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Entradas con etiqueta ‘Pactos de la Moncloa’

¿Un pacto contra la crisis?

Lunes, 9 Febrero 2009

Mañana por la tarde comparecerá en el Congreso de los Diputados el presidente del Gobierno para dar explicaciones sobre la crisis económica y el escalofriante crecimiento del desempleo. Y todo indica que el debate se convertirá en un diálogo de sordos, en el que Zapatero defenderá sus medidas económicas, basadas en políticas de demanda –inversiones- en tanto el líder de la oposición, Rajoy, propondrá políticas de oferta –reducción de impuestos y cargas sociales y austeridad-. En definitiva, se estrellarán las recetas keynesianas del nobel Krugman con las fórmulas neoliberales que se habían impuesto con escasa controversia antes de la crisis. Sólo Duran i Lleida, portavoz del nacionalismo catalán, defenderá probablemente la formulación de unos pactos, en cierto modo semejantes a  los de La Moncloa, para salir más rápidamente y con menos daños de la crisis. Una encuesta a personalidades políticas y económicas realizada el domingo por un periódico catalán ponía de manifiesto que en nuestra sociedad hay una mayoría de opiniones favorables al pacto.

PP y PSOE ya han manifestado su oposición a tal iniciativa. Piensan al parecer que es mejor, en estas circunstancias excepcionales, mantener intacto el genuino método democrático, la hegeliana oposición entre tesis y antítesis con la esperanza de conseguir una fecunda síntesis. Pero todo indica que ni el Gobierno cambiará su estrategia ni el PP dejará de denigrarla, lo cual, para las víctimas más directas del desastre, que es en parte imputable a los dos grandes partidos (ambos, por ejemplo, estimularon la demanda de vivienda con incentivos fiscales durante sus mandatos pese a los claros síntomas de recalentamiento del sector), ha de resultar por fuerza desconcertante.

El argumento principal que cabe invocar para defender la conveniencia de tales pactos no es político ni tiene que ver con la asunción colectiva de responsabilidades políticas: es predominante técnico y se basa en dos elementos. En primer lugar,  los ciudadanos tienen derecho a presumir que las terapias que se aplican contra la crisis son las mejores, para lo cual es deseable que las medidas se implementen después de un contraste profundo y solvente. El ‘plan Obama’ es un híbrido de políticas de oferta y de demanda –grandes inversiones estructurales, fuertes bajadas de impuestos- a pesar de que el nobel Krugman ha sido uno de los inspiradores principales del nuevo presidente norteamericano. Y ello ha sido así, sobre todo, porque los demócratas necesitaban a los republicanos para aprobar el plan. En consecuencia, resultaría tranquilizador ver a Solbes sentado con Rato y con los agentes sociales discutiendo la crisis.

En segundo lugar, el pacto contribuiría por razones obvias a generar confianza, algo que no se logrará, obviamente, en tanto se vea que la opción alternativa de Gobierno censura con dureza la acción gubernamental a este respecto. Y además, el consenso entre poder y oposición permitiría adoptar decisiones estructurales a medio y largo plazo, es decir, plantear conjuntamente aquellas actuaciones tendentes a generar un cambio profundo en el modelo de crecimiento, algo que no puede hacerse en una sola legislatura y que requiere cierta continuidad en las iniciativas.

No se trata, es evidente, de insinuar un gobierno de coalición, que no tendría sentido, ni siquiera de que el Gobierno ceda parcelas de su legítimo poder a los adversarios: la propuesta de pacto aspira únicamente a seleccionar lo mejor posible la dirección de avance y a mostrar a la sociedad con hechos que la crisis tiene solución si todos remamos esperanzados en la misma dirección. 

Política contra la crisis

Viernes, 6 Febrero 2009

Hoy ha arrancado la polémica comisión de investigación en la Asamblea de Madrid que deberá aclarar el turbio caso del espionaje en el seno del propio ejecutivo autonómico, y los grandes medios de comunicación se han volcado en el asunto, como es natural. La comisión debe acabar en principio los trabajos el 28 de enero, víspera de las elecciones municipales y gallegas del 1 de marzo. Es de imaginar que cuando comiencen las respectivas campañas electorales, la semana que viene, todo el debate público y la atención política se centrarán en ambas consultas, en que –como siempre- los grandes partidos se juegan más que la simple hegemonía territorial en las comunidades concernidas. Y mientras tanto, 3,3 millones de personas están ya en paro y un número indeterminado pero alto de trabajadores está aterrado ante la perspectiva verosímil de perder su empleo a corto plazo.

Sería demagógico afirmar que las cuestiones de menor cuantía –los escándalos, las elecciones regionales- absorben toda la energía institucional, de forma que la crisis económica queda descuidada. Sin duda, sigue siendo la principal preocupación de la clase política. Pero el mensaje que se trasmite, sobre todo a los damnificados por la pésima coyuntura, es hiriente y equivocado: ante una situación de verdadera emergencia nacional, como es el caso, las fuerzas políticas deberían mostrar explícitamente que su principal afán es precisamente sacar al país del atolladero. Y en cambio, parece que los partidos están sobre todo ocupados en preservar su instalación y que apenas se dedican a resolver la crisis en sus ratos libres.

Una vez constatado que, salvo un milagro, concluiremos el año con más de cuatro millones de parados, que con toda probabilidad no empezarán encontrar empleo hasta 2011, parecería natural que emergiera una tendencia política hacia la unidad en todo lo concerniente a la crisis: en el diagnóstico, en la definición de las terapias aplicables y en la materialización de las mismas. Los politólogos explican que, en democracia parlamentaria, las grandes coaliciones –así, la gran coalición alemana tras la Segunda Guerra Mundial- se justifican en situaciones excepcionales o de intenso riesgo. Y no se dirá que este país no se halla hoy al borde del abismo.

Probablemente no sea útil ni posible en España una coalición de los grandes partidos, pero sí es exigible que en el ámbito concreto de la crisis, que ha de ser el central de la legislatura, se establezca una intensa cooperación entre ellos, contando además con los agentes sociales y con el mundo académico –los expertos economistas tienen sin duda algo que decir en esta situación insólita, puesto que estamos ante la primera fractura de la globalización. Un fenómeno nuevo y sin precedentes que analizar.

No se trata de reeditar los Pactos de la Moncloa, que sirvieron para superar obstáculos ideológicos de gran calado en aquella España todavía bisoña y radicalizada; ahora se trata –lo ha explicado Duran Lleida con buen tino- de detectar inteligentemente cuál es el mejor modo de combatir la crisis, de dosificar adecuadamente las políticas de oferta y de demanda, de aplicar si procede las viejas recetas keynesianas, de calibrar el déficit que podemos arriesgarnos a asumir,  de habilitar fórmulas para asegurar la supervivencia física de muchos parados que quedarán pronto sin derecho a prestaciones, etc. La mirada angustiada de esos millones de personas que contemplan con estupor su propia ruina obliga a todos a un esfuerzo de esta naturaleza.