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Guiones para una crisis

Mircoles, 11 Febrero 2009

No es la primera vez que ocurre, pero el rasgo más llamativo del debate económico del martes fue el hecho de que los guiones de todas las intervenciones estuvieran escritos de antemano. Pese a la gravedad excepcional de la situación, ya se conocía con anterioridad que ni el Gobierno ni el PP deseaban la convocatoria de un pacto de Estado contra la crisis. Las medidas del Gobierno eran asimismo públicas –y Zapatero las reiteró, con las únicas novedades de la promesa de incrementar la cobertura del desempleo y del ahorro de 1.500 millones euros del gasto no financiero del Estado-, al igual que se sabía la posición del PP, que limita sus recetas a las políticas de oferta –reducción de impuestos y gastos sociales- y a las reformas estructurales, un concepto muy estético que no significa nada si no se desciende al pormenor.

En suma, el Gobierno, que reconoció estar improvisando –como por otra parte hacen todos los gobiernos de los países desarrollados- al hilo de los acontecimientos imprevisibles, parece estar seguro de sus recetas, algunas de ellas muy controvertibles –como es el caso del plan de actuaciones municipales-, en tanto el Partido Popular de Rajoy ha optado por recluirse en su crítica acerba al Gobierno, actitud que permite a su debilitado líder lucirse en el discurso, frecuentemente demagógico y siempre retórico. Aunque la utilidad de esta postura es dudosa: todos los ciudadanos somos conscientes de lo fácil que resulta denostar a un Gobierno que tiene que conducir una coyuntura dramática como la actual y de lo inútil de tal actitud. Aunque para Rajoy la oportunidad era magnífica: consiguió así que por un momento no se evocaran los escándalos internos del PP y se dejara de cuestionar su liderazgo.

Ante este panorama desolador, en que la única actitud constructiva fue paradójicamente la adoptada por Duran i Lleida al frente del grupo de CiU –este político catalán, digno sucesor del histórico Miquel Roca en la portavocía de los nacionalistas del Principado, fue el primero en reclamar un pacto de Estado frente a la crisis-, los ciudadanos tenemos derecho a la irritación: es cierto que el Gobierno no ha tenido más remedio que improvisar las medidas urgentes que había que adoptar, sin tiempo para proyectarlas al medio y largo plazo; lo es asimismo que el PP no tiene hoy la responsabilidad del gobierno de la nación. Pero nada debería impedir que el proceso de resolución de la crisis contara con una base de sustentación muy amplia, fruto de la negociación y el acuerdo de los grandes partidos. En los Estados Unidos, el plan original de Obama ha sido sustancialmente modificado, seguramente para bien, después de la negociación de los demócratas con los republicanos. ¿No sería sensato reproducir aquí este proceso negociador, con el fin no sólo de mejorar técnicamente las medidas sino también de otorgarles prestigio, a la vez que se generase confianza en los agentes económicos?

Para este país es poco relevante la correlación de fuerzas al final de la crisis, que es lo que parecen dirimir ante todo los grandes partidos, ávidos de poder. Lo auténticamente importante es la evolución de la economía española, la contención del paro en lo posible, la supervivencia de los desempleados y la construcción de un nuevo modelo económico de crecimiento cuando remonte la crisis, que todavía no ha tocado fondo. Y el martes, todo esto parecía ser lo de menos para unos líderes que miraban mucho más al 1 de marzo que al futuro de esta atribulada sociedad. 

¿Pacto anticrisis Gobierno-PP?

Jueves, 2 Octubre 2008

Rajoy, preocupado porque la crisis económica, cuyas causas norteamericanas han adquirido plena visibilidad, lo deje al margen del principal asunto político que hoy domina el panorama español, lanzó a los medios hace días su disposición de avenirse a un pacto anticrisis con el Gobierno en ciertas condiciones. “La Vanguardia” fue el medio que recogió aquella filtración y Rodríguez Zapatero, con buenos reflejos, se apresuró a recoger el guante e invitó al líder del PP a mantener una entrevista monográfica. Tras algunos contactos telefónicos, ambos líderes acordaron que la reunión fuera precedida de un encuentro técnico entre los respectivos equipos, con Solbes y Montoro al frente. Y en esas estamos.

En el entretanto, el consejo de ministros ha aprobado el proyecto de Presupuestos y el PP y el Gobierno se han lanzado dardos envenenados que demuestran que ninguna de las dos partes quiere el pacto, que por otra parte no tendría sentido. Porque una cosa es que los dos grandes partidos remen en la misma dirección, que no lo están haciendo, y otra muy distinta que se hurte la mala coyuntura del debate democrático. Antes al contrario, lo saludable es que quede bien claro en esta adversidad que es el Gobierno el que asume toda la responsabilidad, aunque con receptividad a las opiniones de todos los actores, en tanto la oposición se dedica a controlarlo, a estimularlo mediante la denuncia de los errores y omisiones, a mantener latente la idea de que no existe una única política económica posible puesto que el centro-derecha también dispone de su propia opción alternativa.

No habrá, pues, pacto económico, ni sería deseable que lo hubiese, por lo que Gobierno y PP, Zapatero y Rajoy, deben tener cuidado para no irritar a una opinión pública que está lógicamente alarmada y que no toleraría escenificaciones cínicas de los simples intereses partidarios. Y es que no hay que ser muy sagaz para entender que, más allá de la preocupación intensa que ambas fuerzas experimenten por este país, hay en estos escarceos otro afán bastante menos puro: el de que la crisis económica desgaste sobre todo al adversario.

En materia de economía, nuestros regímenes, tan nivelados ideológicamente, mantienen todavía por fortuna una cierta y saludable polaridad interna. Y aunque en muchos casos la discrepancia sea sólo de matiz, es bueno preservarla. El PSOE se resistirá instintivamente a recortar el gasto social o los salarios públicos, con lo que desistirá de reducir impuestos en estas malas coyunturas, en tanto el PP preferirá salir en socorro de las empresas, cuya crisis es sin duda la más amenazante a medio plazo. Los electores tuvieron en su momento la palabra acerca de qué enfoque de la realidad querían. Y ahora valorarán sin duda las respectivas conductas, el manejo de la crisis y la gestión que se haga de su propia angustia, y ese juicio influirá en futuras determinaciones electorales. Mientras tanto, poder y oposición mantendrán vivo el debate, lo que servirá para alumbrar ideas, sortear errores,  mantener vigilantes la percepción y los reflejos.

Las cosas son así y no tiene sentido dar vueltas alrededor de ellas. Por lo que está de más la marrullería que consiste en amagar el pacto para renunciar a él en cuanto se hagan ostensibles las divergencias. Zapatero y Rajoy deben encontrarse para hablar francamente del problema y contrastar sus propias soluciones. Si lo hacen pacíficamente y con honradez, seguirán discrepando pero los dos, por el solo hecho de debatir, habrán enriquecido sus respectivos puntos de vista. Algo muy importante cuando de lo que se trata es de ahorrar al país el mayor sufrimiento posible.