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El liberal Obama

Martes, 28 Octubre 2008

El último libro publicado en España de Paul Krugman, Premio Nobel de Economía de este año, es “The Conscience of a Liberal” (2007), editado aquí con el infame título “Después de Bush: El fin de los ‘neocons’ y la hora de los demócratas”, seguramente para incrementar las ventas.

Quien busque en esta obra importante el relato de la decadencia de Bush y el definitivo desprestigio del movimiento neocon con la gravísima crisis financiera,  desencadenada por la falta de regulación, y en definitiva de Estado, preconizada por los ultraliberales que han rodeado al presidente saliente, se quedará frustrado por completo. Porque el libro es una historia de las últimas décadas de los Estados Unidos a la luz de la ideología de los dos grandes partidos, y, sobre todo, una reflexión sobre la posición actual de los republicanos y de los demócratas –los liberales-, cuya facción más activa se autodenomina “progresista”. Como ya es conocido, estos términos tienen significados distintos a uno y otro lado del Atlántico.

 Este intelectual de prestigio, con gran predicamento en su país y creciente influencia en Europa, pone de manifiesto que las propuestas del partido demócrata no son en absoluto revolucionarias, por lo que experimentarán aquí alguna decepción quienes crean que Obama es un radical. “Ser liberal –escribe Krugman- es, en cierta forma, ser conservador, en el sentido de desear, en gran medida, constituir una sociedad de clases medias”. En efecto, los liberales –o demócratas- aspiran a recuperar el aliento social del New Deal de Roosevelt, en que lo público tenía un espacio significativo y el Estado prestaba o aspiraba a prestar los grandes servicios que establecen la igualdad en el origen, condición sine qua non para que haya una extensa clase media. En cambio, los republicanos han atacado en los últimos años todo aquello que iba en esta dirección. Han debilitado hasta la extenuación Medicare, el sistema de provisión gratuita de medicamentos, y se han negado en redondo a que la Ley de Seguridad Social de 1935 incluya también la asistencia sanitaria.  “Una sociedad en que el 40% de la población carece de seguro médico no es una sociedad de clases medias”, puntualiza con razón Krugman.

Otra de las demandas de los ‘liberales’ es tan simple como “hacer honor a nuestros principios democráticos y al imperio de la ley; aquellos que se  autodefinen como conservadores pretenden que el presidente de los Estados Unidos disponga de poderes dictatoriales, y no han dejado de asentir cuando la administración Bush ha procedido a encarcelar a personas sin cargos y a someterlas a tortura”.

Inevitablemente, los objetivos ‘liberales’ de Krugman tienen una clara resonancia europea. Obama pretende tan sólo “cambios profundos relativos a las políticas públicas, cambios que, no obstante, distarían de ser radicales”. De hecho, el ‘programa progresista’ incluye elementos que en España ya ni siquiera son patrimonio de la izquierda: atención sanitaria universal, nuevos enfoques para reducir la pobreza, alternativas para quienes tienen dificultad para adquirir una vivienda, etc. El libro concluye con esta sencilla afirmación: “Y es que, al fin y al cabo, no es sino la democracia lo que de verdad importa a un liberal”.