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Sacar tajada

Lunes, 8 Septiembre 2008

Los Presupuestos Generales del Estado, la única herramienta verdaderamente eficaz que tiene el Gobierno para afrontar la crisis económica (como es conocido, ya no ejerce control sobre la política monetaria, que se dicta desde Franckfort), están a punto de llegar al Parlamento. Y el Ejecutivo tiene dificultades para conseguir los apoyos necesarios para sacar adelante esta ley orgánica ya que CiU, la minoría moderada que representa al nacionalismo centrista catalán, se niega esta vez a prestar sus votos porque vincula este asunto al desarrollo de la financiación autonómica, que, en todo caso, llevará un ritmo más despacioso.

Por ello, el Gobierno ha vuelto el rostro hacia el nacionalismo vasco. Y el portavoz del PNV en el Congreso de los Diputados, señor Erkoreka, ha declarado paladinamente y con la mayor frivolidad que, aunque lo que “le pide el cuerpo” es pagar al PSOE con la misma moneda [se refiere a la negativa gubernamental a la consulta soberanista que pretendía llevar a cabo Ibarretxe], su partido está dispuesto a apoyar los Presupuestos Generales del Estado que presente el Ejecutivo siempre que consiga “sacar tajada” sustanciosa de dicho respaldo.

En definitiva, el nacionalismo catalán se desentiende del principal problema que tenemos en este momento los españoles, catalanes incluidos, y el PNV ve en este asunto una oportunidad para arrancar a “Madrid” nuevas dádivas que todos pagaremos a escote, a pesar de que Euskadi disfruta del concierto  económico que lo sitúa en posición privilegiada.

Quienes pensamos que nuestra política es en general demasiado ruin, que le falta ese trasfondo de grandeza que ha de caracterizar a los regímenes democráticos, que se basan en un conjunto de profundas convicciones humanistas, ya disponemos de un argumento más para sostener tal tesis. La visión de la vida parlamentaria como la defensa del interés propio o como un simple trueque mercantil es detestable, la más detestable de todas. Las ideas y los principios quedan al margen.

En el fondo, es el nacionalismo el que más perjudicado queda con la exhibición impúdica de este criterio. Porque nacionalistas son quienes otorgan más valor a unos imaginarios, románticos e irracionales derechos colectivos, y a los intereses a ellos asociados, sobre los principios racionales de la ética civil. Es decir, están con frecuencia al borde del fanatismo, que no es más que la negación sentimental de la racionalidad.