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La reconstrucción de América

Viernes, 1 Mayo 2009

El pasado miércoles, fecha en que se cumplían los 100 días de Obama en el poder, el presidente norteamericano, en su balance, tras afirmar que lo realizado en este período “está bien pero no es suficiente”, añadió que en estos meses “hemos empezado a reconstruir América”.

Efectivamente, el sucesor de Bush en la Casa Blanca, un representante de las minorías que ha escalado hasta la cima del poder tras un proceso admirable de selección política natural que indica hasta qué punto la democracia americana es capaz de autorregenerarse, ha devuelto la razón y la voluntad a un país arrastrado sectariamente hacia el fanatismo, ha reafirmado la democracia tras unas vacilaciones que hicieron temer una deriva autoritaria y ha devuelto el prestigio y el respeto a la gran potencia que ejerce el liderazgo mundial y que ha sido muy meritoriamente el bastión dcisivo frente a los totalitarismos del siglo pasado.

Es obvio que, por la coyuntura internacional, la empresa más importante que tiene Obama entre sus manos es la lucha contra la recesión mundial, que ha emprendido con la colaboración de un magnífico plantel de profesionales elegidos por sus propios méritos y con una energía que demuestra claridad de ideas y sentido de la oportunidad. Las contundentes medidas para salvar el sistema financiero y relanzar la actividad a todos nos alcanzan, ya que si, como parece, Norteamérica consigue pronto salir del pozo, nos arrastrará a todos hacia la recuperación. En estos designios, Obama ha reconstruido el papel del Estado y ha restaurado una escala de valores, desdeñada por los republicanos,  según la cual la economía debe supeditarse a los principios y, en fin, a la política.

Igualmente relevante ha sido la recuperación del principio de legalidad, alterado por la administración anterior con el pretexto de la lucha antiterrorista. Ni siquiera ante la amenaza de los verdugos el fin justifica los medios. Obama cierra Guantánamo, denuncia a los torturadores, desactiva la “Patriot Act”, restaura las pautas sobre la dignidad humana que habían sido abiertamente violadas.

En materia de política exterior, Obama ha rescatado la doctrina del interés nacional, poniendo fin a la deriva fanática que aisló a Washington en el pasado y lo privó de parte de sus aliados. El eje trasatlántico parece restituido sin sesgos ideológicos, va a cambiar la relación entre América del Norte y Latinoamérica y se atisban de nuevo esperanzas de paz en el Cercano Oriente, sobre todo si Irán no tensa la cuerda hasta más allá de lo razonable.

No es ningún secreto que el influjo norteamericano condiciona los equilibrios y  las ideas de todo el planeta. En este sentido, y aunque infortunadamente hayamos de centrarnos ahora en la lucha material contra la recesión, es estimulante el presagio de que la globalización encontrará, de la mano de Obama y de la vieja Europa, una nueva gobernanza basada en los valores de la libertad y del humanismo occidental. Frente al mesianismo y a la falta de escrúpulos de Bush y sus conmilitones, renace la América de los Padres Fundadores, que funde sus principios con las ideas liberadoras de la Revolución Francesa.

¿Cómo será tener un presidente con cerebro?

Martes, 30 Diciembre 2008

La pregunta, que puede parecer capciosa pero que no es en absoluto impertinente, la ha formulado el activista y cineasta Michael Moore, el autor del documental Farenheit 9/11, a escasas semanas de que, efectivamente, Barak Obama llegue a la Casa Blanca y Bush, el peor presidente de los Estados Unidos en toda la historia según un porcentaje relevante de norteamericanos, se retire definitivamente del poder. Y con él, todos los neocon que aún lo rodean, sin acabar de darse cuenta, al parecer, del terrible legado que dejan a sus compatriotas después de ocho años de ultraliberalismo salvaje y corrupto –que nos ha llevado a la recesión- y de belicismo impenitente –que nos ha deparado un mundo en llamas.

Obama no es un iluminado, ni un mesías, ni mucho menos un revolucionario pero es un personaje culto, sereno, consciente de su papel y de su tiempo, que previsiblemente instalará a los Estados Unidos en una senda de racionalidad, guiada más por el Derecho Internacional que por alocadas estrategias de dominación y hegemonía que ha abrazado su inane predecesor. Problemas como los del Próximo Oriente, Irak o Afganistán o el que plantea el surgimiento de una izquierda populista en Latinoamérica recibirán al menos un enfoque distinto. Y el mundo recuperará una serie de valores trascendentes que Bush menospreció. El sentido de la libertad frente a la seguridad en primer lugar.

El presidente con cerebro nos traerá, en fin, un rayo de esperanza. Y en los tiempos que corren, eso es ya bastante para generar ilusión.

El rincón de la historia

Sbado, 15 Noviembre 2008

No cabe duda de que el viaje de Rodríguez Zapatero a la Casa Blanca, cuando Bush está a punto de abandonarla al extremo de una presidencia que probablemente pasará a la historia como la peor de todas y cuando los demócratas de Obama han obtenido una descomunal y significativa victoria, tiene un regusto de vindicta para el actual presidente del Gobierno español, que sacó las tropas de Irak para atender una reclamación explícita de la ciudadanía española, que a este fin le dio su confianza aquel ya remoto 14 de marzo de 2004.

 Aznar trató de justificar en su momento la foto de las Azores con el argumento de que pretendía sacar a España del rincón de la historia. El viernes, la vicepresidenta Fernández de la Vega utilizó legítimamente la misma frase para describir los esfuerzos del gobierno encaminados a ocupar el lugar destacado que este país merece en las estructuras internacionales de poder que rigen realmente los destinos de la humanidad. Esfuerzos que van rindiendo trabajosamente frutos, y entre ellos esta presencia en la Conferencia de Washington.

Es una puerilidad que a estas alturas Aznar pretenda reivindicar al desacreditado Bush porque cualquier mediano entendedor comprenderá que el inefable artículo publicado también el viernes por el expresidente en “Le Figaro” es en realidad una autojustificación con la que quiere ahuyentar el espectro de sus abultados errores, los que enviaron fulminantemente al PP a la oposición en 2004. Como lo es también que los ‘neocons’ españoles, deprimidos seguramente por el naufragio de sus conmilitones americanos, acusen a Zapatero de haber “perdido la dignidad nacional”. Tales reacciones, aisladas y chirriantes,  no hacen más que dificultar a Rajoy el desempeño de un papel airoso en este asunto. Porque no es fácil para el líder de la oposición contribuir patrióticamente a la restauración de la imagen de España en el exterior sin reconocer al mismo tiempo el histórico patinazo de su propio partido.

En cualquier caso, carece de sentido que sigamos haciendo de las antiguas vicisitudes de la política exterior un potente argumento del debate político interior. Concluido el mandato del mediocre Bush y enterradas con él las alucinaciones de sus ultraliberales de cabecera, lo lógico es que este país recupere sus grandes claves internacionales –pertenencia a Europa, potente vector iberoamericano, gran interés por el Mediterráneo, estrechamiento del vínculo trasatlántico- e intente, en un esfuerzo unánime, acentuar su presencia internacional, que es todavía exigua por la sencilla razón de que hemos colmado nuestro atraso histórico en poco tiempo, lo que nos ha privado de algunas oportunidades (conviene recordar en 1973, cuando se crea el G-7, España era un país subdesarrollado y receptor todavía de cooperación internacional).

Esta unanimidad que ahora se impone no tiene en fin por qué pasar factura a Rajoy sino al contrario: la opinión pública conservadora entenderá, llegado el caso, la valentía y el arrojo que requiere recuperar el pulso después del alocado viaje a las Azores, que nos dejó en un lugar excéntrico y vacío. 

Zapatero en Nueva York

Viernes, 24 Octubre 2008

Los esfuerzos de Rodríguez Zapatero por conseguir que España participe en la Conferencia de Nueva York del 15 de noviembre en que, a iniciativa de la Unión Europea, se intentará poner las nuevas bases del nuevo orden financiero internacional son dignos de encomio, y así parece haberlo entendido la opinión pública española, que también sabe lo difícil que resultará lograr tal objetivo. De momento, todos los tentáculos están extendidos para presionar sobre las principales cancillerías porque, aunque Bush será el anfitrión de la “cumbre” –para dicha fecha ya se habrán celebrado sin embargo las elecciones americanas-, el G-8 está presidido este año por Japón y el G-20, por Brasil. El presidente español, en China desde hoy como participante a la VII cumbre Europa-Asia (ASEM), tiene asimismo ocasión de hacer valer personalmente sus tesis ante varios de los miembros del G-8 y del G-20.

Los argumentos que respaldan esta pretensión se relacionan objetivamente con las dimensiones de nuestro país, que es el octavo en PIB nominal del mundo, el séptimo en dimensión de su sector financiero, el tercer inversor internacional, el primer inversor en América Latina y el propietario del mayor banco en capitalización de la Unión Europea. Cierto que no pertenece al G-8, el club de los ricos, porque su posición relativa era muy distinta en los años setenta del pasado siglo, cuando se creó en sucesivas fases la institución; sin embargo, la exigencia española de pasar a formar parte de esta instancia informal, aunque tan influyente, no es infundada: nuestro país ha superado a Canadá en Producto Interior Bruto, tiene más población –46 millones de habitantes frente a 33- y mantiene un protagonismo financiero y diplomático internacional incomparablemente mayor.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                   La

La actual campaña de Rodríguez Zapatero tiene un fundamento concreto relevante, que se relaciona con la crisis económica que se pretende desentrañar, para obtener una actualizada regulación económica global que trascienda los criterios ya sobrepasados de Bretton Woods, adoptados en 1944, cuando estaba a punto de acabar la Segunda Guerra Mundial. España ha sido, con el Reino Unido, uno de los países europeos que más rápidamente ha reaccionado en socorro del sistema financiero, y nuestro modelo de regulación y supervisión adoptado por el Banco de España desde hace décadas ha demostrado ser sumamente eficaz. Pero más allá de la coyuntura, España ha emprendido un proceso de reubicación internacional que ya no es reversible. Y la batalla por contar en el sistema institucional global en función del tamaño objetivo de nuestra economía y de nuestra implicación política en la comunidad internacional se ha convertido definitivamente en un objetivo nacional que deberán perseguir todos los gobiernos a partir de ahora. Ello requiere mayor implicación del Estado en la política exterior, más sutileza en el cultivo de las relaciones –los errores pueriles de Zapatero han pesado muy negativamente- y, en el plano interno, la construcción de un consenso inquebrantable. Tras el efímero viaje al corazón del Imperio que realizó Aznar, que tan absurdo parece hoy día, PP y PSOE han de ir nuevamente de la mano en estos asuntos vitales en los que están en juego la posición y la reputación de España en el ámbito globalizado, ya que del acomodo que logremos dependen también, en gran medida, nuestra prosperidad y nuestro bienestar. 

Todos con Obama

Mircoles, 15 Octubre 2008

Una encuesta confeccionada para Antena 3 por TNS Demoscopia llega a la conclusión de que si los españoles participáramos en las elecciones americanas del próximo 4 de noviembre, el 62,4% de los electores votaríamos a Obama y apenas el 7,4% a McCain. Además, el 62,6 del censo español cree que Obama ganará finalmente las elecciones, frente al 14,1% que piensa que el triunfador será McCain.

De dicho cómputo, que es puramente testimonial porque obviamente no tendremos la oportunidad de dar nuestra opinión institucional sobre el futuro del Imperio (aunque habría muchas razones para ello), se desprenden varias interesantes conclusiones. Una de ellas es que quizá sea cierto que el eje de simetría del cuerpo electoral español está escorado de manera natural hacia el centro-izquierda, aunque como es lógico no sólo influyen en el voto las preferencias subjetivas sino las condiciones objetivas (calidad del candidato, coyuntura política y económica, desgaste de las opciones en liza, calidad del programa, etc.).

La otra conclusión, que tiene más sustancia, es que una mayoría de la sociedad española ha detectado con claridad la responsabilidad última de la crisis económica: han sido los republicanos de los Estados Unidos, hasta hace poco en manos de la corriente neocon, los que han engendrado el caos y el hundimiento doloso del sistema financiero USA, cuyo desmoronamiento ha arrastrado al sistema global. McCain paga así la debilidad y las desviaciones de Bush, verdadero causante de la catástrofe.