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Errores y remedios

Martes, 23 Marzo 2010

Los pactos entre formaciones nacionalistas y no nacionalistas, aunque consustanciales con nuestro modelo democrático y con el sistema electoral proporcional, producen malformaciones que hieren la sensibilidad mayoritaria y con frecuencia han de ser corregidas cuando cesa aquella colaboración. Ello es especialmente así cuando la influencia nacionalista ha sido ejercida por una formación radical, como ERC en Cataluña o el BNG en Galicia.

 

Hoy día, dos de estas disfunciones están en vías de reparación: En lo tocante a Cataluña, el ministro de Educación, Gabilondo, ha dicho claramente que está en contra de que existan reglas rígidas de rotulación en Cataluña cuya vulneración acarree sanciones; el tripartito, de la mano de Maragall y a impulsos de ERC, ha ido en este asunto incluso más allá de lo que había dispuesto el partido de Pujol sobre el particular. Y dos, el presidente de Galicia, el popular Núñez Feijóo, ha corregido un deslizamiento lingüístico anterior, fruto del pacto entre el PSOE y el BNG, disponiendo que en lo sucesivo los alumnos puedan cursar la educación obligatoria en la lengua que decidan sus progenitores.

 

Ambos designios –la corrección de la rigidez catalana si prosperan la tesis del ministro; la liberalización de la educación gallega en camino hacia un bilingüismo pacífico y real- van en la dirección adecuada. La de la madurez, la del imperio de la moderación sobre el fundamentalismo etnicista.

The Economist: Cataluña en el espejo

Mircoles, 12 Noviembre 2008

El Gobierno de Cataluña ha saltado como un resorte ante el relato de la realidad española que acaba de hacer “The Economist”, una prestigiosa publicación británica que dedica esta semana una atención especial a nuestra coyuntura y al –a su juicio- legítimo afán de Rodríguez Zapatero y de la mayor parte del establishment español por estar en la Conferencia de Washington.

El semanario londinense reconoce los méritos de nuestro país para respaldar tal pretensión: “España es la novena economía del mundo a tipos de cambio de mercado, o la duodécima por poder de compra (lo que la sitúa por delante de Canadá, un miembro del G-8). Es el séptimo mayor inversor extranjero del mundo. Tiene dos de los 20 bancos más grandes, y ha hecho un buen trabajo de la regulación de su sistema bancario…”. Pero lo que ha incomodado a la Generalitat ha sido el penetrante análisis del devenir político español y, más concretamente, el hecho de que nuestros nacionalismos periféricos pongan palos en las ruedas del Estado de las Autonomías: éstos “nunca han querido café para todos: lo quieren solo para ellos, como reconocimiento de que son diferentes. Lo quieren todavía, pese a que España es ahora un país absolutamente descentralizado”.

A consecuencia de esta distorsión inconfesable e inconfesada,  que lleva a los nacionalistas a negar que Cataluña sea una región –sería una nación-, la prestigiosa publicación británica detecta con clarividencia que “la lengua se ha convertido en una obsesión para el nacionalismo […] En Cataluña, la política oficial de la Generalitat, tanto de los nacionalistas (algunos de los cuales son realmente localistas) como de los socialistas, es el bilingüismo. En la práctica, eso significa que la escuela primaria y secundaria es el catalán, con el español tratado como si fuese una lengua extranjera”. Y que “un español que no hable catalán no tiene casi ninguna posibilidad de enseñar en una universidad en Barcelona”.

Las fuerzas catalanas han protestado airadamente y han exigido una rectificación. La verdad ofende. Habría que meditar sobre ello. 

De un monolingüismo a otro

Viernes, 12 Septiembre 2008

Cuando el catalán estaba proscrito en Cataluña o encontraba dificultades políticas para ser utilizado como vehículo intelectual, quienes lo aprendieron porque era su lengua materna no llegaron con frecuencia a dominarlo como auténtica lengua de cultura. Y aquella habla autóctona decayó, perdió riqueza lexicológica y descendió el número de los hablantes que sabía escribir en aquel idioma. Hubo en aquellos años de la dictadura escasa producción literaria en catalán porque había pocos escritores en catalán y porque la iniciativa editorial, más o menos tolerada, fue siempre objeto de controles y presiones limitantes.

Aquella situación debía acabarse definitivamente con el reconocimiento jurídico y social del rico bilingüismo, de la igual eminencia del catalán y el castellano, sobrevenido todo ello con la democracia constitucional.

Y sin embargo, la situación es otra: cada vez resulta más frecuente que los mensajes en castellano desde Cataluña muestren claramente la decadencia de esta lengua en el Principado. Hoy mismo, el director de uno de los grandes medios de comunicación de Cataluña, en una gacetilla de menos de 300 palabras, ha escrito “incerteza” por “incertidumbre” (aquél es un arcaísmo aceptado por la RAE pero totalmente fuera de uso) y “mirar de mantener” por “procurar mantener”, en ambos casos por una errónea traducción literal del catalán. Cuando tales dislates llegan a ser habituales, es que la lengua de cultura ya no es, en Cataluña, el castellano sino el catalán. No hemos pasado del monolingüismo al bilingüismo sino de un monolingüismo a otro. Infeliz inversión, que no es dramática pero que da idea de un evidente error de planteamiento que empobrece a Cataluña y a los catalanes.