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Europa salvó la estética

Jueves, 18 Diciembre 2008

El gran debate sobre la integración de Europa, iniciado durante el período de entreguerras y antes por tanto de que se pusieran las bases de aquella magna obra, tuvo lugar entre federalistas y funcionalistas, entre Altiero Spinelli y Jean Monnet. Aquella controversia intelectual concluyó con los Tratados de París y Roma y el triunfo de las tesis de Monnet, a quien, en palabras de Spinelli, corresponde por eso el mérito de haber puesto en marcha la unificación de Europa y la culpa de haberlo hecho por un camino equivocado. En síntesis, según aquella teoría funcionalista había que construir una comunidad económica que sería el fundamento de una creciente y progresiva unidad política. Con toda evidencia, el ‘mercado común’ ha ido materializándose y hoy Europa –o una parte de Europa, para mayor precisión- puede alardear de haber conseguido la Unión Económica y Monetaria, cuya divisa única se ha convertido en la gran herramienta de nuestra fortaleza y de nuestra prosperidad (pese a la crisis).

El procedimiento ha dado frutos evidentes pero no ha conseguido forjar una identidad europea, ni cuajar una auténtica nacionalidad supranacional que nos englobe a los ciudadanos de los actualmente veintisiete países miembros. De hecho, Europa es para la mayoría de los europeos una entelequia remota y vaga, cargada de onerosa burocracia y muy alejada de los sentimientos y del interés comunes. Ni siquiera el Parlamento Europeo, que había de encarnar una etérea soberanía global, se afirma con énfasis. Las instituciones, artificiosas y con escasísima visibilidad, no son capaces de arraigar en las vísceras de unas sociedades que aún anteponen, y con gran diferencia, los vectores nacionalistas a la pertenencia europea, mal defendida en Bruselas y generalmente en manos de oscuros funcionarios sin capacidad de liderazgo alguno.

Pero, además, es lamentable que Europa, tan ausente de nuestro sistema mediático, irrumpa de tanto en cuanto en la información de actualidad para dejar constancia de un despropósito: la ampliación de la jornada laboral a 65 horas, una propuesta de los ministros de Trabajo de los 27 que fue felizmente rechazada ayer por abrumadora mayoría en el Parlamento Europeo.

Como es conocido, la medida, vinculada a otras de parecida índole –la no consideración de tiempo de trabajo las pausas de las guardias médicas, por ejemplo-, tenía por objeto una plausible flexibilización de la jornada laboral. No suponía ni mucho menos el regreso a la esclavitud y en muchos casos resolvía supuestos concretos nada escandalosos: agrupar el tiempo de trabajo en unos pocos días para gozar después de otros de descanso. De cualquier modo, las cosas terminan siendo como parecen, y era francamente indecoroso pretender que la normativa laboral incluyera esta antiestética reforma que sugería un regreso al siglo XIX. Si se quiere liberalizar todavía más el mercado laboral, inténtese, pero sin dejar rastros que evocan antiguas explotaciones. Los representantes de los grandes partidos así lo entendieron con independencia de sus tonalidades y los eurodiputados votaron en masa contra sus Gobiernos y contra la directiva, logrando las enmiendas mayorías superiores a 500 votos. Al menos, los diputados europeos han acabado comprendiendo que, como en la inefable frase de José Luis Valverde, no hay ética sin estética.