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España busca su punto G

Sbado, 25 Octubre 2008

Parece poco discutible que, al menos desde la Revolución Francesa, España ha llegado siempre tarde a su propia historia. No es cosa de repasar ahora todos los crónicos retrasos, que están por lo demás muy bien analizados por los historiadores, sino de revisar apenas superficialmente la rémora que supuso la dictadura franquista a la hora de ocupar un lugar aceptable en la comunidad internacional tras la Segunda Guerra Mundial. Por fortuna, y gracias a nuestro esfuerzo colectivo, pudimos reparar tardíamente el daño a marchas forzadas en paralelo al proceso de democratización: España se incorporó primero a la OTAN y después a Europa. Las nuevas sinergias provocadas por aquella apertura nos han permitido el conocido “milagro español”, el paso sin solución de continuidad desde el subdesarrollo y la marginalidad a nuestra envidiable ubicación como octava potencia mundial, quinta potencia europea, tercer país inversor en el planeta.

Estamos, en fin, en todas las instituciones supranacionales en las que tenemos que estar, pero –y éste es el problema- no hemos logrado aún introducirnos en los grupos más o menos informales de presión que realmente cuentan en los procesos de generación de ideas y de distribución del poder. Las mencionadas razones históricas nos dejaron fuera del G-8 –en los años setenta, entrar en él era un sueño utópico- y tampoco quisimos entrar en el G-20, creado en 1999, por respetar la primacía de la vocación europea de nuestro país.

Aznar ya hizo algunos movimientos ostensibles para dar a entender la desazón española por hallarse fuera del G-8, club en el que probablemente estaríamos con mejor derecho que Canadá. Pero esta ausencia no ha sido realmente percibida como importante hasta la crisis financiera internacional, que ha obligado y está obligando a adoptar decisiones de alcance global y a utilizar todos los mecanismos disponibles de coordinación a escala mundial. Ello explica la frenética carrera de Rodríguez Zapatero para que España esté en la Conferencia de Nueva York del próximo 15 de noviembre, en la que algunos ven la refundación del capitalismo instituido en Bretton Woods en 1944.

Muchos dudan del verdadero valor de esta cumbre, ya que las grandes decisiones económicas serán tomadas más bien en foros técnicos –el FMI y el BM- en los que sí está España, pero los movimientos de Zapatero son muy oportunos y tienen que ser apoyados por todos. Tanto si se comparte su estrategia de presión insistente con alharacas cuanto si se cree que resultaría más útil el procedimiento de la diplomacia intensa pero discreta. De cualquier modo, Zapatero, tan poco aficionado a la política exterior en la pasada legislatura, sigue la pauta de sus predecesores: en la segunda se ha aficionado a ella y en los últimos días ha mantenido una actividad intensa que, por lo menos, ha dejado sembrado el germen de nuestra inquietud. Y ha frenado la inadmisible tendencia de los cuatro grandes de la Unión Europea a constituir un directorio informal que dictaría reglas a los demás socios. En definitiva, España ha emprendido una intensa búsqueda de su punto “G”, que quizá dé resultado pronto pero que, como mínimo, ha dejado constancia beligerante de nuestra pretensión ante toda la comunidad internacional.