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CCOO: malas noticias

Sbado, 20 Diciembre 2008

La crisis se ha cobrado otra víctima: José María Fidalgo, líder de Comisiones Obreras desde el 2000, un sindicalista moderado y cabal que ha contribuido atinadamente a la buena marcha de la concertación social, ha sido derrotado tras dos mandatos por su ‘número dos’, Ignacio Fernández Toxo, con el argumento solapado pero evidente de que ante los malos tiempos que corren, el antiguo sindicato comunista necesita un liderazgo más beligerante y radical. Una de las acusaciones más significativas que se han lanzado a Fidalgo es que ha participado en algún acto de FAES, la fundación conservadora que preside José María Aznar. Curioso sentido del pluralismo.

Como es bien conocido, Comisiones Obreras se escindió ideológicamente en 1996 entre sus dos almas doctrinales: Antonio Gutiérrez apostaba entonces por la profesionalización del sindicato, la plena autonomía y por tanto su desvinculación de los partidos; frente a esta postura, otra corriente encabezada por Agustín Moreno y auspiciada en la sombra por el histórico fundador de la organización Marcelino Camacho, pretendía mantener las viejas esencias, intervenir en política y, en el fondo, sostener la antigua concepción del sindicato como correa de transmisión del PCE. La confrontación nunca llegó a remitir y Fidalgo, epígono de Gutiérrez, no logró la integración de las dos corrientes.

Fernández Toxo no representa al sector crítico puesto que, como se ha dicho, ha sido el más estrecho colaborador de Fidalgo. Pero para diferenciarse de éste y conseguir así que el péndulo se decantase de su lado ha lanzado los suficientes mensajes radicales e izquierdistas para atraer a parte de los descontentos. De hecho, el fantasma de la huelga general ha vuelto a sobrevolar las primeras declaraciones del recién elegido.

Nada hay que objetar a que, en estos momentos de grave quebranto económico, las organizaciones obreras velen por los intereses de los trabajadores, amenazados por el desempleo y abrumados por la incertidumbre. Pero a estas alturas, ya no tiene sentido pretender que se ayuda a la clase trabajadora mediante la demagogia. La flexibilidad en el empleo, dentro de ciertos límites que no desmonten las principales conquistas sociales, es una herramienta contra el paro, y pretender lo contrario es agudizar la recesión y alejar la remontada. Las pretensiones de que el salario mínimo crezca este año más del 3,5% como ha ofrecido el Gobierno son el primer síntoma alarmante de que la respuesta sindical a la crisis podría ser errónea.

En esta mala coyuntura, la concertación social debe ser un cauce por el que pueda discurrir toda la estrategia pública y privada de recuperación de nuestra economía. Pero ese diálogo social ha de ser realista y pragmático, sin concesiones al populismo ni a teorías periclitadas que han fracasado históricamente. En este sentido, Fidalgo, que tenía una idea muy clara de cuál es el interés general, ofrecía más garantías que Fernández Toxo, quien como mínimo va a ser rehén de los argumentos que ha utilizado para hacerse con el poder interno.