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Cataluña a la expectativa

Lunes, 1 Diciembre 2008

Pende todavía sobre Cataluña, cual espada de Damocles, la decisión del Tribunal Constitucional sobre los recursos de inconstitucionalidad presentados contra la reforma del Estatuto, y aunque el asunto se ha desactivado considerablemente –y hay que reconocer a las fuerzas políticas catalanas su papel lenitivo-, la sociedad catalana no ha olvidado ni mucho menos esta amenaza, que le resulta irritante.

Así se desprende de una sugerente encuesta del Instituto Noxa publicada hoy por “La Vanguardia”, que pasa revista a muy diversas cuestiones de la realidad catalana. En relación al asunto antes mencionado, la pregunta formulada es literalmente ésta: “¿Qué cree que debería hacer el presidente de la Generalitat en caso de que el Tribunal Constitucional recortara el Estatut en aspectos importantes?”. El 51% de los encuestados responde afirmativamente a la opción “Aceptar la sentencia del Tribunal y reformar el Estatut” (el 40% se pronuncia por el “no”). El 61% (frente al 31%) responde “sí” a la opción “Convocar un referéndum para que se mantenga íntegro el Estatut”. Y el 52% está a favor de “disolver el Parlament y convocar elecciones anticipadas en Cataluña”. 

Como se ve, las opciones no se han planteado de forma excluyente, pero es claro que una mayoría notable se pronuncia en el sentido de no acatar la sentencia y refrendar el texto actual mediante un referéndum, que no encontraría encaje alguno en la Constitución. No es aventurado interpretar de estos datos que la sociedad catalana está soliviantada, como lo demuestra la respuesta a otra pregunta, la del sentido del voto en un referéndum por la independencia: el 50% votaría negativamente pero el 36% lo haría a favor. 

En otras palabras, y aunque es evidente que Cataluña se está reponiendo de una etapa muy convulsa caracterizada por la retirada de Pujol, la irrupción del desorientado Maragall y la crisis entre Barcelona y Madrid durante la segunda legislatura de Aznar, la ubicación del Principado en el conjunto del Estado no está estabilizada todavía, ni lo estará hasta que se consiga un modelo de financiación autonómica que se adapte a las expectativas mínimas de la región. La crisis no debe impedir que esta negociación se produzca, tanto porque la normalidad política es un bien muy útil en momentos de zozobra cuanto porque una mjor financiación de las comunidades autónomas puede conjugarse con la conveniencia de intensificar los gastos de inversión para combatir la recesión.

Por lo demás, la encuesta mencionada contiene otros elementos llamativos: en tanto el 61% de los ciudadanos cree que la situación general de la economía es ‘mala o muy mala’, sólo el 31% considera así su situación económica personal. El 78% cree que las medidas anticrisis adoptadas por el Gobierno del Estado no serán suficientes (y el 75% también desconfía de las medidas adoptadas por la Generalitat). Y en la lista de medidas más efectivas que podría adoptar el Gobierno destaca con diferencia en primer lugar la bajada de impuestos (ya se sabe que los expertos creen más eficaz la inversión productiva directa que la reducción de la presión fiscal). 

En definitiva, Cataluña está inquieta y expectante. Y no sería bueno que el Constitucional mantuviera por más tiempo la zozobra. Se entiende mal que, pese a las zancadillas políticas, los magistrados del TC no acaben de alumbrar una sentencia que debió haber resuelto hace años la más grave incertidumbre institucional que nos embarga.

Montilla: paso del ecuador

Martes, 25 Noviembre 2008

Montilla ha atravesado esta semana el ecuador de su legislatura, y los medios políticos catalanes han promovido el consecuente balance, que arroja un saldo considerado positivo por la mayoría de los observadores del propio Principado. El sucesor de Maragall, que personifica un cúmulo de paradojas –el ‘charnego’ Montilla está enjaretando atinadamente un discurso institucional que cada vez se parece más al de Jordi Pujol-, ha conseguido estabilizar y dignificar una coalición que contenía elementos muy polémicos, ha sorteado problemas coyunturales de cierta gravedad –desde el caos ferroviario a la descomunal sequía- y, sobre todo, ha logrado encauzar un proceso político que, de la mano de Maragall, se había desorientado entre la estridencia y el radicalismo.

El ‘tripartito’ era en sí mismo una bomba de relojería en potencia, que Montilla ha sabido desactivar. No es irrelevante que ERC, que tenía muchos ingredientes de las formaciones antisistema, se haya civilizado hasta el punto que se estén gestionando apaciblemente en la actualidad las dos grandes asignaturas pendientes que tiene ante sí Cataluña: la nueva fiinanciación y la sentencia del Tribunal Constitucional sobre los recursos de inconstitucionalidad interpuestos contra la reforma del Estatuto. De entrada, ya se da por descartado que estos asuntos provoquen una anticipación electoral. La financiación podría estar resuelta antes de final de año si se cumplen las previsiones, y existe un consenso tranquilizador sobre la decisión del TC: aunque fuese lesiva para el autonomismo, habrá una respuesta unitaria e institucional del “tripartito” y  de CiU, la gran fuerza opositora, pero nadie romperá la baraja.

Así las cosas y si se confirma el pronóstico de que la sentencia del TC será interpretativa y no representará por tanto una desautorización de la nueva carta catalana,  la normalización del Principado será seguramente una gozosa realidad a corto plazo.  Aunque permanecerán pendientes dos asuntos de indudable calado: el primero, la relación entre CiU y el PSOE, ya que de momento parece incompatible la cooperación entre ambas fuerzas en las instituciones estatales mientras la coalición encabezada por Artur Mas siga en la oposición frente al PSC en Cataluña. El segundo, la dulcificación de la imagen de Cataluña en el resto de España: tras los estragos producidos por el diletantismo provocador de Maragall, urge restablecer los cauces de comunicación obstaculizados por una lectura sesgada de las balanzas fiscales y por un tono demasiado agrio en las reivindicaciones. Además, Cataluña debe liberarse de la imagen de intransigencia un tanto pueril que proyecta su política lingüística, más propia de un irredentismo tercermundista que de una nación sobria que sabe donde está y que no ha de hacer aspavientos para demostrarlo.

La crisis económica no ayuda a esta estabilización, toda vez que la escasez complica todo el sistema de relaciones verticales y horizontales; sin embargo, la evidencia de que este país –España- forma una unidad objetiva que debe afrontar conjunta y solidariamente la adversidad fortalece los vínculos reales y relativiza esas diferencias que ya tienen pleno reconocimiento constitucional pero que en modo alguno diluyen el Estado. Cuando arrecian las inclemencias económicas, se advierten con más claridad el valor de la unidad de mercado, la trascendencia de nuestra pertenencia a Europa y la gradación razonable de nuestras preocupaciones, entre las que el sentimiento de pertenencia juega un papel importante pero no precisamente el de protagonista.

De un monolingüismo a otro

Viernes, 12 Septiembre 2008

Cuando el catalán estaba proscrito en Cataluña o encontraba dificultades políticas para ser utilizado como vehículo intelectual, quienes lo aprendieron porque era su lengua materna no llegaron con frecuencia a dominarlo como auténtica lengua de cultura. Y aquella habla autóctona decayó, perdió riqueza lexicológica y descendió el número de los hablantes que sabía escribir en aquel idioma. Hubo en aquellos años de la dictadura escasa producción literaria en catalán porque había pocos escritores en catalán y porque la iniciativa editorial, más o menos tolerada, fue siempre objeto de controles y presiones limitantes.

Aquella situación debía acabarse definitivamente con el reconocimiento jurídico y social del rico bilingüismo, de la igual eminencia del catalán y el castellano, sobrevenido todo ello con la democracia constitucional.

Y sin embargo, la situación es otra: cada vez resulta más frecuente que los mensajes en castellano desde Cataluña muestren claramente la decadencia de esta lengua en el Principado. Hoy mismo, el director de uno de los grandes medios de comunicación de Cataluña, en una gacetilla de menos de 300 palabras, ha escrito “incerteza” por “incertidumbre” (aquél es un arcaísmo aceptado por la RAE pero totalmente fuera de uso) y “mirar de mantener” por “procurar mantener”, en ambos casos por una errónea traducción literal del catalán. Cuando tales dislates llegan a ser habituales, es que la lengua de cultura ya no es, en Cataluña, el castellano sino el catalán. No hemos pasado del monolingüismo al bilingüismo sino de un monolingüismo a otro. Infeliz inversión, que no es dramática pero que da idea de un evidente error de planteamiento que empobrece a Cataluña y a los catalanes.