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Una cierta cobardía

Jueves, 4 Diciembre 2008

Quienes no creemos en los derechos colectivos ni participamos del entusiasmo irreflexivo y totalitario que suscita la palabra pueblo en su sentido gregario e inorgánico, pensamos por pura coherencia con nuestras propias ideas que tampoco existen responsabilidades colectivas. Ni en lo jurídico –ya se sabe que sólo las personas físicas pueden ser objeto de una sanción penal- ni tampoco en lo político, ni mucho menos en lo social.

Dicho esto para evitar cualquier equívoco,  parece evidente que sí existen valores y creencias extendidos sobre el cuerpo social que son permeables a los vientos exteriores y que fluctúan según las circunstancias. Y en Euskadi, en concreto, la presión de la violencia durante tantos años ha generado una insensibilidad manifiesta, chirriante en ocasiones, que fácilmente puede ser confundida, con razón o sin ella, con un atisbo de cobardía o de insuficiencia moral. Como si los resortes que producen la rebelión automática frente a la iniquidad, frente a la injusticia, frente a la sinrazón se hubieran oxidado y hubiesen quedado inservibles.

El horrendo asesinato del empresario vasco Ignacio Uría por dos pistoleros etarras en una calle de Azpeitia reúne todos los ingredientes repugnantes que concurren en la anterior reflexión. El móvil del crimen es, supuestamente, la oposición de los iluminados fanáticos a una infraestructura que moderniza decisivamente el País Vasco, en contra del objetivo arcádico y autárquico de los radicales ultranacionalistas. Los aguerridos “gudaris” que son aplaudidos por su heroísmo por los miembros de su propia secta han realizado la proeza de disparar por la nuca a un jubilado de 70 años, desarmado e inerme. La peña de la víctima, formada por los compañeros de solaz que jugaban con él a las cartas en las sobremesas, no interrumpió ese día la partida: la silla de Uría fue ocupada con toda naturalidad por otro contertulio. Y tras conocerse el asesinato el mismo miércoles, y antes de que cristalizaran las reacciones  oficiales, las gentes de Azpeitia salieron espontáneamente a las calles a manifestar su indignación: aquella muchedumbre airada estaba compuesta por nueve manifestantes.

En lo político, Azpeitia está gobernado en minoría por Acción Nacionalista Vasca (ANV), la segunda marca de Batasuna, que no se adhirió a la declaración de condena del atentado y se limitó a presentar una moción en que expresaba su pesar por la muerte del convecino. ANV mantiene la alcaldía porque, tras la ruptura de la tregua etarra, tanto Eusko Alkartasuna como Aralar se han negado a expulsar sistemáticamente de los ayuntamientos a los cómplices de ETA. En esta ocasión, preguntado el portavoz de EA sobre cuál será su actitud a este respecto, el sujeto en cuestión ha respondido indecentemente que su partido tiene que examinar cuidadosamente los programas de unos y otros antes de pronunciarse.

Habría más anécdotas macabras que anotar, más sinrazones que denunciar, más dejaciones morales que resaltar pero ya es bastante la enumeración anterior para obtener conclusiones: si la expulsión de ETA de la vida pública y de los intersticios sociales vascos requiere el rearme moral de la sociedad de Euskadi, parece evidente que este proceso de recuperación de la ética, de acumulación de coraje contra la insidia de los fanáticos, de acopio de valentía para hacer frente al terror y a la muerte no ha concluido ni de lejos todavía. La situación presente es el fruto de una cierta cobardía colectiva. Conviene reflexionar sobre ello. 

‘Txeroki’ y Euskadi

Lunes, 17 Noviembre 2008

La detención de Garikoitz Aspiazu Rubina, “Txeroki”, supuesto jefe de los comandos etarras, probable cabecilla del llamado ‘aparato militar’, autor de horrendos crímenes –desde el atentado que costó la vida al juez Lidón en 2001 al de los dos guardias civiles en Capbreton a finales del 2007, pasando por el intento de asesinato que mutiló al joven socialista Eduardo Madina- y principal enemigo del fallido ‘proceso de paz’, al que apuntilló con el atentado contra la T-4, representa un paso decisivo en la desarticulación de ETA, no tanto porque la organización terrorista no sea capaz de sustituir al dirigente caído, que lo es, cuanto porque, como ha pronosticado reiteradamente el ministro Rubalcaba en los últimos tiempos, cada vez es más rápida la detención de los responsables de ETA, minada internamente, cercada policialmente, detestada internacionalmente, agobiada por la creciente falta de respaldo social.

El deterioro material creciente de ETA cuando la organización no ha sido capaz de sacudirse la animadversión y el descrédito que ha representado para ella el rechazo absurdo de la oportunidad de una salida relativamente honrosa que le brindó el Gobierno de Rodríguez Zapatero coincide además con algunos movimientos y con determinadas expectativas que pueden resultar decisivos en la apertura de horizontes del País Vasco, comunidad que se dispone a encarar unas trascendentes elecciones autonómicas en la primavera de 2009.

En efecto, la resurrección de la amenaza etarra tras la ‘tregua’, que ha sumido a la sociedad vasca en una reiterativa e indignada desazón, así como las utópicas, inviables y pertinaces propuestas soberanistas del lehendakari Ibarretxe, que han tropezado con el ordenamiento jurídico y han terminado de hastiar a la opinión pública vasca, han provocado un retroceso del apoyo electoral al PNV, que se advierte en las encuestas y que se hizo patente en las pasadas elecciones generales. Y mientras el PSE-PSOE parece afirmarse como una válida opción alternativa capaz de provocar la alternancia –probablemente con el apoyo a posteriori del Partido Popular-, el mundo nacionalista efectúa algunos movimientos significativos: la izquierda radical, desorientada y dividida tras el regreso de ETA a la violencia, ha desistido ya del imposible empeño de lanzar una ‘marca blanca’ capaz de sortear fraudulentamente la ley de Partidos, y al propio tiempo Eusko Alkartasuna, dispuesta a enfatizar su condición independentista, ha roto la coalición con el PNV para capitalizar esta situación. Así las cosas, si EA –una formación impecablemente democrática y opuesta a cualquier clase de violencia- consigue encarnar la representación del independentismo democrático vasco, el aislamiento de ETA, sin representación alguna en el Parlamento de Euskadi, podría terminar siendo insoportable para los terroristas y sus amigos.

Naturalmente, estos movimientos adquirirían completa entidad e infundirían nuevas y gratas expectativas a Euskadi si las elecciones autonómicas vascas consagrasen efectivamente la alternancia. Porque con independencia de preferencias ideológicas, es claro que tras más de veinticinco años de hegemonía nacionalista, que ha generado clientelismos y monopolios de toda índole, el cambio político se ha convertido en el País Vasco en una cuestión de verdadera salubridad pública. La democracia se agosta si no se renueva, y hoy se dan en Euskadi todas las condiciones para que la sociedad pueda poner verdaderamente en tensión su libertad de elegir, ya sin presiones insuperables, sin miedos exorbitantes, sin inercias potentes que se opongan al cambio.