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Entradas con etiqueta ‘crisis económica’

PP y PSOE se necesitan

Lunes, 9 Marzo 2009

El proceso sin duda más reconfortante que afecta la política española en los últimos años es la progresiva contracción del nacionalismo periférico, especialmente de sus manifestaciones más radicales. La ciudadanía de este país, que ha demostrado gran sabiduría y una poderosa intuición en los treinta años de recorrido democrático, ha ido percatándose seguramente de que la dispersión de voto y su atribución a fuerzas excéntricas que ponen en duda los fundamentos del sistema comenzaba a debilitar el régimen constitucional, que goza del aprecio y satisface plenamente a la inmensa mayoría de los españoles.

Enric Juliana acaba de publicar en la prensa de Cataluña un análisis en el que constata que ésta es también la opinión de los más reputados sociólogos políticos, como José Juan Toharia o Juan Ignacio Wert. Y los datos son reveladores: en las pasadas elecciones generales de las que ayer precisamente se cumplía un año, todas las formaciones periféricas perdieron votos; la débacle fue particularmente estrepitosa para ERC, que redujo su clientela a menos de la mitad y pasó de 8 escaños a 3 en el Congreso, así como para el PNV, que vio cómo se esfumaban 120.000 votos de su cantera y perdió las elecciones en las tres provincias vascas, en las tres capitales y en la mayoría de las grandes localidades.

En las elecciones del 1 de marzo, las fuerzas del ‘tripartito’ vasco perdieron 62.000 votos y la mayoría absoluta de escaños, y ni siquiera podrían ya formar gobierno con Aralar, que recogió buena parte del voto ‘abertzale’. Gracias a ello, el PSOE podrá gobernar en Euskadi con el apoyo del PP.

Sin embargo, el adelgazamiento de los nacionalismos crea dificultades al partido político que Gobierna en el Estado con mayoría relativa (las mayorías absolutas son la excepción y no la regla en este país, a causa del sistema electoral proporcional). El pacto vasco PP-PSOE genera en este sentido inestabilidad en el Parlamento español, ya que el PSOE perderá la posibilidad de apoyarse en el PNV. Así las cosas, el grupo socialista no tendrá más remedio que recurrir a las minorías irrelevantes de la Cámara para sacar adelante sus iniciativas. Pero si cundiese cierta magnanimidad en los grandes partidos, este obstáculo podría salvarse fácilmente. De hecho, resultaría difícil de entender que el PP no facilitase la estabilidad cuando de lo que se trata en esta coyuntura excepcional es de combatir la crisis económica, objetivo primordial y casi único de esta legislatura. Algunos portavoces socialistas ya han requerido a Rajoy para que preste apoyo al Gobierno en este designio.

Si el PP y el PSOE, que son capaces de favorecer el cambio en Euskadi, no acertaran a entenderse en la lucha contra la crisis, mandarían a la opinión pública un mensaje equivocado: el de que las minorías nacionalistas no sólo no entorpecen el proceso político sino que son necesarias para garantizar la gobernabilidad. En cambio, si los dos grandes partidos demuestran que pueden cumplir sus respectivos roles sin desestabilizar ni paralizar el devenir político, es muy probable que consigan incrementar sus clientelas periféricas, en perjuicio de las anticuadas opciones particularistas que persiguen intereses locales por el procedimiento de introducir cuñas en los engranajes del Estado.

El giro al centro del PP facilita grandemente las cosas porque restablece una plausible simetría parlamentaria que hace posibles la cooperación y el diálogo. No habría que demorar, pues, la extrapolación del pacto PP-PSOE en Euskadi a un gran acuerdo de Estado en Madrid. El drama social de la crisis exige este esfuerzo.

Cláusulas leoninas

Jueves, 5 Marzo 2009

Es una fábula de Esopo: una vaca, una cabra y una oveja habían hecho compañía con un león, y andando por las sierras, cazaron un ciervo. Partiéndolo en cuatro partes, y queriendo cada uno tomar la suya, dijo el león: la primera parte es mía, pues me toca como león; la segunda me pertenece porque soy más fuerte que ustedes; la tercera me la tomo porque trabajé más que todos; y quien tocare la cuarta, me tendrá por su enemigo; de modo que tomó todo el ciervo para sí. En esta fábula se halla el origen de la expresión “cláusula leonina”.

Viene esto perfectamente a cuento de las hipotecas a interés variable: la caída del euríbor por debajo del 2% ha permitido caer en la cuenta de que los contratos de tales créditos incluyen unas cláusulas túnel –cláusulas leoninas- que impiden la caída del tipo de interés por debajo de un cierto umbral que oscila entre el 2 y el 4%. En definitiva, también en esto los bancos aplican la ley del embudo: el cliente habrá de aceptar las subidas del euríbor pero la institución de crédito se protege contra las excesivas  bajadas. Muy equitativo.

Hay que atar corto a las bancos. La frase, tan certera, no es propia sino de Gordon Brown. Acaba de pronunciarla en presencia de Obama, en Washington. De hecho, cada vez es más claro que la principal responsabilidad de esta crisis la tiene el sistema financiero. No deberíamos permitir que ocurriera otra vez. 

Lo esencial y lo accesorio

Sbado, 21 Febrero 2009

El ciudadano de a pie está comprensiblemente desolado ante el espectáculo que discurre frente a sus ojos. Perplejo ante la evidencia de que aquel mundo próspero en que creía que había de vivir el resto de sus días porque así se lo aseguraban, sin excepción, sus partidos políticos -¿recuerdan la curiosa teoría de los ciclos largos, que afirmaba que estábamos en una fase de crecimiento prácticamente ilimitado?- era una pura ficción, preocupado por la inseguridad de su puesto de trabajo o, simplemente, en desempleo desde hace días, semanas o meses, ve cómo la terrible crisis que se ha abatido sobre esta sociedad no es, ni de lejos, el principal problema de quienes deberían resolverlo, mitigarlo o, cuando menos, paliarlo mediante actuaciones excepcionales que garantizaran la supervivencia física de quienes han ido por delante en la lista creciente del paro, la angustia y la postración.

Por un extremo del escenario, asoma la conocida silueta de la corrupción, una lacra que tanto en cuanto irrumpe y pone de manifiesto que a alguna fuerza política, en mayor medida que a las demás, se le ha ido la mano de la avaricia y se ha contaminado hasta extremos que, al salir a la luz, estallan en forma de vistosa llamarada.  Por el lado opuesto, entra en escena el fantasma de la confusión institucional, del juez estrella y el ministro flamígero confundidos en el aquelarre cinegético que exhala un aroma letal de viciada confraternidad.

La escena central no versa tampoco sobre la recesión, ni sobre el cambio de modelo de crecimiento que inexorablemente deberemos impulsar para no quedarnos anclados en el cieno, ni sobre la expectativa trágica de los cuatro millones de parados este mismo año, ni sobre la crisis financiera que afecta a unas instituciones de crédito no tan sólidas como habíamos pensado, ni sobre un endeudamiento creciente que comprometerá el desarrollo de las futuras generaciones… : el espectáculo es la competición por la conquista de los gobiernos regionales de dos comunidades autónomas, de cuyo desenlace dependen al parecer equilibrios que nada tienen que ver con el drama de fondo ni con el bienestar de los electores.

Otras figuras secundarias del teatro dan, pese a la crisis, colosales pelotazos especulativos mientras empresas públicas extranjeras se adueñan de partes esenciales del tejido industrial español, completamente privatizado…

La España profunda, la formada por el pueblo llano y por las instituciones intermedias, la que pulsa el latido de la realidad, sabe que esta amarga coyuntura sólo podría resolverse mediante un gran pacto de Estado que nos pusiera a todos a trabajar en la misma dirección. Pero ni la oposición tiene bastante fortaleza para este gesto de magnanimidad, ni la mayoría gobernante está dispuesta a ceder un ápice de la eminencia que le han entregado las urnas. Definitivamente, la gran política española está en otra cosa. La crisis sólo importa a los políticos en función de lo que cada cual pueda extraer de ella en beneficio propio. ¿Cómo podrá extrañarse alguien de que, como denuncia un periódico catalán sobre las elecciones gallegas y vascas, “nunca tanta incertidumbre en el resultado de las elecciones produjo tanta indiferencia”? 

Obama y sus críticos

Martes, 17 Febrero 2009

Al contrario de lo que sucede en España, donde estamos entretenidos en episodios de corrupción, en Norteamérica está teniendo lugar un agrio debate sobre las soluciones de la crisis económica y financiera, el triste legado del inepto Bush a Obama.

Como es bien conocido, el plan de estímulo económico que acaba de aprobar el Congreso de los Estados Unidos –gracias al apoyo masivo del partido demócrata y, en el Senado, del respaldo de apenas tres senadores republicanos- a instancias del presidente Obama consiste en la inyección en el sistema económico de unos 800.000 millones de dólares, en un plan mixto según el cual el 64% de esta cantidad será inversión pública, y el resto, el 36%, incentivos y desgravaciones fiscales. Éste es el acuerdo al que hubo que llegar entre los dos grandes partidos para que el plan resultase aprobado.

Existe coincidencia en apreciar que el plan va en la dirección adecuada, pero cada vez son más tonantes las voces que critican su insuficiencia. El nobel Krugman, por ejemplo, se lamenta de que se insista en las políticas de oferta, tan queridas por Bush: las rebajas de impuestos auspiciadas por Bush a lo largo de sus ocho años representaron dos billones de dólares, dos veces y media lo que cuesta el plan Obama; el propio McCain, republicano díscolo, llegó a decir, tras aprobar los recortes, que aquello era un “robo generacional”, que pondría en riesgo el futuro de sus hijos.

Pero, sobre todo, se critica la insuficiencia del plan. Cita Krugman un estudio de la Oficina Presupuestaria del Congreso según el cual, en los próximos tres años, existirá un desfase de 2,9 billones de dólares entre lo que la economía podría producir según la capacidad instalada, y lo que realmente producirá. Así las cosas, la aportación pública apenas podrá restañar una parte menor de la recesión. Y compara la terapia que va a administrarse con la que aplicó Japón en los años noventa: suficientes recursos para que no se produjera la catástrofe pero insuficientes para que Japón enderezara definitivamente su economía, que todavía mantiene una debilidad crónica como acaba de verse a la luz de los últimos datos macroeconómicos: el descenso del PIB alcanzó más del 12% en el último trimestre.

En definitiva, Krugman, al frente de un grupo de economistas críticos cercanos al partido demócrata, reprochan a Obama pusilanimidad, no ofrecer soluciones que estén a la altura del reto que Norteamérica tiene planteado. Asimismo, estos expertos defienden la nacionalización temporal de los bancos con problemas en lugar de las inyecciones de dinero público para salvar las entidades. De este modo –argumentan-, los recursos empleados en el salvamento regresarían a las arcas públicas en el momento de la desnacionalización.

Sea como sea, lo estimulante de este dibujo del debate norteamericano es que se está produciendo. No como en España, donde los partidos están entretenidos en destriparse mutuamente y en pugnar a cara de perro por péqueñas parcelas de poder autonómico. Vergüenza les debería dar. 

Política contra la crisis

Viernes, 6 Febrero 2009

Hoy ha arrancado la polémica comisión de investigación en la Asamblea de Madrid que deberá aclarar el turbio caso del espionaje en el seno del propio ejecutivo autonómico, y los grandes medios de comunicación se han volcado en el asunto, como es natural. La comisión debe acabar en principio los trabajos el 28 de enero, víspera de las elecciones municipales y gallegas del 1 de marzo. Es de imaginar que cuando comiencen las respectivas campañas electorales, la semana que viene, todo el debate público y la atención política se centrarán en ambas consultas, en que –como siempre- los grandes partidos se juegan más que la simple hegemonía territorial en las comunidades concernidas. Y mientras tanto, 3,3 millones de personas están ya en paro y un número indeterminado pero alto de trabajadores está aterrado ante la perspectiva verosímil de perder su empleo a corto plazo.

Sería demagógico afirmar que las cuestiones de menor cuantía –los escándalos, las elecciones regionales- absorben toda la energía institucional, de forma que la crisis económica queda descuidada. Sin duda, sigue siendo la principal preocupación de la clase política. Pero el mensaje que se trasmite, sobre todo a los damnificados por la pésima coyuntura, es hiriente y equivocado: ante una situación de verdadera emergencia nacional, como es el caso, las fuerzas políticas deberían mostrar explícitamente que su principal afán es precisamente sacar al país del atolladero. Y en cambio, parece que los partidos están sobre todo ocupados en preservar su instalación y que apenas se dedican a resolver la crisis en sus ratos libres.

Una vez constatado que, salvo un milagro, concluiremos el año con más de cuatro millones de parados, que con toda probabilidad no empezarán encontrar empleo hasta 2011, parecería natural que emergiera una tendencia política hacia la unidad en todo lo concerniente a la crisis: en el diagnóstico, en la definición de las terapias aplicables y en la materialización de las mismas. Los politólogos explican que, en democracia parlamentaria, las grandes coaliciones –así, la gran coalición alemana tras la Segunda Guerra Mundial- se justifican en situaciones excepcionales o de intenso riesgo. Y no se dirá que este país no se halla hoy al borde del abismo.

Probablemente no sea útil ni posible en España una coalición de los grandes partidos, pero sí es exigible que en el ámbito concreto de la crisis, que ha de ser el central de la legislatura, se establezca una intensa cooperación entre ellos, contando además con los agentes sociales y con el mundo académico –los expertos economistas tienen sin duda algo que decir en esta situación insólita, puesto que estamos ante la primera fractura de la globalización. Un fenómeno nuevo y sin precedentes que analizar.

No se trata de reeditar los Pactos de la Moncloa, que sirvieron para superar obstáculos ideológicos de gran calado en aquella España todavía bisoña y radicalizada; ahora se trata –lo ha explicado Duran Lleida con buen tino- de detectar inteligentemente cuál es el mejor modo de combatir la crisis, de dosificar adecuadamente las políticas de oferta y de demanda, de aplicar si procede las viejas recetas keynesianas, de calibrar el déficit que podemos arriesgarnos a asumir,  de habilitar fórmulas para asegurar la supervivencia física de muchos parados que quedarán pronto sin derecho a prestaciones, etc. La mirada angustiada de esos millones de personas que contemplan con estupor su propia ruina obliga a todos a un esfuerzo de esta naturaleza.   

Zapatero en Nueva York

Viernes, 24 Octubre 2008

Los esfuerzos de Rodríguez Zapatero por conseguir que España participe en la Conferencia de Nueva York del 15 de noviembre en que, a iniciativa de la Unión Europea, se intentará poner las nuevas bases del nuevo orden financiero internacional son dignos de encomio, y así parece haberlo entendido la opinión pública española, que también sabe lo difícil que resultará lograr tal objetivo. De momento, todos los tentáculos están extendidos para presionar sobre las principales cancillerías porque, aunque Bush será el anfitrión de la “cumbre” –para dicha fecha ya se habrán celebrado sin embargo las elecciones americanas-, el G-8 está presidido este año por Japón y el G-20, por Brasil. El presidente español, en China desde hoy como participante a la VII cumbre Europa-Asia (ASEM), tiene asimismo ocasión de hacer valer personalmente sus tesis ante varios de los miembros del G-8 y del G-20.

Los argumentos que respaldan esta pretensión se relacionan objetivamente con las dimensiones de nuestro país, que es el octavo en PIB nominal del mundo, el séptimo en dimensión de su sector financiero, el tercer inversor internacional, el primer inversor en América Latina y el propietario del mayor banco en capitalización de la Unión Europea. Cierto que no pertenece al G-8, el club de los ricos, porque su posición relativa era muy distinta en los años setenta del pasado siglo, cuando se creó en sucesivas fases la institución; sin embargo, la exigencia española de pasar a formar parte de esta instancia informal, aunque tan influyente, no es infundada: nuestro país ha superado a Canadá en Producto Interior Bruto, tiene más población –46 millones de habitantes frente a 33- y mantiene un protagonismo financiero y diplomático internacional incomparablemente mayor.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                   La

La actual campaña de Rodríguez Zapatero tiene un fundamento concreto relevante, que se relaciona con la crisis económica que se pretende desentrañar, para obtener una actualizada regulación económica global que trascienda los criterios ya sobrepasados de Bretton Woods, adoptados en 1944, cuando estaba a punto de acabar la Segunda Guerra Mundial. España ha sido, con el Reino Unido, uno de los países europeos que más rápidamente ha reaccionado en socorro del sistema financiero, y nuestro modelo de regulación y supervisión adoptado por el Banco de España desde hace décadas ha demostrado ser sumamente eficaz. Pero más allá de la coyuntura, España ha emprendido un proceso de reubicación internacional que ya no es reversible. Y la batalla por contar en el sistema institucional global en función del tamaño objetivo de nuestra economía y de nuestra implicación política en la comunidad internacional se ha convertido definitivamente en un objetivo nacional que deberán perseguir todos los gobiernos a partir de ahora. Ello requiere mayor implicación del Estado en la política exterior, más sutileza en el cultivo de las relaciones –los errores pueriles de Zapatero han pesado muy negativamente- y, en el plano interno, la construcción de un consenso inquebrantable. Tras el efímero viaje al corazón del Imperio que realizó Aznar, que tan absurdo parece hoy día, PP y PSOE han de ir nuevamente de la mano en estos asuntos vitales en los que están en juego la posición y la reputación de España en el ámbito globalizado, ya que del acomodo que logremos dependen también, en gran medida, nuestra prosperidad y nuestro bienestar. 

Todos con Obama

Mircoles, 15 Octubre 2008

Una encuesta confeccionada para Antena 3 por TNS Demoscopia llega a la conclusión de que si los españoles participáramos en las elecciones americanas del próximo 4 de noviembre, el 62,4% de los electores votaríamos a Obama y apenas el 7,4% a McCain. Además, el 62,6 del censo español cree que Obama ganará finalmente las elecciones, frente al 14,1% que piensa que el triunfador será McCain.

De dicho cómputo, que es puramente testimonial porque obviamente no tendremos la oportunidad de dar nuestra opinión institucional sobre el futuro del Imperio (aunque habría muchas razones para ello), se desprenden varias interesantes conclusiones. Una de ellas es que quizá sea cierto que el eje de simetría del cuerpo electoral español está escorado de manera natural hacia el centro-izquierda, aunque como es lógico no sólo influyen en el voto las preferencias subjetivas sino las condiciones objetivas (calidad del candidato, coyuntura política y económica, desgaste de las opciones en liza, calidad del programa, etc.).

La otra conclusión, que tiene más sustancia, es que una mayoría de la sociedad española ha detectado con claridad la responsabilidad última de la crisis económica: han sido los republicanos de los Estados Unidos, hasta hace poco en manos de la corriente neocon, los que han engendrado el caos y el hundimiento doloso del sistema financiero USA, cuyo desmoronamiento ha arrastrado al sistema global. McCain paga así la debilidad y las desviaciones de Bush, verdadero causante de la catástrofe. 

¿Pacto anticrisis Gobierno-PP?

Jueves, 2 Octubre 2008

Rajoy, preocupado porque la crisis económica, cuyas causas norteamericanas han adquirido plena visibilidad, lo deje al margen del principal asunto político que hoy domina el panorama español, lanzó a los medios hace días su disposición de avenirse a un pacto anticrisis con el Gobierno en ciertas condiciones. “La Vanguardia” fue el medio que recogió aquella filtración y Rodríguez Zapatero, con buenos reflejos, se apresuró a recoger el guante e invitó al líder del PP a mantener una entrevista monográfica. Tras algunos contactos telefónicos, ambos líderes acordaron que la reunión fuera precedida de un encuentro técnico entre los respectivos equipos, con Solbes y Montoro al frente. Y en esas estamos.

En el entretanto, el consejo de ministros ha aprobado el proyecto de Presupuestos y el PP y el Gobierno se han lanzado dardos envenenados que demuestran que ninguna de las dos partes quiere el pacto, que por otra parte no tendría sentido. Porque una cosa es que los dos grandes partidos remen en la misma dirección, que no lo están haciendo, y otra muy distinta que se hurte la mala coyuntura del debate democrático. Antes al contrario, lo saludable es que quede bien claro en esta adversidad que es el Gobierno el que asume toda la responsabilidad, aunque con receptividad a las opiniones de todos los actores, en tanto la oposición se dedica a controlarlo, a estimularlo mediante la denuncia de los errores y omisiones, a mantener latente la idea de que no existe una única política económica posible puesto que el centro-derecha también dispone de su propia opción alternativa.

No habrá, pues, pacto económico, ni sería deseable que lo hubiese, por lo que Gobierno y PP, Zapatero y Rajoy, deben tener cuidado para no irritar a una opinión pública que está lógicamente alarmada y que no toleraría escenificaciones cínicas de los simples intereses partidarios. Y es que no hay que ser muy sagaz para entender que, más allá de la preocupación intensa que ambas fuerzas experimenten por este país, hay en estos escarceos otro afán bastante menos puro: el de que la crisis económica desgaste sobre todo al adversario.

En materia de economía, nuestros regímenes, tan nivelados ideológicamente, mantienen todavía por fortuna una cierta y saludable polaridad interna. Y aunque en muchos casos la discrepancia sea sólo de matiz, es bueno preservarla. El PSOE se resistirá instintivamente a recortar el gasto social o los salarios públicos, con lo que desistirá de reducir impuestos en estas malas coyunturas, en tanto el PP preferirá salir en socorro de las empresas, cuya crisis es sin duda la más amenazante a medio plazo. Los electores tuvieron en su momento la palabra acerca de qué enfoque de la realidad querían. Y ahora valorarán sin duda las respectivas conductas, el manejo de la crisis y la gestión que se haga de su propia angustia, y ese juicio influirá en futuras determinaciones electorales. Mientras tanto, poder y oposición mantendrán vivo el debate, lo que servirá para alumbrar ideas, sortear errores,  mantener vigilantes la percepción y los reflejos.

Las cosas son así y no tiene sentido dar vueltas alrededor de ellas. Por lo que está de más la marrullería que consiste en amagar el pacto para renunciar a él en cuanto se hagan ostensibles las divergencias. Zapatero y Rajoy deben encontrarse para hablar francamente del problema y contrastar sus propias soluciones. Si lo hacen pacíficamente y con honradez, seguirán discrepando pero los dos, por el solo hecho de debatir, habrán enriquecido sus respectivos puntos de vista. Algo muy importante cuando de lo que se trata es de ahorrar al país el mayor sufrimiento posible.

Madrid: megalomanía y crisis

Viernes, 26 Septiembre 2008

El Ayuntamiento de Madrid, el más endeudado de España por las obras faraónicas que emprendió en el pasado cuatrienio, ha tenido que suspender sus inversiones en el presente ejercicio presupuestario por la notoria caída de la recaudación a causa de la crisis económica. Se paraliza, pues, la construcción de equipamientos sociales, aunque –faltaría más- prosiguen las obras más emblemáticas: las del Madrid Olímpico y las del eje Prado-Recoletos, cuya urgencia es en todo caso opinable. La oposición asegura que el recorte afectará como mínimo a 27 instalaciones públicas: escuelas infantiles, centros de mayores, polideportivos, etc. Además, el equipo de Ruiz Gallardón ha dado a entender que será inevitable elevar los impuestos el próximo año. Buen momento para incrementar la presión fiscal.

De aquellos polvos vienen estos lodos. Quienes criticamos en un cierto momento la megalomanía de un equipo municipal que quiso cambiar la faz de la ciudad en una legislatura a costa de enajenar los presupuestos de veinte años vemos ahora cómo la coyuntura nos da la razón. Agotada su capacidad de endeudamiento, el Ayuntamiento no sólo deja de asistir a los ciudadanos con inversiones urgentes e inaplazables sino que contribuye a generar desempleo al aplazar obras proyectadas. 

Pierde, así, el Partido Popular autoridad para proponer recetas contra la crisis. Y para hablar de austeridad.