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Heterodoxias

Viernes, 3 Octubre 2008

El hecho de que el capitalismo no tenga ya enemigos en esta crisis –en la de 1929 tenía enfrente al comunismo, que llegó a pensar que su victoria estaba próxima ante el derrumbe económico de su contendiente- permite a sus actores recurrir sin temor a todas las heterodoxias que, en otras circunstancias, parecerían claudicaciones ideológicas. Así, los Estados Unidos, en donde sus ciudadanos más liberales detestan al Estado y piden su reducción a la mínima expresión, realizan la mayor intervención pública de la historia –700.000 millones de dólares, algo menos de la mitad del Producto Interior Bruto español- para sanear su sistema financiero. Y otros conservadores europeos, como Sarkozy, actúan sobre el mercado para salvarlo sin el menor pudor: el presidente francés ha ordenado invertir 5.000 millones de euros en la adquisición de 30.000 viviendas privadas en construcción para impulsar la actividad del sector.

El pragmatismo es bueno en economía, y hay que aplaudir la desinhibición de quienes se aprestan a combatir sintomáticamente la etiología de la crisis. Pero estas heterodoxias no deberían impedir ni aplazar la revisión del modelo para que sea sostenible. Dicho más claramente, lo meritorio no es combatir con eficacia las crisis sino trabajar racionalmente para que no sucedan, al menos con esta insoportable subitaneidad.

Indignante filtración

Mircoles, 17 Septiembre 2008

Una de las características principales de la madurez y de la solvencia democráticas es la posibilidad de distinguir entre lo público y lo privado, nítidamente diferenciados por un criterio estricto. Y también, la capacidad de las instituciones para mantener las zonas de sombra, lo discreto y lo secreto. Aunque sea siempre difícil discernir qué ámbitos del Estado han de quedar bajo reserva –otra característica de tales sistemas pluralistas es la transparencia-, es claro que la defensa de ciertos intereses nacionales –he dicho nacionales, no partidistas o grupales- requiere discreción y sigilo.

Aquí, estos conceptos no están ni siquiera establecidos. Con frecuencia se ha querido tapar mediante un tupido velo lo que debía publicarse, y es bien conocido que las comisiones de secretos oficiales de nuestro Parlamento tardan en divulgarse lo que el parlamentario en contárselo al periodista de cabecera. Y acaba de producirse un caso de insolvencia resonante: la filtración de un borrador provisional que resume el resultado de las investigaciones que se llevan a cabo sobre el accidente de un avión de Spanair el pasado 20 de agosto en Barajas, con un saldo trágico de más de 150 víctimas.

El esperpento de ver en las portadas de los periódicos el contenido del informe y aun en numerosas páginas de Internet el facsímil del borrador en cuestión habrá divertido a todo el orbe, que ve cómo una vez más este país incurre en el ridículo de la inmadurez. Que el venerable Ministerio de Fomento sea incapaz de guardar reserva de un documento colectivo aún inacabado en el que participan –se supone- ilustres expertos de acreditada valía parecería una broma si no estuviéramos hablando de una tragedia.

Los pilotos se han indignado, lógicamente, porque está en juego la reputación de unos compañeros, que se delataron a sí mismos de buena fe al permitir que se grabara su quehacer profesional, con el fin –se supone- de prevenir otras catástrofes gracias a la experiencia de las anteriores. Pero más indignada debe estar todavía la opinión pública al asistir a este colosal desmadre, que arruina honras y sociedades anónimas sin el menor reparo.