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Montilla: paso del ecuador

Martes, 25 Noviembre 2008

Montilla ha atravesado esta semana el ecuador de su legislatura, y los medios políticos catalanes han promovido el consecuente balance, que arroja un saldo considerado positivo por la mayoría de los observadores del propio Principado. El sucesor de Maragall, que personifica un cúmulo de paradojas –el ‘charnego’ Montilla está enjaretando atinadamente un discurso institucional que cada vez se parece más al de Jordi Pujol-, ha conseguido estabilizar y dignificar una coalición que contenía elementos muy polémicos, ha sorteado problemas coyunturales de cierta gravedad –desde el caos ferroviario a la descomunal sequía- y, sobre todo, ha logrado encauzar un proceso político que, de la mano de Maragall, se había desorientado entre la estridencia y el radicalismo.

El ‘tripartito’ era en sí mismo una bomba de relojería en potencia, que Montilla ha sabido desactivar. No es irrelevante que ERC, que tenía muchos ingredientes de las formaciones antisistema, se haya civilizado hasta el punto que se estén gestionando apaciblemente en la actualidad las dos grandes asignaturas pendientes que tiene ante sí Cataluña: la nueva fiinanciación y la sentencia del Tribunal Constitucional sobre los recursos de inconstitucionalidad interpuestos contra la reforma del Estatuto. De entrada, ya se da por descartado que estos asuntos provoquen una anticipación electoral. La financiación podría estar resuelta antes de final de año si se cumplen las previsiones, y existe un consenso tranquilizador sobre la decisión del TC: aunque fuese lesiva para el autonomismo, habrá una respuesta unitaria e institucional del “tripartito” y  de CiU, la gran fuerza opositora, pero nadie romperá la baraja.

Así las cosas y si se confirma el pronóstico de que la sentencia del TC será interpretativa y no representará por tanto una desautorización de la nueva carta catalana,  la normalización del Principado será seguramente una gozosa realidad a corto plazo.  Aunque permanecerán pendientes dos asuntos de indudable calado: el primero, la relación entre CiU y el PSOE, ya que de momento parece incompatible la cooperación entre ambas fuerzas en las instituciones estatales mientras la coalición encabezada por Artur Mas siga en la oposición frente al PSC en Cataluña. El segundo, la dulcificación de la imagen de Cataluña en el resto de España: tras los estragos producidos por el diletantismo provocador de Maragall, urge restablecer los cauces de comunicación obstaculizados por una lectura sesgada de las balanzas fiscales y por un tono demasiado agrio en las reivindicaciones. Además, Cataluña debe liberarse de la imagen de intransigencia un tanto pueril que proyecta su política lingüística, más propia de un irredentismo tercermundista que de una nación sobria que sabe donde está y que no ha de hacer aspavientos para demostrarlo.

La crisis económica no ayuda a esta estabilización, toda vez que la escasez complica todo el sistema de relaciones verticales y horizontales; sin embargo, la evidencia de que este país –España- forma una unidad objetiva que debe afrontar conjunta y solidariamente la adversidad fortalece los vínculos reales y relativiza esas diferencias que ya tienen pleno reconocimiento constitucional pero que en modo alguno diluyen el Estado. Cuando arrecian las inclemencias económicas, se advierten con más claridad el valor de la unidad de mercado, la trascendencia de nuestra pertenencia a Europa y la gradación razonable de nuestras preocupaciones, entre las que el sentimiento de pertenencia juega un papel importante pero no precisamente el de protagonista.

La ’sociovergencia’

Lunes, 27 Octubre 2008

El pasado día 19, Josep Antoni Duran Lleida aprovechó la clausura del congreso de su partido, Unió Democràtica de Catalunya (UDC), cuyo liderazgo acababa de renovar, para exponer solemnemente que, a su juicio, la traducción práctica de la centralidad política en que UDC ha decidido instalarse para afrontar el futuro es la “sociovergencia”, es decir, la alianza entre el Partido Socialista y la CiU, la coalición formada por los democristianos de UDC y los nacionalistas de CDC. Tal manifestación fue solemnizada en presencia de Isidre Molas, presidente del PSC, y del líder de CDC y de CiU, Artur Mas. Mas, que no rechaza la propuesta, sostiene sin embargo que CiU ha ponderar también la conveniencia de aliarse con ERC.

 Y tras las palabras, los gestos: el jueves pasado, parlamentarios del PSC y de UDC escenificaron el anuncio de que el próximo 14 de noviembre se reunirán en encuentro protocolario Duran y Montilla. Posteriormente, y para evitar equívocos, los socios de CiU decidieron celebrar un comité ejecutivo de la coalición el día 10. Pese a esta afabilidad en Barcelona, CiU defendía en Madrid, por boca de Duran, su enmienda a la totalidad del proyecto de presupuestos generales del Estado.

La “sociovergencia” es, en principio, la fórmula de gobernabilidad de Cataluña compuesta por la alianza entre CiU y el PSC-PSOE. Pero evidentemente tiene una proyección estatal: representaría también el compromiso de CiU con el Partido Socialista, que podría llegar al gobierno de coalición, fórmula que nunca aceptó Pujol durante su largo mandato. En definitiva, la “sociovergencia” significaría el cambio de socios del PSC tras las elecciones –en principio- de finales de 2010, de forma que ERC  e IC pasarían a la oposición.

Sucede sin embargo que la alianza CiU-PSC sumaría actualmente 85 de los 135 escaños del Parlamento catalán. Se trata de una “gran coalición” entre las dos mayores fuerzas del centro-derecha y del centro-izquierda, poco razonable por cuanto lo natural, por razones obvias, es que los dos grandes partidos se alternen en el gobierno. De hecho, es previsible que la fórmula “sociovergente” representaría el bloqueo monopólico del poder en Cataluña durante mucho tiempo. Máxime cuando son patentes el declive de ERC y el estancamiento de IC y del PP catalán.

Esta evidencia suscita una gran paradoja por cuanto sí tiene todo el sentido la cooperación PSOE-CiU en el Parlamento español. CiU es la minoría moderada por antonomasia, que desde los tiempos del portavoz Roca ha dado pruebas gran sensatez y de arraigada lealtad institucional. Una coalición entre ambas formaciones –preferiblemente con ministros convergentes- resultaría altamente  estabilizadora y fecunda. Lo que ocurre que es muy difícil, prácticamente imposible, compatibilizar esta cooperación estatal con la rivalidad actual en Cataluña, donde el PSOE es poder y CiU oposición.

Montilla, de momento muy cómodo en su actual posición, tiene en su mano las últimas decisiones al respecto. De momento, es impensable que cambie su actual sociedad por la sociovergencia porque, con sólo 37 escaños frente a los 48 de CiU, debería ceder a Mas la presidencia de la Generalitat. Habrá que esperar, pues, seguramente, al 2010 para que pueda invocarse la apuesta de Duran, que dejaría en posición excéntrica y desairada a las demás minorías nacionalistas del Estado y que, desde luego, daría a Cataluña y al sistema político español la posibilidad de pulir ciertas aristas estridentes y de asentar ya para siempre la estructura cuasi federal de nuestro Estado de las Autonomías.