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La pitada de Mestalla

Martes, 19 Mayo 2009

La polémica sobre la retransmisión que efectuó RTVE del partido de la final de Copa del Rey ocultó la cuestión de fondo, la colosal pitada con que fue recibido el himno nacional emitido por la megafonía del estadio de Mestalla cuando los reyes entraban a ocupar su lugar en el palco. Lo ocurrido hubiera perdido visibilidad si el himno se hubiese emitido con los suficientes decibelios de potencia, pero en cualquier caso el hecho es significativo.

La propia Casa del Rey se pronunció oficiosamente sobre el incidente con una atinada reflexión cargada de sentido común: un estadio de fútbol no es lugar para medir el pulso político de un país. Efectivamente, el público asistente al partido entre el Bilbao y el Barcelona, inquieto por la contienda que iba a presenciar, recurrió seguramente a la estridencia para descargar la tensión acumulada, sin la menor pretensión plebiscitaria. Sin embargo, el suceso no fue neutro, y no tendría sentido ignorar que aquel desahogo, en buena parte subconsciente, llevaba implícita una disconformidad con el sistema establecido, con los símbolos de nuestro modelo de organización.

Con toda evidencia, lo ocurrido refleja las grietas actuales del Estado de las Autonomías, tras el desencaje de Cataluña a causa de un proceso estatutario que ha sembrado perturbadora confusión por el comportamiento errático de sus principales protagonistas. En efecto, tras la retirada de Pujol en 2003, y cuando parecía que la alternancia debía suponer para los catalanes la reducción de las tensiones centrífugas, el socialista Maragall se puso al frente de una reclamación confederal que, además de su problemático contenido político, generó una fractura reivindicativa entre Cataluña y el resto del Estado. La exigencia airada y hosca de las balanzas fiscales para argumentar una reducción de la solidaridad interterritorial no podía resultar inocua, y aquella actitud ha dejado huella en la cohesión del Estado español, a pesar de que el nuevo Estatut fue significativamente ahormado a la Constitución en última instancia y de que es ya seguro que el Tribunal Constitucional le impondrá una interpretación todavía más restrictiva. Pero aquella agresividad introspectiva de Maragall ha tenido efectos intelectuales y psicológicos muy lesivos, como por ejemplo el hecho de que se acepte con toda naturalidad que quien preside el Barcelona Club de Fútbol sea un soberanista que no oculta su afán de hacer de su institución el emblema de una nación independiente, contra la voluntad de la mayoría de sus socios y del pueblo de Cataluña. 

En lo tocante a Euskadi, la alternancia sí ha supuesto, como era lógico, una alternativa al nacionalismo, por lo que quienes no abrazan tal particularismo se sienten eficazmente representados. Pero en Cataluña la confusión se ha vuelto magmática y espesa, el PSC mantiene su sociedad con ERC y la reivindicación, razonable o no, se ha convertido en un absoluto que monopoliza el vínculo que liga la autonomía al Estado. Éste es el verdadero problema.

En definitiva, la desafección de Cataluña no es la consecuencia de una supuesta cicatería del Estado sino de una mala pedagogía del establishment no nacionalista, que, subido paradójicamente al mismo carro del nacionalismo, ha generalizado el sentimiento victimista que Pujol acunó con mimo durante veintitrés años. Es urgente, pues, una rectificación, una recuperación magnánima de los lazos y los vínculos intraestatales, una rehabilitación intelectual de la historia real (no del imaginario nacionalista), una reconstrucción de los afectos recíprocos. En este punto radica el problema. Y a estos menesteres urge aplicar una solución política de verdadera entidad. 

El ‘Estatut’ en perspectiva

Lunes, 29 Diciembre 2008

El nuevo modelo de financiación autonómica está a punto de ver la luz, y, según todos los indicios, nos hallamos asimismo a las puertas de la publicación de la sentencia del Tribunal Constitucional sobre los recursos presentados contra la reforma estatutaria catalana. Y aunque ambas cuestiones, estrechamente ligadas entre sí, no han adquirido firmeza todavía, ya es evidente que el desenlace del largo proceso que arrancó en 2003 será de esta guisa: Cataluña podrá disfrutar de la bilateralidad en sus relaciones con el Estado, aunque inserta en la multilateralidad constitucional, que en lo financiero se resume en la Ley Orgánica de Financiación de las Comunidades Autónomas (LOFCA). El Estatuto será declarado constitucional en la práctica totalidad de su articulado, con algunas excepciones no muy significativas (por ejemplo, será anulada la atribución al Sindic de Greuges de las competencias del Defensor del Pueblo). Y en bastantes aspectos, la sentencia será interpretativa, es decir, limitante de ciertos excesos, que serán encajados de este modo en las previsiones de la Carta Magna.

Así, y por imperativo constitucional, la nueva financiación autonómica volverá a ser ineludiblemente un ‘café para todos’, con los matices que se quiera, como resultaba fácilmente previsible. Todas las comunidades autónomas de régimen general disfrutarán de idénticos recursos per capita para sanidad, educación y asistencia social (dependencia y otros servicios), por lo que el reparto se hará conforme a criterios demográficos. Un segundo fondo, del orden del 30% del total de los recursos, se acomodará a las peculiaridades de cada región, a su dinamismo, etc. El modelo que se está implementando será alimentado con un gran cesto de impuestos -50% del IRPF y del IVA, 58% de los impuestos especiales- que no es ampliable si se quiere mantener un Estado central autosuficiente y capaz de cumplir su cometido, por lo que bien puede decirse que estamos ante el cierre formal y definitivo del Estado de las Autonomías.

Se trata de un importante paso hacia la afirmación de Cataluña y hacia la solución de su déficit congénito de financiación; sin embargo, en nada se parece este resultado a la pretensión de cuajar un federalismo asimétrico en el que Cataluña fuera una región singular, con tratamiento diferenciado a la manera de nuestros territorios forales. Los nacionalistas no quedarán, pues, satisfechos. Y la gran pregunta que cabe hacer ahora –y que ya sólo tiene mero interés académico- es la de si ha valido la pena el intensísimo forcejeo de la reforma estatutaria, que ha desestabilizado a Cataluña y a todo el Estado desde que Maragall auspició una delirante aventura que chocaba abiertamente con la letra y el espíritu de la Constitución.

Hubiera sido legítimo en todo caso reformar el Estatuto catalán (y los de las demás comunidades autónomas) para apurar las posibilidades del régimen autonómico, pero ello no hubiera generado la gran tensión que hemos padecido si no se hubiera derrochado utopía irredentista en el proceso. Lo que permite afirmar que las inútiles iluminaciones de Maragall han sido una perturbación innecesaria en el proceso dinámico de construcción de este país, que pese a todo está a punto de coronarse definitivamente.

Montilla: paso del ecuador

Martes, 25 Noviembre 2008

Montilla ha atravesado esta semana el ecuador de su legislatura, y los medios políticos catalanes han promovido el consecuente balance, que arroja un saldo considerado positivo por la mayoría de los observadores del propio Principado. El sucesor de Maragall, que personifica un cúmulo de paradojas –el ‘charnego’ Montilla está enjaretando atinadamente un discurso institucional que cada vez se parece más al de Jordi Pujol-, ha conseguido estabilizar y dignificar una coalición que contenía elementos muy polémicos, ha sorteado problemas coyunturales de cierta gravedad –desde el caos ferroviario a la descomunal sequía- y, sobre todo, ha logrado encauzar un proceso político que, de la mano de Maragall, se había desorientado entre la estridencia y el radicalismo.

El ‘tripartito’ era en sí mismo una bomba de relojería en potencia, que Montilla ha sabido desactivar. No es irrelevante que ERC, que tenía muchos ingredientes de las formaciones antisistema, se haya civilizado hasta el punto que se estén gestionando apaciblemente en la actualidad las dos grandes asignaturas pendientes que tiene ante sí Cataluña: la nueva fiinanciación y la sentencia del Tribunal Constitucional sobre los recursos de inconstitucionalidad interpuestos contra la reforma del Estatuto. De entrada, ya se da por descartado que estos asuntos provoquen una anticipación electoral. La financiación podría estar resuelta antes de final de año si se cumplen las previsiones, y existe un consenso tranquilizador sobre la decisión del TC: aunque fuese lesiva para el autonomismo, habrá una respuesta unitaria e institucional del “tripartito” y  de CiU, la gran fuerza opositora, pero nadie romperá la baraja.

Así las cosas y si se confirma el pronóstico de que la sentencia del TC será interpretativa y no representará por tanto una desautorización de la nueva carta catalana,  la normalización del Principado será seguramente una gozosa realidad a corto plazo.  Aunque permanecerán pendientes dos asuntos de indudable calado: el primero, la relación entre CiU y el PSOE, ya que de momento parece incompatible la cooperación entre ambas fuerzas en las instituciones estatales mientras la coalición encabezada por Artur Mas siga en la oposición frente al PSC en Cataluña. El segundo, la dulcificación de la imagen de Cataluña en el resto de España: tras los estragos producidos por el diletantismo provocador de Maragall, urge restablecer los cauces de comunicación obstaculizados por una lectura sesgada de las balanzas fiscales y por un tono demasiado agrio en las reivindicaciones. Además, Cataluña debe liberarse de la imagen de intransigencia un tanto pueril que proyecta su política lingüística, más propia de un irredentismo tercermundista que de una nación sobria que sabe donde está y que no ha de hacer aspavientos para demostrarlo.

La crisis económica no ayuda a esta estabilización, toda vez que la escasez complica todo el sistema de relaciones verticales y horizontales; sin embargo, la evidencia de que este país –España- forma una unidad objetiva que debe afrontar conjunta y solidariamente la adversidad fortalece los vínculos reales y relativiza esas diferencias que ya tienen pleno reconocimiento constitucional pero que en modo alguno diluyen el Estado. Cuando arrecian las inclemencias económicas, se advierten con más claridad el valor de la unidad de mercado, la trascendencia de nuestra pertenencia a Europa y la gradación razonable de nuestras preocupaciones, entre las que el sentimiento de pertenencia juega un papel importante pero no precisamente el de protagonista.

ERC y la moqueta

Jueves, 23 Octubre 2008

Solía decir Maragall poco después de la formación del ‘tripartito’ que sus indómitos socios republicanos de Esquerra, entonces acaudillados por el demagogo Carod Rovira, se tranquilizarían y aburguesarían hasta la docilidad en cuanto “tocaran moqueta”. En efecto, el ambiente cálido y acogedor de los despachos oficiales y el suave runrún de los automóviles de alta gama con chófer puestos a su disposición amansa a las fieras.

Ayer publicaba la prensa que el Parlamento de Cataluña ha renovado precisamente ahora, cuando la crisis está al rojo vivo, su flota de vehículos. Y al presidente de la institución, el republicano Ernest Benach, le ha tocado en suerte un “Audi A-8 Limusina” adaptado, más largo que el normal, de 450 CV y dotado de escritorio de madera a medida, reposapiés, televisión, etc, valorado en 110.000 euros.

El proceso de reconversión de aquellos agitadores asamblearios en burgueses amantes del lujo es tan escandaloso como decepcionante. Porque ha ocurrido lo habitual: no sólo los jóvenes utópicos han puesto pie a tierra sino que el poder les ha hecho perder la razón y la perspectiva. Han de tener cuidado porque el siguiente paso de esta mudanza conduce con frecuencia a los escabrosos parajes de la corrupción.