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Obama y sus críticos

Martes, 17 Febrero 2009

Al contrario de lo que sucede en España, donde estamos entretenidos en episodios de corrupción, en Norteamérica está teniendo lugar un agrio debate sobre las soluciones de la crisis económica y financiera, el triste legado del inepto Bush a Obama.

Como es bien conocido, el plan de estímulo económico que acaba de aprobar el Congreso de los Estados Unidos –gracias al apoyo masivo del partido demócrata y, en el Senado, del respaldo de apenas tres senadores republicanos- a instancias del presidente Obama consiste en la inyección en el sistema económico de unos 800.000 millones de dólares, en un plan mixto según el cual el 64% de esta cantidad será inversión pública, y el resto, el 36%, incentivos y desgravaciones fiscales. Éste es el acuerdo al que hubo que llegar entre los dos grandes partidos para que el plan resultase aprobado.

Existe coincidencia en apreciar que el plan va en la dirección adecuada, pero cada vez son más tonantes las voces que critican su insuficiencia. El nobel Krugman, por ejemplo, se lamenta de que se insista en las políticas de oferta, tan queridas por Bush: las rebajas de impuestos auspiciadas por Bush a lo largo de sus ocho años representaron dos billones de dólares, dos veces y media lo que cuesta el plan Obama; el propio McCain, republicano díscolo, llegó a decir, tras aprobar los recortes, que aquello era un “robo generacional”, que pondría en riesgo el futuro de sus hijos.

Pero, sobre todo, se critica la insuficiencia del plan. Cita Krugman un estudio de la Oficina Presupuestaria del Congreso según el cual, en los próximos tres años, existirá un desfase de 2,9 billones de dólares entre lo que la economía podría producir según la capacidad instalada, y lo que realmente producirá. Así las cosas, la aportación pública apenas podrá restañar una parte menor de la recesión. Y compara la terapia que va a administrarse con la que aplicó Japón en los años noventa: suficientes recursos para que no se produjera la catástrofe pero insuficientes para que Japón enderezara definitivamente su economía, que todavía mantiene una debilidad crónica como acaba de verse a la luz de los últimos datos macroeconómicos: el descenso del PIB alcanzó más del 12% en el último trimestre.

En definitiva, Krugman, al frente de un grupo de economistas críticos cercanos al partido demócrata, reprochan a Obama pusilanimidad, no ofrecer soluciones que estén a la altura del reto que Norteamérica tiene planteado. Asimismo, estos expertos defienden la nacionalización temporal de los bancos con problemas en lugar de las inyecciones de dinero público para salvar las entidades. De este modo –argumentan-, los recursos empleados en el salvamento regresarían a las arcas públicas en el momento de la desnacionalización.

Sea como sea, lo estimulante de este dibujo del debate norteamericano es que se está produciendo. No como en España, donde los partidos están entretenidos en destriparse mutuamente y en pugnar a cara de perro por péqueñas parcelas de poder autonómico. Vergüenza les debería dar. 

¿Un pacto contra la crisis?

Lunes, 9 Febrero 2009

Mañana por la tarde comparecerá en el Congreso de los Diputados el presidente del Gobierno para dar explicaciones sobre la crisis económica y el escalofriante crecimiento del desempleo. Y todo indica que el debate se convertirá en un diálogo de sordos, en el que Zapatero defenderá sus medidas económicas, basadas en políticas de demanda –inversiones- en tanto el líder de la oposición, Rajoy, propondrá políticas de oferta –reducción de impuestos y cargas sociales y austeridad-. En definitiva, se estrellarán las recetas keynesianas del nobel Krugman con las fórmulas neoliberales que se habían impuesto con escasa controversia antes de la crisis. Sólo Duran i Lleida, portavoz del nacionalismo catalán, defenderá probablemente la formulación de unos pactos, en cierto modo semejantes a  los de La Moncloa, para salir más rápidamente y con menos daños de la crisis. Una encuesta a personalidades políticas y económicas realizada el domingo por un periódico catalán ponía de manifiesto que en nuestra sociedad hay una mayoría de opiniones favorables al pacto.

PP y PSOE ya han manifestado su oposición a tal iniciativa. Piensan al parecer que es mejor, en estas circunstancias excepcionales, mantener intacto el genuino método democrático, la hegeliana oposición entre tesis y antítesis con la esperanza de conseguir una fecunda síntesis. Pero todo indica que ni el Gobierno cambiará su estrategia ni el PP dejará de denigrarla, lo cual, para las víctimas más directas del desastre, que es en parte imputable a los dos grandes partidos (ambos, por ejemplo, estimularon la demanda de vivienda con incentivos fiscales durante sus mandatos pese a los claros síntomas de recalentamiento del sector), ha de resultar por fuerza desconcertante.

El argumento principal que cabe invocar para defender la conveniencia de tales pactos no es político ni tiene que ver con la asunción colectiva de responsabilidades políticas: es predominante técnico y se basa en dos elementos. En primer lugar,  los ciudadanos tienen derecho a presumir que las terapias que se aplican contra la crisis son las mejores, para lo cual es deseable que las medidas se implementen después de un contraste profundo y solvente. El ‘plan Obama’ es un híbrido de políticas de oferta y de demanda –grandes inversiones estructurales, fuertes bajadas de impuestos- a pesar de que el nobel Krugman ha sido uno de los inspiradores principales del nuevo presidente norteamericano. Y ello ha sido así, sobre todo, porque los demócratas necesitaban a los republicanos para aprobar el plan. En consecuencia, resultaría tranquilizador ver a Solbes sentado con Rato y con los agentes sociales discutiendo la crisis.

En segundo lugar, el pacto contribuiría por razones obvias a generar confianza, algo que no se logrará, obviamente, en tanto se vea que la opción alternativa de Gobierno censura con dureza la acción gubernamental a este respecto. Y además, el consenso entre poder y oposición permitiría adoptar decisiones estructurales a medio y largo plazo, es decir, plantear conjuntamente aquellas actuaciones tendentes a generar un cambio profundo en el modelo de crecimiento, algo que no puede hacerse en una sola legislatura y que requiere cierta continuidad en las iniciativas.

No se trata, es evidente, de insinuar un gobierno de coalición, que no tendría sentido, ni siquiera de que el Gobierno ceda parcelas de su legítimo poder a los adversarios: la propuesta de pacto aspira únicamente a seleccionar lo mejor posible la dirección de avance y a mostrar a la sociedad con hechos que la crisis tiene solución si todos remamos esperanzados en la misma dirección. 

El liberal Obama

Martes, 28 Octubre 2008

El último libro publicado en España de Paul Krugman, Premio Nobel de Economía de este año, es “The Conscience of a Liberal” (2007), editado aquí con el infame título “Después de Bush: El fin de los ‘neocons’ y la hora de los demócratas”, seguramente para incrementar las ventas.

Quien busque en esta obra importante el relato de la decadencia de Bush y el definitivo desprestigio del movimiento neocon con la gravísima crisis financiera,  desencadenada por la falta de regulación, y en definitiva de Estado, preconizada por los ultraliberales que han rodeado al presidente saliente, se quedará frustrado por completo. Porque el libro es una historia de las últimas décadas de los Estados Unidos a la luz de la ideología de los dos grandes partidos, y, sobre todo, una reflexión sobre la posición actual de los republicanos y de los demócratas –los liberales-, cuya facción más activa se autodenomina “progresista”. Como ya es conocido, estos términos tienen significados distintos a uno y otro lado del Atlántico.

 Este intelectual de prestigio, con gran predicamento en su país y creciente influencia en Europa, pone de manifiesto que las propuestas del partido demócrata no son en absoluto revolucionarias, por lo que experimentarán aquí alguna decepción quienes crean que Obama es un radical. “Ser liberal –escribe Krugman- es, en cierta forma, ser conservador, en el sentido de desear, en gran medida, constituir una sociedad de clases medias”. En efecto, los liberales –o demócratas- aspiran a recuperar el aliento social del New Deal de Roosevelt, en que lo público tenía un espacio significativo y el Estado prestaba o aspiraba a prestar los grandes servicios que establecen la igualdad en el origen, condición sine qua non para que haya una extensa clase media. En cambio, los republicanos han atacado en los últimos años todo aquello que iba en esta dirección. Han debilitado hasta la extenuación Medicare, el sistema de provisión gratuita de medicamentos, y se han negado en redondo a que la Ley de Seguridad Social de 1935 incluya también la asistencia sanitaria.  “Una sociedad en que el 40% de la población carece de seguro médico no es una sociedad de clases medias”, puntualiza con razón Krugman.

Otra de las demandas de los ‘liberales’ es tan simple como “hacer honor a nuestros principios democráticos y al imperio de la ley; aquellos que se  autodefinen como conservadores pretenden que el presidente de los Estados Unidos disponga de poderes dictatoriales, y no han dejado de asentir cuando la administración Bush ha procedido a encarcelar a personas sin cargos y a someterlas a tortura”.

Inevitablemente, los objetivos ‘liberales’ de Krugman tienen una clara resonancia europea. Obama pretende tan sólo “cambios profundos relativos a las políticas públicas, cambios que, no obstante, distarían de ser radicales”. De hecho, el ‘programa progresista’ incluye elementos que en España ya ni siquiera son patrimonio de la izquierda: atención sanitaria universal, nuevos enfoques para reducir la pobreza, alternativas para quienes tienen dificultad para adquirir una vivienda, etc. El libro concluye con esta sencilla afirmación: “Y es que, al fin y al cabo, no es sino la democracia lo que de verdad importa a un liberal”. 

Krugman y la recesión

Martes, 21 Octubre 2008

“Reparar el sistema financiero no impedirá la recesión”. El diagnóstico lapidario es de George Soros, el gurú de las finanzas que, tras convertirse en uno de los hombres más ricos del mundo, ha donado su inmensa fortuna a una fundación benéfica.

Parece evidente que así será, que el daño infligido a la economía real no financiera es, en alguna medida irreparable, porque ya está teniendo lugar la clausura irreversible de centros productivos no competitivos en esa nueva situación de ajuste. Además, para  muchos, la recesión ya está aquí, la veremos en cuanto se publiquen los últimos indicadores, por lo que no tiene sentido ponderar cómo evitarla: lo razonable es ver cómo actuar contra ella para salir de esta situación cuanto antes.

El premio Nobel ya no es lo que era, pero el economista Paul Krugman, que acaba de obtenerlo, no necesitaba del galardón para que su prestigio fuera ya muy alto. Y las posiciones de este profesional progresista y pragmático son bien claras: para proporciona ayuda a la economía real, “habrá que dejar de lado algunos prejuicios. Está políticamente de moda despotricar contra el gasto estatal y pedir responsabilidad fiscal. Pero ahora mismo, un mayor gasto estatal es justo lo que el doctor receta, y las preocupaciones sobre el déficit presupuestario deben ser dejadas en suspenso”. Krugman cree que la recuperación del mercado inmobiliario va a tardar en producirse, aunque se consiga descongelar los mercados de crédito; y piensa asimismo que la bajada de tipos de interés que sin duda tendrá lugar a ambos lados del Atlántico apenas concederá un leve impulso económico. De modo que las recetas que sugiere son proporcionar prestaciones ampliadas a los desempleados (lo que incrementará la demanda interna), otorgar ayudas excepcionales a los entes estatales y locales (en nuestro caso, a las comunidades autónomas y a los ayuntamientos), para que no recorten bruscamente algunos servicios públicos con la consiguiente generación de más desempleo; proceder a la compra de hipotecas en ciertas condiciones y a la renegociación del crédito para evitar desahucios; abordar la puesta en construcción de algunas infraestructuras importantes, que aunque se concluirán cuando ya no haya crisis, son necesarias de todos modos…

En definitiva, Krugman propone –con carácter temporal, evidentemente- un sistema de subvenciones directas y de inversión en obras públicas que bien hubiera podido firmar el viejo Keynes, y que, lamentablemente, no tiene alternativa alguna en este momento.

La apelación al déficit público es en España perfectamente posible sin dañar los equilibrios macroeconómicos dado que en los tiempos de bonanza que acaban de pasar se ha conseguido reducir el endeudamiento a poco más del 38% del PIB, uno de los más bajos de la UE y, por supuesto, infinitamente menor que el norteamericano. Así las cosas, no parece que la lucha contra la recesión haya de conseguirse exclusivamente por la vía de reducir la presión fiscal a las pymes: también será preciso apelar temporalmente al déficit para socorrer a los damnificados, estimular la demanda y promover la actividad mediante inversiones públicas que, por utilizar la expresión del propio Keynes, ceben la bomba de la inversión privada.