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La recesión y nosotros

Viernes, 3 Abril 2009

El impulso de la comunidad internacional, liderada atinadamente por Obama y los principales dirigentes europeos, permite augurar ya un horizonte esperanzador para la crisis que nos agobia. El encuentro del G-20 en Londres ha servido para movilizar nuevos caudales de recursos –casi un billón de euros- que remediarán el colapso del crédito en los países en desarrollo a través del FMI y del BM; para reformar profundamente el sistema financiero y dotarlo de controles más rigurosos que afectarán a la solvencia y supondrán la desaparición de los paraísos fiscales y del secreto bancario; y para extender por tanto una manto de confianza sobre la economía mundial, una vez constatada la capacidad de acuerdo de todos los actores y la capacidad de liderazgo de los Estados Unidos, causantes de la crisis y también protagonistas de la decisiva respuesta contra ella. La creación de un Consejo de Estabilidad Financiera, con funciones y estructura todavía sin determinar, marcará sin duda una nueva era en la globalización.

Esta mayor confianza se irá traduciendo sin duda en un paulatino incremento de la demanda mundial, del crédito internacional y de los flujos comerciales que beneficiarán en tiempo real a nuestra interconectada economía. Ha sido ilustrativo comprobar, por ejemplo, cómo unas ayudas al sector del automóvil en Centroeuropa han repercutido inmediatamente en las cadenas de producción españolas…  La movilización de la economía mundial nos arrastrará, pues, en cuanto se produzca, pero conviene que seamos realistas, graduemos la euforia y nos  centremos en resolver nuestros problemas autóctonos.

En nuestro país, la recesión no se debe exclusivamente a la crisis de demanda que ha obligado a producir por debajo de nuestra capacidad teórica. El pinchazo de la burbuja inmobiliaria, que es irreversible, ha supuesto la destrucción de gran parte de la capacidad productiva de un sector intensivo en mano de obra, cuya recuperación a medio plazo nunca alcanzará los niveles anteriores. Si el inmobiliario representaba hasta 2007 el 14% del empleo y el 10% del PIB, a partir de ahora sólo representará porcentajes mucho más modestos, por lo que la economía española deberá buscar otros nichos de actividad y de empleo, lo suficientemente competitivos para que se abran paso en los mercados.

Dicho en otros términos, con independencia de la lucha global contra la recesión, es necesario que aquí se desarrolle un vasto plan autóctono de expansión de los sectores emergentes. La inversión en educación e I+D, los estímulos empresariales a las actividades en nuevas tecnologías, la impulsión de procesos de reconversión industrial y las grandes reformas estructurales en general son asignaturas pendientes que tendremos que aprobar en los próximos años si realmente queremos avanzar nuevamente, ya con más realismo, hacia una sociedad madura de pleno empleo. Y es precisamente este conjunto de actuaciones el que reclama la unidad de las fuerzas políticas y sociales –los partidos y los agentes económicos- para conseguir el mayor impulso basado en un consenso racional perdurable en el tiempo. 

Nos equivocaríamos pues si creyéramos que con las decisiones del G-20 ya está todo conseguido. Nosotros tenemos que luchar contra las características singulares y preocupantes de nuestra propia recesión. 

España busca su punto G

Sbado, 25 Octubre 2008

Parece poco discutible que, al menos desde la Revolución Francesa, España ha llegado siempre tarde a su propia historia. No es cosa de repasar ahora todos los crónicos retrasos, que están por lo demás muy bien analizados por los historiadores, sino de revisar apenas superficialmente la rémora que supuso la dictadura franquista a la hora de ocupar un lugar aceptable en la comunidad internacional tras la Segunda Guerra Mundial. Por fortuna, y gracias a nuestro esfuerzo colectivo, pudimos reparar tardíamente el daño a marchas forzadas en paralelo al proceso de democratización: España se incorporó primero a la OTAN y después a Europa. Las nuevas sinergias provocadas por aquella apertura nos han permitido el conocido “milagro español”, el paso sin solución de continuidad desde el subdesarrollo y la marginalidad a nuestra envidiable ubicación como octava potencia mundial, quinta potencia europea, tercer país inversor en el planeta.

Estamos, en fin, en todas las instituciones supranacionales en las que tenemos que estar, pero –y éste es el problema- no hemos logrado aún introducirnos en los grupos más o menos informales de presión que realmente cuentan en los procesos de generación de ideas y de distribución del poder. Las mencionadas razones históricas nos dejaron fuera del G-8 –en los años setenta, entrar en él era un sueño utópico- y tampoco quisimos entrar en el G-20, creado en 1999, por respetar la primacía de la vocación europea de nuestro país.

Aznar ya hizo algunos movimientos ostensibles para dar a entender la desazón española por hallarse fuera del G-8, club en el que probablemente estaríamos con mejor derecho que Canadá. Pero esta ausencia no ha sido realmente percibida como importante hasta la crisis financiera internacional, que ha obligado y está obligando a adoptar decisiones de alcance global y a utilizar todos los mecanismos disponibles de coordinación a escala mundial. Ello explica la frenética carrera de Rodríguez Zapatero para que España esté en la Conferencia de Nueva York del próximo 15 de noviembre, en la que algunos ven la refundación del capitalismo instituido en Bretton Woods en 1944.

Muchos dudan del verdadero valor de esta cumbre, ya que las grandes decisiones económicas serán tomadas más bien en foros técnicos –el FMI y el BM- en los que sí está España, pero los movimientos de Zapatero son muy oportunos y tienen que ser apoyados por todos. Tanto si se comparte su estrategia de presión insistente con alharacas cuanto si se cree que resultaría más útil el procedimiento de la diplomacia intensa pero discreta. De cualquier modo, Zapatero, tan poco aficionado a la política exterior en la pasada legislatura, sigue la pauta de sus predecesores: en la segunda se ha aficionado a ella y en los últimos días ha mantenido una actividad intensa que, por lo menos, ha dejado sembrado el germen de nuestra inquietud. Y ha frenado la inadmisible tendencia de los cuatro grandes de la Unión Europea a constituir un directorio informal que dictaría reglas a los demás socios. En definitiva, España ha emprendido una intensa búsqueda de su punto “G”, que quizá dé resultado pronto pero que, como mínimo, ha dejado constancia beligerante de nuestra pretensión ante toda la comunidad internacional.