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Poca Europa contra la crisis

Domingo, 22 Marzo 2009

Paul Krugman ha resumido en un artículo certero su impresión sobre la evolución de la crisis en Europa tras su viaje a España de la pasada semana. A su juicio, que no es en este caso radical sino muy matizado, la Unión Europea tendrá más dificultades que los Estados Unidos para remontar la recesión por dos razones claras: una, está aplicando una terapia cuantitativamente más liviana que la que ha puesto en marcha Obama en USA; dos, a la Unión Europea le faltan las instituciones fuertes y la capacidad de liderazgo que sí pueden exhibir los Estados Unidos.

Efectivamente, los recursos que ha movilizado el gobierno norteamericano contra la crisis, y que son aplicados tanto en políticas de oferta –reducciones de impuestos- como de demanda –inversiones productivas directas-, son muy superiores a los europeos, que se han cifrado en el 3,6% del PIB, porcentaje que incluye tanto las actuaciones anticrisis cuanto las políticas sociales que mitigan sus efectos entre la población.

Ante esta timidez colectiva, es lógico que los Estados nacionales europeos sean remisos a actuaciones unilaterales que obliguen a incrementar exageradamente los déficit y cuyos resultados revierten más en otros países que en el propio. Así por ejemplo, las ayudas directas españolas a los fabricantes de automóviles, que exportan el 85% de la producción a Europa, sirven para mantener aquí el empleo pero en realidad benefician sobre todo a los consumidores de los países que importan el grueso de nuestra producción.

Además, la debilidad del engrudo interno de la Unión Europea y la falta de un liderazgo sólido no sólo impiden la adopción de medidas más intensas sino que redundan en la debilidad de las instituciones comunitarias. El Banco Central Europeo, por ejemplo, no disfruta del respaldo político incuestionable que sí tiene en Norteamérica la Reserva Federal.

Krugman destaca en cambio el efecto benéfico del Estado de Bienestar europeo, que no sólo mitiga el sufrimiento de los ciudadanos –mucho más protegidos que en Estados Unidos- sino que mantiene también elevado el consumo, ya que aporta recursos a los desempleados y a la población pasiva.

Con respecto a España, Krugman destaca con razón que nuestro país, en el que se ha hundido un sector construcción sobredimensionado,  deberá implementar nuevas fuentes de actividad y empleo que compensen la reducción de dicho sector que inexorablemente tendrá lugar cuando se produzca su estabilización. España necesita menos de 400.000 nuevas viviendas anuales y no 750.000, las que se construían hasta la crisis.

Estas tesis deberían mover a la reflexión. Porque ponen de manifiesto que tan importante como actuar directamente contra crisis es contribuir al fortalecimiento de la Unión Europea y, sobre todo, avanzar en la generación de nuevas actividades de alto valor añadido que reduzcan en lo posible el presagio de que España tardará más que los países del entorno en salir del pozo. 

¿Nacionalización de la banca?: el modelo sueco

Mircoles, 28 Enero 2009

A principios de los años noventa, Suecia padeció una importante crisis bancaria. En aquella ocasión, las autoridades de dicho país obligaron a las instituciones bancarias a publicar sus pérdidas reales mediante la valoración de sus activos a precios de mercado, declaró en quiebra las que no tenían posibilidades de mantenerse en pie, recapitalizó las que eran viables y aquellas que convenía mantener a flote para evitar una catástrofe estructural del sistema y sacó de su balance los activos tóxicos para que se recuperara la normalidad en el menor tiempo posible. Se trató, en fin, de una nacionalización explícita que “permitió conciliar el interés público y privado, a la vez que se protegía a los impositores y se penalizaba a la propiedad, que había tolerado tales riesgos”.

Esta apelación al “modelo sueco” para resolver la actual crisis financiera internacional, que según todos los indicios no ha concluido y requerirá todavía cuantiosos recursos públicos, ha sido hecha por Christopher Woods en un resonante artículo del Financial Times, que ha dado la vuelta al mundo y que ha sido glosado, entre otros, por Ángel Urbide de “El País” y por S. McCoy de “El Confidencial”. Asimismo, el último premio Nobel de Economía, Paul Krugman, bestia negra de los ’neocon’, apunta una solución semejante para salvar las entidades con dificultades del sistema bancario norteamericano: en lugar de rescatar tales instituciones mediante inyecciones de capital que constituyen objetivamente un regalo a los accionistas, propone aplicar el método que el propio Gobierno USA utilizó a finales de los años 80 cuando se produjo la gran crisis de las cajas de ahorros: “se incautó de los bancos difuntos y se deshizo de los accionistas. Después transfirió sus activos morosos a una institución especial, la Resolution Trust Corporation (Corporación del Fideicomiso de Resolución), pagó suficientes deudas de los bancos como para devolverles la solvencia y vendió los bancos saneados a nuevos propietarios”. Fue, como en el caso sueco, una nacionalización instrumental que no tuvo nada de ideológica –nadie en su sano juicio puede proponer en Occidente la nacionalización de la banca- y que sirvió para resolver el problema financiero con los menores costes posibles.

En los dos casos citados, el sueco y el norteamericano, se trataba de resolver problemas localizados; hoy, en plena globalización, no tendría demasiado sentido aplicar soluciones nacionales a los problemas financieros. Pero valdría la pena explorar estos procedimientos, que tienen dos ventajas: asegurarían que el beneficio del rescate no favorecerá sólo a los accionistas, que son al fin y al cabo los que han provocado la crisis, y, durante el plazo de la nacionalización, permitiría al ente nacionalizador –el Estado- gestionar la liquidez mediante una oportuna política de créditos. No es razonable que, después de que el sector público esté aportando ingentes cantidades de recursos y avales –aunque no sea a fondo perdido, obviamente-, los bancos y cajas españoles estén restringiendo el crédito con criterios mucho más estrictos que lo que ha sido habitual. La lucha contra la morosidad, que ya es de más del 3% y que podría llegar al 7% en las cajas, no justifica la denegación de liquidez a empresas solventes ni autoriza a concebir la solvencia como un absoluto.

Existe la certeza de que uno de los dos factores desencadenantes de esta crisis ha sido el derrumbe del sistema financiero minado por la avaricia y la corrupción (el otro ha sido la burbuja inmobiliaria). No es, pues, ilógico que los Estados, que han de salir ahora a apagar fuegos,  mantengan el mayor control posible sobre las instituciones financieras que, paradójicamente, ha habido que salvar para evitar males mayores.