Blogs

Entradas con etiqueta ‘Camps’

¿La hora de Gallardón?

Lunes, 16 Febrero 2009

Los dos escándalos que padece el PP, el del espionaje en el seno de las instituciones autonómicas y el “caso Gürtel” que abarca las complejas y delictuosas relaciones de Francisco Correa con dirigentes populares, están salpicando manifiestamente a Rajoy y a los líderes de las agrupaciones regionales del partido en que se han desarrollado los hechos, la presidenta de Madrid, Esperanza Aguirre y el de Valencia, Francisco Camps. Es pronto para conocer todas las ramificaciones y repercusiones de dichos asuntos, que aún están en las fases iniciales de sus correspondientes procesos judiciales, pero ya parece inevitable que la imagen de quienes rigen los destinos del partido en los ámbitos en que actuó Correa quede irremisiblemente desgastada.

Así las cosas,  la figura que aparece hoy intacta en el trasfondo de la crisis popular es la del alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón. Así lo han visto los medios, y así parece haberlo entendido también el Partido Socialista puesto que ha hecho ya algunos gestos de preocupación. Efectivamente,  Gallardón representa al ala más centrada del PP, y desde esta ubicación ha logrado sucesivos éxitos electorales impresionantes, mayorías absolutas tanto en la comunidad de Madrid como, después, en el ayuntamiento capitalino. Tiene la enemiga del sector más radical de los populares pero, a cambio, atrae incluso a sectores del centro-izquierda, que ven en él a un moderado, buen gestor y con una gran capacidad de diálogo.

La posición actual de Rajoy es inquietante. La debilidad de su liderazgo le impide llegar a acuerdos con el Gobierno y lo lleva a abordar la grave crisis con las únicas armas de la crítica abstracta y sistemática a la acción gubernamental, sin ofrecer opciones alternativas creíbles, y esta postura negativa, que irrita a los ciudadanos, le pasará factura. Y si a los escándalos actuales se le añaden resultados mediocres en las próximas consultas electorales, su sillón podría derrumbarse. 

Llegados a este punto,  podría haber llegado la hora de Gallardón. Y no es en absoluto desdeñable la posibilidad de que sea el propio Aznar quien acelere el golpe de timón. Aunque la relación entre el ex presidente y el alcalde de Madrid ha tenido fases tormentosas, Aznar siempre ha reconocido la gran capacidad de aquél, una criatura política de Manuel Fraga que siempre tuvo ideas claras sobre sus ambiciones. No es relevante pero sí significativo que el equipo de Gallardón esté encabezado por Ana Botella, esposa de Aznar. Y el PP ya tiene una pequeña historia de “refundaciones”: Aznar fue fruto de la que llevó a cabo en 1989 Fraga con mano de hierro para sustituir a Hernández Mancha.

Gallardón es un político con ideas y arrojo que ha entendido la política más como conciliación de intereses que como un juego de rivalidades irreductibles. Representa, en fin, una derecha moderna, laica, liberal y pragmática que es, por ello mismo, detestada por el ala más conservadora de su partido. Pero probablemente, en esta hora, sea el único personaje capaz de llevar al PP al gobierno del Estado. Y esta evidencia podría desarbolar las resistencias de Aznar a defender su opción, e incluso convencer a las bases populares de que no tienen otra salida. 

Naturalmente, estas especulaciones se supeditan a los acontecimientos inminentes: las consultas de marzo y junio y los avatares judiciales pendientes. Pero las aguas del PP fluyen sin duda por el cauce apuntado. El tiempo colocará cada hito en su lugar. 

La ausencia de Rajoy

Sbado, 27 Diciembre 2008

El cambio de rumbo que Mariano Rajoy impuso a su partido en el Congreso de Valencia, que reafirmó provisionalmente su liderazgo tras la derrota de su partido en las pasadas elecciones generales, cambió por completo el panorama político de este país. De la ‘legislatura de la crispación’, insoportablemente enrarecida, se pasó a otro escenario en que ya son posibles los consensos y los debates sosegados y constructivos. Escenario por lo demás muy pertinente en tiempos de severa recesión económica en los que, como ha manifestado el Rey en su mensaje de Nochebuena, conviene que todos rememos en la misma dirección.

Sin embargo, esta mudanza del principal partido de la oposición, que sin duda agradece la opinión pública, muy castigada por la patológica efervescencia del cuatrienio anterior, requería y requiere una presencia activa y creativa del principal partido de la oposición. Si en la anterior legislatura le bastaba a Rajoy con dejarse arrastrar por la crítica acerba y sistemática que los agentes mediáticos realizaban al Gobierno con razón o sin ella –eran los tiempos de la teoría de la conspiración y de la denuncia de una solapada connivencia del Ejecutivo con ETA-, ahora la dialéctica política requiere una actividad visible de los dos principales antagonistas, de forma que el Parlamento sea la residencia de los problemas y el foro donde se debate el rumbo colectivo. Sin embargo, Rajoy está espectacularmente ausente y la política ha adquirido por ello una preocupante asimetría.

En lo tocante a la crisis económica y a sus soluciones, es patente que las grandes decisiones que deben adoptarse son bastante obvias y que la oposición debe apoyar al Gobierno en las medidas encaminadas a estimular la actividad y a combatir en lo posible el desempleo. En cualquier caso, hubiera sido pertinente quizá forzar debates técnicos más intensos para asegurar la calidad de las decisiones y mostrar a la opinión pública una senda de esperanza, de luz al final del túnel.

Pero en el otro gran asunto de estos días, la reforma de la financiación autonómica que deberá cerrar el proceso, aún inacabado, de reforma del Estado de las Autonomías, tampoco aparece Rajoy por parte alguna. Los principales barones del Partido Popular, Aguirre y  Camps, han entendido la trascendencia del asunto y se han prestado gustosamente a alentar el consenso en marcha. Y su formación política se ha limitado a criticar el proceso y a lamentar la descoordinación que reflejan tales iniciativas aisladas. Se podrá decir que Zapatero ha actuado maliciosamente al convocar a los presidentes regionales y no a Rajoy para cerrar el gran acuerdo pero es obvio que el presidente del Gobierno no tiene la culpa de que el presidente del PP no pueda imponer su criterio a sus conmilitones ni exigir una actuación unitaria y jerárquicamente ordenada. El hecho de que ayer, día en que Zapatero hizo un prolijo resumen público del año que concluye y de las expectativas de futuro, Rajoy interviniera brevemente antes y no después de la comparecencia gubernamental revela la dejación de su tarea que hace el sucesor de Aznar.

Todo indica que Rajoy fía su futuro al buen resultado del PP en las europeas de junio, y se equivoca. Aunque las gane, seguirá siendo evidente que el líder del PP tiene un problema de auctoritas, no de oportunidad.