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Escándalo en Madrid

Jueves, 22 Enero 2009

El enconamiento de la lucha por el poder interno en el PP de Madrid entre dos de los principales aspirantes a sustituir a Rajoy al frente del principal partido de la oposición pone de manifiesto no sólo la endeblez del liderazgo de éste –sus conmilitones se disputan abiertamente la sucesión, que no creen lejana- sino la falta de escrúpulos de sus contendientes, que al parecer no entienden que esta guerra abierta no sólo les enfanga a ellos mismos sino que también desacredita a la formación a la que pertenecen.

La ambición de Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad madrileña, y de Alberto Ruiz Gallardón, alcalde capitalino, ambos en posesión de holgada mayoría absoluta en sus respectivas instituciones, ya quedó claramente de manifiesto cuando ambos pretendieron hasta la extenuación pero sin éxito ser incluidos en las listas del PP al Congreso (desde Hernández Mancha, se teme la dificultad que entraña ostentar el liderazgo nacional de un partido sin ser diputado). La confirmación a la búlgara de Rajoy en el Congreso de Valencia pareció alejar aquella rivalidad. Pero pronto, ante las debilidades de la actual posición de Rajoy en su papel opositor, se ha reproducido el conflicto.

La sede de la gran conflagración está ahora en Caja Madrid. Ante la renovación de la presidencia de la institución, en la que Miguel Blesa, amigo de Aznar, lleva doce años en el cargo y pretende continuar, y dado que la actual correlación de fuerzas le permitiría hacerlo con el respaldo de Gallardón, Aguirre ha reformado la ley madrileña de Cajas de Ahorros, para restar peso representativo a la capital madrileña y aumentárselo a la representación regional. El dilema estriba en si esta elección ha de realizarse de acuerdo con la reglamentación antigua, conforme a la cual comenzó el proceso, o a la nueva. Ni que decir tiene que del procedimiento que se adopte dependerá que Blesa continúe o no. Ante la falta de acuerdo político, el enmarañado asunto terminará inexorablemente en los tribunales.

Esta querella absurda resulta escandalosa y condenable a los ojos de una ciudadanía que ve aterrada cómo la consume la crisis más grave que ha conocido en su vida y cómo las propias instituciones de crédito están en entredicho. Sólo la arrogancia extrema y la ambición desmedida de poder de sus protagonistas son capaces de auspiciar, precisamente ahora, semejante espectáculo. Un espectáculo que acaba de aderezarse con un episodio indecoroso de espionaje en el que, según todos los indicios, unos políticos del PP han investigado  la actividad privada de otros utilizando para ello medios y recursos públicos. Es muy dudoso que no haya delito en ello, como afirma provisionalmente la Fiscalía; en todo caso, estas prácticas son políticamente odiosas e intolerables, y no se entendería que no rodaran cabezas. Y cabezas principales, por supuesto.

Ante este desaguisado esperpéntico, en el que por añadidura Aguirre trata de apoyarse en el PSOE y Gallardón en Comisiones Obreras, Rajoy ha subido precipitadamente a los cerros de Úbeda. La respuesta del líder popular al escándalo ha sido la sugerencia de que el Banco de España controle las cajas de ahorros para evitar su politización. Al parecer, él se considera incapaz de obligar imperativamente a los suyos que abandonen esta rivalidad destructiva y consigan un rápido consenso sobre quién con mejores méritos debe presidir la Caja. Una Caja que es la segunda del país, que desarrolla un papel central en la economía madrileña y española y que sale gravemente perjudicada por la pérdida de imagen que semejante rifirrafe le acarrea.

CCOO: malas noticias

Sbado, 20 Diciembre 2008

La crisis se ha cobrado otra víctima: José María Fidalgo, líder de Comisiones Obreras desde el 2000, un sindicalista moderado y cabal que ha contribuido atinadamente a la buena marcha de la concertación social, ha sido derrotado tras dos mandatos por su ‘número dos’, Ignacio Fernández Toxo, con el argumento solapado pero evidente de que ante los malos tiempos que corren, el antiguo sindicato comunista necesita un liderazgo más beligerante y radical. Una de las acusaciones más significativas que se han lanzado a Fidalgo es que ha participado en algún acto de FAES, la fundación conservadora que preside José María Aznar. Curioso sentido del pluralismo.

Como es bien conocido, Comisiones Obreras se escindió ideológicamente en 1996 entre sus dos almas doctrinales: Antonio Gutiérrez apostaba entonces por la profesionalización del sindicato, la plena autonomía y por tanto su desvinculación de los partidos; frente a esta postura, otra corriente encabezada por Agustín Moreno y auspiciada en la sombra por el histórico fundador de la organización Marcelino Camacho, pretendía mantener las viejas esencias, intervenir en política y, en el fondo, sostener la antigua concepción del sindicato como correa de transmisión del PCE. La confrontación nunca llegó a remitir y Fidalgo, epígono de Gutiérrez, no logró la integración de las dos corrientes.

Fernández Toxo no representa al sector crítico puesto que, como se ha dicho, ha sido el más estrecho colaborador de Fidalgo. Pero para diferenciarse de éste y conseguir así que el péndulo se decantase de su lado ha lanzado los suficientes mensajes radicales e izquierdistas para atraer a parte de los descontentos. De hecho, el fantasma de la huelga general ha vuelto a sobrevolar las primeras declaraciones del recién elegido.

Nada hay que objetar a que, en estos momentos de grave quebranto económico, las organizaciones obreras velen por los intereses de los trabajadores, amenazados por el desempleo y abrumados por la incertidumbre. Pero a estas alturas, ya no tiene sentido pretender que se ayuda a la clase trabajadora mediante la demagogia. La flexibilidad en el empleo, dentro de ciertos límites que no desmonten las principales conquistas sociales, es una herramienta contra el paro, y pretender lo contrario es agudizar la recesión y alejar la remontada. Las pretensiones de que el salario mínimo crezca este año más del 3,5% como ha ofrecido el Gobierno son el primer síntoma alarmante de que la respuesta sindical a la crisis podría ser errónea.

En esta mala coyuntura, la concertación social debe ser un cauce por el que pueda discurrir toda la estrategia pública y privada de recuperación de nuestra economía. Pero ese diálogo social ha de ser realista y pragmático, sin concesiones al populismo ni a teorías periclitadas que han fracasado históricamente. En este sentido, Fidalgo, que tenía una idea muy clara de cuál es el interés general, ofrecía más garantías que Fernández Toxo, quien como mínimo va a ser rehén de los argumentos que ha utilizado para hacerse con el poder interno.