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Mal momento para releer a Friedman

Viernes, 31 Octubre 2008

La Fundación del Partido Popular que preside el ex presidente Aznar acaba de presentar una reedición de la célebre obra de Milton y Rose Friedman “Libertad de elegir”, publicada en 1980. Con  motivo de tal presentación, a la que asistió un hijo de los autores, David Friedman (un teórico anarcocapitalista por cierto, que ha radicalizado las ideas de sus progenitores), Aznar, poco sutil últimamente, deslizó algunas opiniones gruesas e impertinentes sobre la vigencia de las ideas de uno de los gurús del neoliberalismo.

Milton Friedman es el más genuino representante de la Escuela de Chicago, en cuya universidad enseñó durante tres décadas, hasta 1976, año en que recibió el Premio Nobel de Economía. La mencionada Escuela representó en el terreno teórico la corriente liberal y monetarista que encabezó la reacción a las políticas económicas anticíclicas preconizadas por Keynes. Y en lo político, supuso la propuesta de sustitución de los criterios intervencionistas del New Deal actualizados por Galbraith, discípulo de Keynes,  y el impulso a la desregulación de los mercados y a la reducción del Estado a la mínima expresión, de forma que la “mano invisible” de Adam Smith pudiera asignar libérrimamente los recursos, sin intervención política alguna. Friedman fue asesor económico de los presidentes republicanos Richard Nixon y Ronald Reagan, y colaboró con el gobierno de Margaret Thatcher.  Sobre él se ha tejido una leyenda negra –quizá porque visito el Chile de Pinochet en 1975- que no responde a la realidad: Friedman fue liberal pero no insensible a la desigualdad, e ideó algunos mecanismos, como el “impuesto negativo” o el “cheque escolar”, para lograr la igualdad de oportunidades y combatir la pobreza.

Dicho esto, es claro que han sido precisamente los excesos desreguladores y ultraliberales inspirados por los teóricos del neoliberalismo anglosajón –Friedman y Hayek principalmente- los que han provocado la actual y profunda crisis financiera, que a su vez ha engendrado una grave recesión económica. No deja de ser significativo que el Premio Nobel de este año haya sido otorgado a un conspicuo neokeynesiano, Paul Krugman, quien está proponiendo que, una vez estabilizado el sistema financiero mundial mediante la intervención pública, se enfrente la crisis económica mediante inversiones públicas que ceben la bomba de la inversión privada, aunque ello haya de hacerse con cargo al déficit… Y el también Premio Nobel de Economía (1970) Paul A. Samuelson acaba de efectuar el definitivo y duro diagnóstico sobre la situación: “en el fondo del caos financiero, el peor en un siglo, encontramos el capitalismo libertario del laissez-faire, que predicaban Milton Friedman y Friedrich Hayek, al que se permitió desbocarse sin reglamentación. Ésta es la fuente primaria de nuestros problemas de hoy. Hoy estos dos hombres están muertos, pero sus envenenados legados perduran”.

Tiene escaso sentido atribuir “responsabilidades políticas” a los economistas y a los intelectuales que, con esfuerzo y dedicación, han elaborado teorías y propuestas que conducen a resonantes fracasos. Pero sí es razonable alentar el debate ideológico para que quede de manifiesto quién acertó y quién no en la búsqueda de los mejores caminos para el futuro. Si así se hace, se llegará seguramente a la conclusión de que el actual es un mal momento para leer o reeditar a Friedman, y lo es todavía más para elogiar acríticamente su obra, cuyas grandes tesis han inspirado el actual naufragio.

Krugman y la recesión

Martes, 21 Octubre 2008

“Reparar el sistema financiero no impedirá la recesión”. El diagnóstico lapidario es de George Soros, el gurú de las finanzas que, tras convertirse en uno de los hombres más ricos del mundo, ha donado su inmensa fortuna a una fundación benéfica.

Parece evidente que así será, que el daño infligido a la economía real no financiera es, en alguna medida irreparable, porque ya está teniendo lugar la clausura irreversible de centros productivos no competitivos en esa nueva situación de ajuste. Además, para  muchos, la recesión ya está aquí, la veremos en cuanto se publiquen los últimos indicadores, por lo que no tiene sentido ponderar cómo evitarla: lo razonable es ver cómo actuar contra ella para salir de esta situación cuanto antes.

El premio Nobel ya no es lo que era, pero el economista Paul Krugman, que acaba de obtenerlo, no necesitaba del galardón para que su prestigio fuera ya muy alto. Y las posiciones de este profesional progresista y pragmático son bien claras: para proporciona ayuda a la economía real, “habrá que dejar de lado algunos prejuicios. Está políticamente de moda despotricar contra el gasto estatal y pedir responsabilidad fiscal. Pero ahora mismo, un mayor gasto estatal es justo lo que el doctor receta, y las preocupaciones sobre el déficit presupuestario deben ser dejadas en suspenso”. Krugman cree que la recuperación del mercado inmobiliario va a tardar en producirse, aunque se consiga descongelar los mercados de crédito; y piensa asimismo que la bajada de tipos de interés que sin duda tendrá lugar a ambos lados del Atlántico apenas concederá un leve impulso económico. De modo que las recetas que sugiere son proporcionar prestaciones ampliadas a los desempleados (lo que incrementará la demanda interna), otorgar ayudas excepcionales a los entes estatales y locales (en nuestro caso, a las comunidades autónomas y a los ayuntamientos), para que no recorten bruscamente algunos servicios públicos con la consiguiente generación de más desempleo; proceder a la compra de hipotecas en ciertas condiciones y a la renegociación del crédito para evitar desahucios; abordar la puesta en construcción de algunas infraestructuras importantes, que aunque se concluirán cuando ya no haya crisis, son necesarias de todos modos…

En definitiva, Krugman propone –con carácter temporal, evidentemente- un sistema de subvenciones directas y de inversión en obras públicas que bien hubiera podido firmar el viejo Keynes, y que, lamentablemente, no tiene alternativa alguna en este momento.

La apelación al déficit público es en España perfectamente posible sin dañar los equilibrios macroeconómicos dado que en los tiempos de bonanza que acaban de pasar se ha conseguido reducir el endeudamiento a poco más del 38% del PIB, uno de los más bajos de la UE y, por supuesto, infinitamente menor que el norteamericano. Así las cosas, no parece que la lucha contra la recesión haya de conseguirse exclusivamente por la vía de reducir la presión fiscal a las pymes: también será preciso apelar temporalmente al déficit para socorrer a los damnificados, estimular la demanda y promover la actividad mediante inversiones públicas que, por utilizar la expresión del propio Keynes, ceben la bomba de la inversión privada.