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Indecencia frente a la crisis

Martes, 7 Octubre 2008

El Gobierno y el PP son sin duda conscientes de que existe una vehemente reclamación ciudadana en el sentido de que la rivalidad política debe ceder ante la preocupante crisis económica, de modo que los grandes partidos están obligados, si no a conseguir consensos –es lógico que discrepen en materia de política económica por razones ideológicas-, sí a remar en la misma dirección, favorable a los intereses generales.

Y porque han advertido esta exigencia de la sociedad civil, Zapatero y Rajoy han acordado reunirse con el objeto teórico de atenderla, tranquilizar a todos y tratar de buscar una estrategia común. Sin embargo, desde que se anunció la reunión y hasta hoy mismo, PP y PSOE no han parado de arrojarse recíprocamente los trastos a la cabeza, con insultos y descalificaciones de toda índole, hasta generar un clima desabrido y crispado en que el encuentro ha dejado incluso de tener sentido.

Pagarán los políticos y pagaremos todos esta indecencia. Porque el hecho de que la única preocupación visible de la clase política ante la crisis sea la de conseguir que sea el adversario el que más perjudicado salga de la coyuntura es un insulto a toda la sociedad.

El Constitucional se defiende

Viernes, 19 Septiembre 2008

Por primera vez en su historia, el Tribunal Constitucional ha defendido por escrito su actuación en el caso del Estatuto de Cataluña, frente a las acusaciones de premiosidad por no haber resuelto el asunto más grave que tiene pendiente en un plazo razonable de tiempo. En síntesis, el TC atribuye su demora a la pugna política suscitada por la nueva carta autonómica catalana, que se ha materializado en forma de numerosos recursos de inconstitucionalidad, y por el inadmisible cruce de recusaciones, algunas verdaderamente fraudulentas, que tuvo lugar para tratar de romper los equilibrios internos del Tribunal.

Tiene razón el TC en sus alegaciones, que son ciertas y respetables. Pero conviene añadir acto seguido que el Tribunal Constitucional no estaría metido en estos jardines si todos sus miembros se hubiesen negado desde el mismo momento de su designación a someterse al dictado de los partidos, a aceptar la disciplina impuesta por quienes los propusieron, a convertir el Constitucional en un pequeño parlamento, trasunto del Parlamento grande, como si la interpretación de las leyes tuviera que depender de la tonalidad ideológica de los hermeneutas.

Los políticos no han estado, en fin, a la altura de las circunstancias, pero los magistrados del TC, tampoco.