia como la peor de todas y cuando los demócratas de Obama han obtenido una descomunal y significativa victoria, tiene un regusto de vindicta para el actual presidente del Gobierno español, que sacó las tropas de Irak para atender una reclamación explícita de la ciudadanía española, que a este fin le dio su confianza aquel ya remoto 14 de marzo de 2004.

 Aznar trató de justificar en su momento la foto de las Azores con el argumento de que pretendía sacar a España del rincón de la historia. El viernes, la vicepresidenta Fernández de la Vega utilizó legítimamente la misma frase para describir los esfuerzos del gobierno encaminados a ocupar el lugar destacado que este país merece en las estructuras internacionales de poder que rigen realmente los destinos de la humanidad. Esfuerzos que van rindiendo trabajosamente frutos, y entre ellos esta presencia en la Conferencia de Washington.

Es una puerilidad que a estas alturas Aznar pretenda reivindicar al desacreditado Bush porque cualquier mediano entendedor comprenderá que el inefable artículo publicado también el viernes por el expresidente en “Le Figaro” es en realidad una autojustificación con la que quiere ahuyentar el espectro de sus abultados errores, los que enviaron fulminantemente al PP a la oposición en 2004. Como lo es también que los ‘neocons’ españoles, deprimidos seguramente por el naufragio de sus conmilitones americanos, acusen a Zapatero de haber “perdido la dignidad nacional”. Tales reacciones, aisladas y chirriantes,  no hacen más que dificultar a Rajoy el desempeño de un papel airoso en este asunto. Porque no es fácil para el líder de la oposición contribuir patrióticamente a la restauración de la imagen de España en el exterior sin reconocer al mismo tiempo el histórico patinazo de su propio partido.

En cualquier caso, carece de sentido que sigamos haciendo de las antiguas vicisitudes de la política exterior un potente argumento del debate político interior. Concluido el mandato del mediocre Bush y enterradas con él las alucinaciones de sus ultraliberales de cabecera, lo lógico es que este país recupere sus grandes claves internacionales –pertenencia a Europa, potente vector iberoamericano, gran interés por el Mediterráneo, estrechamiento del vínculo trasatlántico- e intente, en un esfuerzo unánime, acentuar su presencia internacional, que es todavía exigua por la sencilla razón de que hemos colmado nuestro atraso histórico en poco tiempo, lo que nos ha privado de algunas oportunidades (conviene recordar en 1973, cuando se crea el G-7, España era un país subdesarrollado y receptor todavía de cooperación internacional).

Esta unanimidad que ahora se impone no tiene en fin por qué pasar factura a Rajoy sino al contrario: la opinión pública conservadora entenderá, llegado el caso, la valentía y el arrojo que requiere recuperar el pulso después del alocado viaje a las Azores, que nos dejó en un lugar excéntrico y vacío. 

Mal momento para releer a Friedman

Viernes, 31 Octubre 2008

La Fundación del Partido Popular que preside el ex presidente Aznar acaba de presentar una reedición de la célebre obra de Milton y Rose Friedman “Libertad de elegir”, publicada en 1980. Con  motivo de tal presentación, a la que asistió un hijo de los autores, David Friedman (un teórico anarcocapitalista por cierto, que ha radicalizado las ideas de sus progenitores), Aznar, poco sutil últimamente, deslizó algunas opiniones gruesas e impertinentes sobre la vigencia de las ideas de uno de los gurús del neoliberalismo.

Milton Friedman es el más genuino representante de la Escuela de Chicago, en cuya universidad enseñó durante tres décadas, hasta 1976, año en que recibió el Premio Nobel de Economía. La mencionada Escuela representó en el terreno teórico la corriente liberal y monetarista que encabezó la reacción a las políticas económicas anticíclicas preconizadas por Keynes. Y en lo político, supuso la propuesta de sustitución de los criterios intervencionistas del New Deal actualizados por Galbraith, discípulo de Keynes,  y el impulso a la desregulación de los mercados y a la reducción del Estado a la mínima expresión, de forma que la “mano invisible” de Adam Smith pudiera asignar libérrimamente los recursos, sin intervención política alguna. Friedman fue asesor económico de los presidentes republicanos Richard Nixon y Ronald Reagan, y colaboró con el gobierno de Margaret Thatcher.  Sobre él se ha tejido una leyenda negra –quizá porque visito el Chile de Pinochet en 1975- que no responde a la realidad: Friedman fue liberal pero no insensible a la desigualdad, e ideó algunos mecanismos, como el “impuesto negativo” o el “cheque escolar”, para lograr la igualdad de oportunidades y combatir la pobreza.

Dicho esto, es claro que han sido precisamente los excesos desreguladores y ultraliberales inspirados por los teóricos del neoliberalismo anglosajón –Friedman y Hayek principalmente- los que han provocado la actual y profunda crisis financiera, que a su vez ha engendrado una grave recesión económica. No deja de ser significativo que el Premio Nobel de este año haya sido otorgado a un conspicuo neokeynesiano, Paul Krugman, quien está proponiendo que, una vez estabilizado el sistema financiero mundial mediante la intervención pública, se enfrente la crisis económica mediante inversiones públicas que ceben la bomba de la inversión privada, aunque ello haya de hacerse con cargo al déficit… Y el también Premio Nobel de Economía (1970) Paul A. Samuelson acaba de efectuar el definitivo y duro diagnóstico sobre la situación: “en el fondo del caos financiero, el peor en un siglo, encontramos el capitalismo libertario del laissez-faire, que predicaban Milton Friedman y Friedrich Hayek, al que se permitió desbocarse sin reglamentación. Ésta es la fuente primaria de nuestros problemas de hoy. Hoy estos dos hombres están muertos, pero sus envenenados legados perduran”.

Tiene escaso sentido atribuir “responsabilidades políticas” a los economistas y a los intelectuales que, con esfuerzo y dedicación, han elaborado teorías y propuestas que conducen a resonantes fracasos. Pero sí es razonable alentar el debate ideológico para que quede de manifiesto quién acertó y quién no en la búsqueda de los mejores caminos para el futuro. Si así se hace, se llegará seguramente a la conclusión de que el actual es un mal momento para leer o reeditar a Friedman, y lo es todavía más para elogiar acríticamente su obra, cuyas grandes tesis han inspirado el actual naufragio.