Blogs

Entradas con etiqueta ‘Obama’

La reconstrucción de América

Viernes, 1 Mayo 2009

El pasado miércoles, fecha en que se cumplían los 100 días de Obama en el poder, el presidente norteamericano, en su balance, tras afirmar que lo realizado en este período “está bien pero no es suficiente”, añadió que en estos meses “hemos empezado a reconstruir América”.

Efectivamente, el sucesor de Bush en la Casa Blanca, un representante de las minorías que ha escalado hasta la cima del poder tras un proceso admirable de selección política natural que indica hasta qué punto la democracia americana es capaz de autorregenerarse, ha devuelto la razón y la voluntad a un país arrastrado sectariamente hacia el fanatismo, ha reafirmado la democracia tras unas vacilaciones que hicieron temer una deriva autoritaria y ha devuelto el prestigio y el respeto a la gran potencia que ejerce el liderazgo mundial y que ha sido muy meritoriamente el bastión dcisivo frente a los totalitarismos del siglo pasado.

Es obvio que, por la coyuntura internacional, la empresa más importante que tiene Obama entre sus manos es la lucha contra la recesión mundial, que ha emprendido con la colaboración de un magnífico plantel de profesionales elegidos por sus propios méritos y con una energía que demuestra claridad de ideas y sentido de la oportunidad. Las contundentes medidas para salvar el sistema financiero y relanzar la actividad a todos nos alcanzan, ya que si, como parece, Norteamérica consigue pronto salir del pozo, nos arrastrará a todos hacia la recuperación. En estos designios, Obama ha reconstruido el papel del Estado y ha restaurado una escala de valores, desdeñada por los republicanos,  según la cual la economía debe supeditarse a los principios y, en fin, a la política.

Igualmente relevante ha sido la recuperación del principio de legalidad, alterado por la administración anterior con el pretexto de la lucha antiterrorista. Ni siquiera ante la amenaza de los verdugos el fin justifica los medios. Obama cierra Guantánamo, denuncia a los torturadores, desactiva la “Patriot Act”, restaura las pautas sobre la dignidad humana que habían sido abiertamente violadas.

En materia de política exterior, Obama ha rescatado la doctrina del interés nacional, poniendo fin a la deriva fanática que aisló a Washington en el pasado y lo privó de parte de sus aliados. El eje trasatlántico parece restituido sin sesgos ideológicos, va a cambiar la relación entre América del Norte y Latinoamérica y se atisban de nuevo esperanzas de paz en el Cercano Oriente, sobre todo si Irán no tensa la cuerda hasta más allá de lo razonable.

No es ningún secreto que el influjo norteamericano condiciona los equilibrios y  las ideas de todo el planeta. En este sentido, y aunque infortunadamente hayamos de centrarnos ahora en la lucha material contra la recesión, es estimulante el presagio de que la globalización encontrará, de la mano de Obama y de la vieja Europa, una nueva gobernanza basada en los valores de la libertad y del humanismo occidental. Frente al mesianismo y a la falta de escrúpulos de Bush y sus conmilitones, renace la América de los Padres Fundadores, que funde sus principios con las ideas liberadoras de la Revolución Francesa.

¿Turquía en la Unión Europea?

Martes, 7 Abril 2009

Obama acaba de  marcar en Turquía los nuevos vectores de las relaciones de los Estados Unidos con el mundo islámico. Si Bush, afectado por el terrible zarpazo de Al Qaeda, no pudo impedir que la lucha contra el terrorismo islamista acabara incluyendo una cierta criminalización del islamismo, Obama ha regresado a los parajes de la comprensión y la racionalidad al distinguir, siquiera retóricamente, entre el mundo musulmán y la expresión fanática y violenta del islamismo integrista. “La relación de Estados Unidos con los musulmanes no puede estar y no estará sometida a nuestra oposición a Al Qaeda”.

Es claro que esta esperada rectificación de la diplomacia norteamericana al llegar al poder los demócratas –y a su frente una personalidad tan potente con el presidente Obama- aproxima a Occidente a las tesis de la Alianza de Civilizaciones, un valioso ensayo político, intelectual y cultural planteado por Zapatero y Erdogan, que forman un expresivo antagonismo –laicismo frente a confesionalidad moderada- cuya alianza representaría precisamente el posibilismo que ha enunciado Obama. Turquía es, en efecto, la piedra de toque de la hipótesis manejada por la nueva administración USA: si el islamismo moderado del partido turco en el gobierno, el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), acaba siendo compatible con los cánones democráticos e ideológicos de Occidente en general y de la Unión Europea en particular, se habrá demostrado que es posible en la práctica la convivencia en paz de países islámicos y laicos en el seno de la comunidad internacional.

Pero seamos realistas: Turquía no es todavía una democracia homologable con nuestros regímenes, y aún no cumple ni de lejos los estrictos criterios de Copenhague, adoptados por la UE en 1993 y que establecen que el Estado que aspire a la admisión en el restringido club debe poseer unas instituciones que preserven la gobernabilidad democrática y los derechos humanos, una economía de mercado en funcionamiento, además de aceptar las obligaciones e intenciones de la UE. El déficit democrático turco es muy notorio, tanto en lo referente a la institucionalización del régimen representativo cuanto en lo tocante a las libertades y derechos civiles. Pero el problema no es sólo la acomodación de Turquía a los cánones exigidos sino una cuestión de fondo: la de si la confesionalidad es o no compatible con la democracia.

En un régimen democrático, la soberanía popular es dueña de su destino. En un régimen confesional, teocrático, la soberanía se pliega al dogma, que ha de quedar al margen del debate. Así las cosas, la posibilidad de que Turquía se deslice hacia la democracia occidental dependerá de su capacidad para abandonar la confesionalidad. De hecho, Erdogan acaba de ofrecer consenso a los partidos laicos para la reforma constitucional en ciernes. Habrá que ver si esta generosidad alcanza a las materias más sensibles –el papel de la mujer en la sociedad islámica, inaceptable para occidente, por ejemplo- o si se limita a lo accesorio, sin alcanzar al fondo del asunto. 

Todo lo anterior conduce irremisiblemente hacia un corolario bastante obvio: es posible que se consigan fórmulas de coexistencia pacífica y fecunda entre regímenes confesionales y laicos pero es imposible que aquéllos y éstos se integren estrechamente en tanto la racionalidad positivista no se imponga a la fe dogmática e incontestable. De ahí que, de momento, carezca incluso de sentido plantear si Turquía debe o no ser admitida en la Unión Europea. 

La recesión y nosotros

Viernes, 3 Abril 2009

El impulso de la comunidad internacional, liderada atinadamente por Obama y los principales dirigentes europeos, permite augurar ya un horizonte esperanzador para la crisis que nos agobia. El encuentro del G-20 en Londres ha servido para movilizar nuevos caudales de recursos –casi un billón de euros- que remediarán el colapso del crédito en los países en desarrollo a través del FMI y del BM; para reformar profundamente el sistema financiero y dotarlo de controles más rigurosos que afectarán a la solvencia y supondrán la desaparición de los paraísos fiscales y del secreto bancario; y para extender por tanto una manto de confianza sobre la economía mundial, una vez constatada la capacidad de acuerdo de todos los actores y la capacidad de liderazgo de los Estados Unidos, causantes de la crisis y también protagonistas de la decisiva respuesta contra ella. La creación de un Consejo de Estabilidad Financiera, con funciones y estructura todavía sin determinar, marcará sin duda una nueva era en la globalización.

Esta mayor confianza se irá traduciendo sin duda en un paulatino incremento de la demanda mundial, del crédito internacional y de los flujos comerciales que beneficiarán en tiempo real a nuestra interconectada economía. Ha sido ilustrativo comprobar, por ejemplo, cómo unas ayudas al sector del automóvil en Centroeuropa han repercutido inmediatamente en las cadenas de producción españolas…  La movilización de la economía mundial nos arrastrará, pues, en cuanto se produzca, pero conviene que seamos realistas, graduemos la euforia y nos  centremos en resolver nuestros problemas autóctonos.

En nuestro país, la recesión no se debe exclusivamente a la crisis de demanda que ha obligado a producir por debajo de nuestra capacidad teórica. El pinchazo de la burbuja inmobiliaria, que es irreversible, ha supuesto la destrucción de gran parte de la capacidad productiva de un sector intensivo en mano de obra, cuya recuperación a medio plazo nunca alcanzará los niveles anteriores. Si el inmobiliario representaba hasta 2007 el 14% del empleo y el 10% del PIB, a partir de ahora sólo representará porcentajes mucho más modestos, por lo que la economía española deberá buscar otros nichos de actividad y de empleo, lo suficientemente competitivos para que se abran paso en los mercados.

Dicho en otros términos, con independencia de la lucha global contra la recesión, es necesario que aquí se desarrolle un vasto plan autóctono de expansión de los sectores emergentes. La inversión en educación e I+D, los estímulos empresariales a las actividades en nuevas tecnologías, la impulsión de procesos de reconversión industrial y las grandes reformas estructurales en general son asignaturas pendientes que tendremos que aprobar en los próximos años si realmente queremos avanzar nuevamente, ya con más realismo, hacia una sociedad madura de pleno empleo. Y es precisamente este conjunto de actuaciones el que reclama la unidad de las fuerzas políticas y sociales –los partidos y los agentes económicos- para conseguir el mayor impulso basado en un consenso racional perdurable en el tiempo. 

Nos equivocaríamos pues si creyéramos que con las decisiones del G-20 ya está todo conseguido. Nosotros tenemos que luchar contra las características singulares y preocupantes de nuestra propia recesión. 

Poca Europa contra la crisis

Domingo, 22 Marzo 2009

Paul Krugman ha resumido en un artículo certero su impresión sobre la evolución de la crisis en Europa tras su viaje a España de la pasada semana. A su juicio, que no es en este caso radical sino muy matizado, la Unión Europea tendrá más dificultades que los Estados Unidos para remontar la recesión por dos razones claras: una, está aplicando una terapia cuantitativamente más liviana que la que ha puesto en marcha Obama en USA; dos, a la Unión Europea le faltan las instituciones fuertes y la capacidad de liderazgo que sí pueden exhibir los Estados Unidos.

Efectivamente, los recursos que ha movilizado el gobierno norteamericano contra la crisis, y que son aplicados tanto en políticas de oferta –reducciones de impuestos- como de demanda –inversiones productivas directas-, son muy superiores a los europeos, que se han cifrado en el 3,6% del PIB, porcentaje que incluye tanto las actuaciones anticrisis cuanto las políticas sociales que mitigan sus efectos entre la población.

Ante esta timidez colectiva, es lógico que los Estados nacionales europeos sean remisos a actuaciones unilaterales que obliguen a incrementar exageradamente los déficit y cuyos resultados revierten más en otros países que en el propio. Así por ejemplo, las ayudas directas españolas a los fabricantes de automóviles, que exportan el 85% de la producción a Europa, sirven para mantener aquí el empleo pero en realidad benefician sobre todo a los consumidores de los países que importan el grueso de nuestra producción.

Además, la debilidad del engrudo interno de la Unión Europea y la falta de un liderazgo sólido no sólo impiden la adopción de medidas más intensas sino que redundan en la debilidad de las instituciones comunitarias. El Banco Central Europeo, por ejemplo, no disfruta del respaldo político incuestionable que sí tiene en Norteamérica la Reserva Federal.

Krugman destaca en cambio el efecto benéfico del Estado de Bienestar europeo, que no sólo mitiga el sufrimiento de los ciudadanos –mucho más protegidos que en Estados Unidos- sino que mantiene también elevado el consumo, ya que aporta recursos a los desempleados y a la población pasiva.

Con respecto a España, Krugman destaca con razón que nuestro país, en el que se ha hundido un sector construcción sobredimensionado,  deberá implementar nuevas fuentes de actividad y empleo que compensen la reducción de dicho sector que inexorablemente tendrá lugar cuando se produzca su estabilización. España necesita menos de 400.000 nuevas viviendas anuales y no 750.000, las que se construían hasta la crisis.

Estas tesis deberían mover a la reflexión. Porque ponen de manifiesto que tan importante como actuar directamente contra crisis es contribuir al fortalecimiento de la Unión Europea y, sobre todo, avanzar en la generación de nuevas actividades de alto valor añadido que reduzcan en lo posible el presagio de que España tardará más que los países del entorno en salir del pozo. 

Obama y sus críticos

Martes, 17 Febrero 2009

Al contrario de lo que sucede en España, donde estamos entretenidos en episodios de corrupción, en Norteamérica está teniendo lugar un agrio debate sobre las soluciones de la crisis económica y financiera, el triste legado del inepto Bush a Obama.

Como es bien conocido, el plan de estímulo económico que acaba de aprobar el Congreso de los Estados Unidos –gracias al apoyo masivo del partido demócrata y, en el Senado, del respaldo de apenas tres senadores republicanos- a instancias del presidente Obama consiste en la inyección en el sistema económico de unos 800.000 millones de dólares, en un plan mixto según el cual el 64% de esta cantidad será inversión pública, y el resto, el 36%, incentivos y desgravaciones fiscales. Éste es el acuerdo al que hubo que llegar entre los dos grandes partidos para que el plan resultase aprobado.

Existe coincidencia en apreciar que el plan va en la dirección adecuada, pero cada vez son más tonantes las voces que critican su insuficiencia. El nobel Krugman, por ejemplo, se lamenta de que se insista en las políticas de oferta, tan queridas por Bush: las rebajas de impuestos auspiciadas por Bush a lo largo de sus ocho años representaron dos billones de dólares, dos veces y media lo que cuesta el plan Obama; el propio McCain, republicano díscolo, llegó a decir, tras aprobar los recortes, que aquello era un “robo generacional”, que pondría en riesgo el futuro de sus hijos.

Pero, sobre todo, se critica la insuficiencia del plan. Cita Krugman un estudio de la Oficina Presupuestaria del Congreso según el cual, en los próximos tres años, existirá un desfase de 2,9 billones de dólares entre lo que la economía podría producir según la capacidad instalada, y lo que realmente producirá. Así las cosas, la aportación pública apenas podrá restañar una parte menor de la recesión. Y compara la terapia que va a administrarse con la que aplicó Japón en los años noventa: suficientes recursos para que no se produjera la catástrofe pero insuficientes para que Japón enderezara definitivamente su economía, que todavía mantiene una debilidad crónica como acaba de verse a la luz de los últimos datos macroeconómicos: el descenso del PIB alcanzó más del 12% en el último trimestre.

En definitiva, Krugman, al frente de un grupo de economistas críticos cercanos al partido demócrata, reprochan a Obama pusilanimidad, no ofrecer soluciones que estén a la altura del reto que Norteamérica tiene planteado. Asimismo, estos expertos defienden la nacionalización temporal de los bancos con problemas en lugar de las inyecciones de dinero público para salvar las entidades. De este modo –argumentan-, los recursos empleados en el salvamento regresarían a las arcas públicas en el momento de la desnacionalización.

Sea como sea, lo estimulante de este dibujo del debate norteamericano es que se está produciendo. No como en España, donde los partidos están entretenidos en destriparse mutuamente y en pugnar a cara de perro por péqueñas parcelas de poder autonómico. Vergüenza les debería dar. 

Guiones para una crisis

Mircoles, 11 Febrero 2009

No es la primera vez que ocurre, pero el rasgo más llamativo del debate económico del martes fue el hecho de que los guiones de todas las intervenciones estuvieran escritos de antemano. Pese a la gravedad excepcional de la situación, ya se conocía con anterioridad que ni el Gobierno ni el PP deseaban la convocatoria de un pacto de Estado contra la crisis. Las medidas del Gobierno eran asimismo públicas –y Zapatero las reiteró, con las únicas novedades de la promesa de incrementar la cobertura del desempleo y del ahorro de 1.500 millones euros del gasto no financiero del Estado-, al igual que se sabía la posición del PP, que limita sus recetas a las políticas de oferta –reducción de impuestos y gastos sociales- y a las reformas estructurales, un concepto muy estético que no significa nada si no se desciende al pormenor.

En suma, el Gobierno, que reconoció estar improvisando –como por otra parte hacen todos los gobiernos de los países desarrollados- al hilo de los acontecimientos imprevisibles, parece estar seguro de sus recetas, algunas de ellas muy controvertibles –como es el caso del plan de actuaciones municipales-, en tanto el Partido Popular de Rajoy ha optado por recluirse en su crítica acerba al Gobierno, actitud que permite a su debilitado líder lucirse en el discurso, frecuentemente demagógico y siempre retórico. Aunque la utilidad de esta postura es dudosa: todos los ciudadanos somos conscientes de lo fácil que resulta denostar a un Gobierno que tiene que conducir una coyuntura dramática como la actual y de lo inútil de tal actitud. Aunque para Rajoy la oportunidad era magnífica: consiguió así que por un momento no se evocaran los escándalos internos del PP y se dejara de cuestionar su liderazgo.

Ante este panorama desolador, en que la única actitud constructiva fue paradójicamente la adoptada por Duran i Lleida al frente del grupo de CiU –este político catalán, digno sucesor del histórico Miquel Roca en la portavocía de los nacionalistas del Principado, fue el primero en reclamar un pacto de Estado frente a la crisis-, los ciudadanos tenemos derecho a la irritación: es cierto que el Gobierno no ha tenido más remedio que improvisar las medidas urgentes que había que adoptar, sin tiempo para proyectarlas al medio y largo plazo; lo es asimismo que el PP no tiene hoy la responsabilidad del gobierno de la nación. Pero nada debería impedir que el proceso de resolución de la crisis contara con una base de sustentación muy amplia, fruto de la negociación y el acuerdo de los grandes partidos. En los Estados Unidos, el plan original de Obama ha sido sustancialmente modificado, seguramente para bien, después de la negociación de los demócratas con los republicanos. ¿No sería sensato reproducir aquí este proceso negociador, con el fin no sólo de mejorar técnicamente las medidas sino también de otorgarles prestigio, a la vez que se generase confianza en los agentes económicos?

Para este país es poco relevante la correlación de fuerzas al final de la crisis, que es lo que parecen dirimir ante todo los grandes partidos, ávidos de poder. Lo auténticamente importante es la evolución de la economía española, la contención del paro en lo posible, la supervivencia de los desempleados y la construcción de un nuevo modelo económico de crecimiento cuando remonte la crisis, que todavía no ha tocado fondo. Y el martes, todo esto parecía ser lo de menos para unos líderes que miraban mucho más al 1 de marzo que al futuro de esta atribulada sociedad. 

¿Un pacto contra la crisis?

Lunes, 9 Febrero 2009

Mañana por la tarde comparecerá en el Congreso de los Diputados el presidente del Gobierno para dar explicaciones sobre la crisis económica y el escalofriante crecimiento del desempleo. Y todo indica que el debate se convertirá en un diálogo de sordos, en el que Zapatero defenderá sus medidas económicas, basadas en políticas de demanda –inversiones- en tanto el líder de la oposición, Rajoy, propondrá políticas de oferta –reducción de impuestos y cargas sociales y austeridad-. En definitiva, se estrellarán las recetas keynesianas del nobel Krugman con las fórmulas neoliberales que se habían impuesto con escasa controversia antes de la crisis. Sólo Duran i Lleida, portavoz del nacionalismo catalán, defenderá probablemente la formulación de unos pactos, en cierto modo semejantes a  los de La Moncloa, para salir más rápidamente y con menos daños de la crisis. Una encuesta a personalidades políticas y económicas realizada el domingo por un periódico catalán ponía de manifiesto que en nuestra sociedad hay una mayoría de opiniones favorables al pacto.

PP y PSOE ya han manifestado su oposición a tal iniciativa. Piensan al parecer que es mejor, en estas circunstancias excepcionales, mantener intacto el genuino método democrático, la hegeliana oposición entre tesis y antítesis con la esperanza de conseguir una fecunda síntesis. Pero todo indica que ni el Gobierno cambiará su estrategia ni el PP dejará de denigrarla, lo cual, para las víctimas más directas del desastre, que es en parte imputable a los dos grandes partidos (ambos, por ejemplo, estimularon la demanda de vivienda con incentivos fiscales durante sus mandatos pese a los claros síntomas de recalentamiento del sector), ha de resultar por fuerza desconcertante.

El argumento principal que cabe invocar para defender la conveniencia de tales pactos no es político ni tiene que ver con la asunción colectiva de responsabilidades políticas: es predominante técnico y se basa en dos elementos. En primer lugar,  los ciudadanos tienen derecho a presumir que las terapias que se aplican contra la crisis son las mejores, para lo cual es deseable que las medidas se implementen después de un contraste profundo y solvente. El ‘plan Obama’ es un híbrido de políticas de oferta y de demanda –grandes inversiones estructurales, fuertes bajadas de impuestos- a pesar de que el nobel Krugman ha sido uno de los inspiradores principales del nuevo presidente norteamericano. Y ello ha sido así, sobre todo, porque los demócratas necesitaban a los republicanos para aprobar el plan. En consecuencia, resultaría tranquilizador ver a Solbes sentado con Rato y con los agentes sociales discutiendo la crisis.

En segundo lugar, el pacto contribuiría por razones obvias a generar confianza, algo que no se logrará, obviamente, en tanto se vea que la opción alternativa de Gobierno censura con dureza la acción gubernamental a este respecto. Y además, el consenso entre poder y oposición permitiría adoptar decisiones estructurales a medio y largo plazo, es decir, plantear conjuntamente aquellas actuaciones tendentes a generar un cambio profundo en el modelo de crecimiento, algo que no puede hacerse en una sola legislatura y que requiere cierta continuidad en las iniciativas.

No se trata, es evidente, de insinuar un gobierno de coalición, que no tendría sentido, ni siquiera de que el Gobierno ceda parcelas de su legítimo poder a los adversarios: la propuesta de pacto aspira únicamente a seleccionar lo mejor posible la dirección de avance y a mostrar a la sociedad con hechos que la crisis tiene solución si todos remamos esperanzados en la misma dirección. 

¿Cómo será tener un presidente con cerebro?

Martes, 30 Diciembre 2008

La pregunta, que puede parecer capciosa pero que no es en absoluto impertinente, la ha formulado el activista y cineasta Michael Moore, el autor del documental Farenheit 9/11, a escasas semanas de que, efectivamente, Barak Obama llegue a la Casa Blanca y Bush, el peor presidente de los Estados Unidos en toda la historia según un porcentaje relevante de norteamericanos, se retire definitivamente del poder. Y con él, todos los neocon que aún lo rodean, sin acabar de darse cuenta, al parecer, del terrible legado que dejan a sus compatriotas después de ocho años de ultraliberalismo salvaje y corrupto –que nos ha llevado a la recesión- y de belicismo impenitente –que nos ha deparado un mundo en llamas.

Obama no es un iluminado, ni un mesías, ni mucho menos un revolucionario pero es un personaje culto, sereno, consciente de su papel y de su tiempo, que previsiblemente instalará a los Estados Unidos en una senda de racionalidad, guiada más por el Derecho Internacional que por alocadas estrategias de dominación y hegemonía que ha abrazado su inane predecesor. Problemas como los del Próximo Oriente, Irak o Afganistán o el que plantea el surgimiento de una izquierda populista en Latinoamérica recibirán al menos un enfoque distinto. Y el mundo recuperará una serie de valores trascendentes que Bush menospreció. El sentido de la libertad frente a la seguridad en primer lugar.

El presidente con cerebro nos traerá, en fin, un rayo de esperanza. Y en los tiempos que corren, eso es ya bastante para generar ilusión.

De mal en peor

Jueves, 11 Diciembre 2008

Mes a mes, las previsiones de los organismos internacionales sobre los efectos de la crisis en nuestro país empeoran. El Fondo Monetario Internacional (FMI) ha rebajado, una vez más, su previsión económica para España. El organismo internacional pronostica que la economía se contraerá “por lo menos el 1% en 2009″ a pesar de la bajada del precio del petróleo y el descenso del Euríbor. Sólo hace un mes, en noviembre, el Fondo calculó que esa caída sería del 0,7%. Además, el FMI alerta de que si España no acomete reformas profundas, caerá en un ciclo de bajo crecimiento y de elevado desempleo que aumentará su deuda pública. El FMI habla de un decrecimiento en forma de L, en vez de V, lo que augura un periodo mayor de crisis.

Pero a medida que se ennegrece el panorama no se advierte una intensificación de las respuestas. Más bien diríase que el Gobierno, que arrancó enérgico con medidas e iniciativas cuando los norteamericanos marcaron la pauta de intervenir al rescate de las instituciones de crédito, ha perdido su ímpetu tras haber anunciado la aplicación urgente de un 1% del PIB, que a este paso tendrá el efecto de una gota de agua en el océano. En los Estados Unidos, poco después de que Obama anunciara su gigantesco plan de inversiones en infraestructuras y tecnología con el que crear 2,5 millones de puestos de trabajo hasta el 2011, el premio Nobel progresista Joseph Stiglitz, al frente de una sólida corriente de opinión económica, ha reclamado el doble mediante un estímulo de entre 600.000 y un billón (europeo) de dólares. Paralelamente, se solicita en Washington una revisión del Programa de Ayuda a los Activos Tóxicos, que no ha desembocado en mayor liquidez: una vez distribuida la mitad de los 700.000 millones de dólares aplicados a este fin, las empresas norteamericanas siguen sin tener acceso al crédito, por lo que Obama deberá introducir severas rectificaciones al plan.

Por añadidura, la crisis española tiene singularidades perturbadoras. Jordi Sevilla ha hablado en un artículo notable de “crisis diferencial española”, un concepto acuñado en los setenta por Fuentes Quintana, recordando que aquí  los ciclos son más acusados que en Europa por la peculiaridad de nuestra estructura económica (tienen mayor peso relativo sectores estacionales e intensivos en mano de obra como la agricultura, el turismo y la construcción), que condiciona las necesidades del mercado laboral, hace más difícil la extensión de la I+D+i y nos vuelve muy vulnerables a las variaciones cíclicas de la actividad económica internacional.

Todas estas circunstancias deberían mantenernos movilizados y en tensión. Es preocupante, por ejemplo, que el anteproyecto de Presupuestos para 2009 se haya mantenido intacto desde que se presentó hace ya muchas semanas al parlamento. Quizá fuera preciso incurrir en alguna heterodoxia legislativa para que las cuentas públicas reflejaran siquiera en parte la estrategia de excepción que habrá que adoptar. Y el debate –entre partidos, agentes económicos y sociales, expertos y académicos- debería ser universal y permanente, porque el acierto en la terapia será clave en la conquista del futuro. De un futuro muy turbio que se atisba inquietante entre negros nubarrones.

El plan de choque

Lunes, 24 Noviembre 2008

La cumbre de Washington representó el explícito reconocimiento internacional de que, tras el colapso del sistema financiero y el desencadenamiento de una crisis económica globalizada sin precedentes, hay que movilizar a las instituciones económicas y a los sectores públicos de todos los países para  combatir la recesión y estimular la actividad. Los Estados Unidos, por su parte, han habilitado en primer lugar grandes cantidades de recursos para proceder al ‘rescate’ de los bancos dañados y, a continuación, las administraciones de todo el mundo han emprendido actuaciones que serán tanto más eficaces cuanto mejor coordinadas estén unas con otras. Es evidente que estas determinaciones constituyen un serio golpe al neoliberalismo, que se ha estrellado en sus propios excesos neocon, y un retorno al ‘New Deal’ de Roosevelt y Keynes, pero estas sutilezas ideológicas tienen sólo un sentido testimonial en esta hora en que el pragmatismo debe impregnarlo todo para resolver un estricto problema de supervivencia.

De ahí que la Comisión Europea vaya a presentar el miércoles un plan de choque basado en tres ejes: coordinación de las acciones de los Estados miembros, aumento significativo de los recursos del Banco Europeo de Inversiones y modificación de los reglamentos de los fondos de cohesión para agilizar los pagos a los Estados que los reciben. Tras la cumbre de Washington, el FMI recomendó a la UE que destinara a la reactivación el 2% del PIB europeo, pero Alemania, muy pusilánime, se ha mostrado remisa; no acepta que la movilización de recursos supere el 1% del PIB, es decir, unos 130.000 millones de euros, porque no quiere aportar más a las arcas europeas. En cualquier caso, esta inyección es superior en envergadura al presupuesto anual de la UE (110.000 millones de euros). El éxito real del Consejo Europeo dependerá sin embargo de la sintonía que alcancen franceses y alemanes (hoy se reúnen en París Sarkozy y Merkel). Evidentemente, la inyección de recursos al sistema económico puede plantearse de dos maneras: mediante reducciones fiscales y a través de inversiones productivas directas. La mayor parte de los Estados harán ambas cosas a la vez; así por ejemplo, Obama ha anunciado reducciones de impuestos que beneficien a las clases medias y un vasto plan federal de reconstrucción que modernice las vetustas infraestructuras de transporte de su país. Las reducciones fiscales son instantáneas y las inversiones productivas requieren una preparación –confección del proyecto, licitación, etc.- aunque son más eficaces que aquéllas en la reactivación. El jueves, a su regreso de Bruselas, Rodríguez Zapatero anunciará el plan español en el Congreso de los Diputados, que probablemente incluirá actuaciones de las dos clases. 

En los años de bonanza, España ha conseguido, además de superávit público, reducir la deuda al 38% del PIB, uno de los porcentajes más bajos de la UE y muy alejado del límite del 60% marcado por el pacto de estabilidad. En consecuencia, hay margen para que nuestro país afronte con audacia las consecuencias más terribles del crecimiento negativo, el paro en primer lugar, mediante actuaciones positivas, combinadas con la congelación de los gastos corrientes, aunque ello nos obligue a rebasar el límite marcado del déficit anual, que es del 3% del PIB. Frente a quienes –todavía- apuestan por la ‘austeridad’, es llegado el momento de la inversión rigurosa y abundante. En el bien entendido de que estamos en circunstancias excepcionales que no se superarán sin la debida coordinación entre las grandes economías y contra las que hay que aplicar asimismo acciones psicológicas: el liderazgo de los principales actores es fundamental para que disminuyan la retracción de los consumidores y la prudencia de los empresarios. La irrupción de Obama, que infunde un mensaje de optimismo en la escena mundial, puede contribuir decisivamente a lograr estos objetivos.

En el terreno propiamente español, esta confianza  se alcanzaría mejor si, como piden los agentes sociales, se lograra un pacto político. El consenso facilitaría sin duda la activación de los mercados pero tampoco es indispensable. Entre otras razones, porque la opinión pública sabe perfectamente que el margen de discrecionalidad del Gobierno en la gestión de la crisis es limitado y que las diferencias PP-PSOE en este asunto son más retóricas que reales.