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Entradas con etiqueta ‘Rajoy’

La democracia continua

Viernes, 12 Junio 2009

Los sistemas parlamentarios son democracias de opinión pública.  Quiere decirse que, con independencia de las formalidades constitucionales, que tasan rigurosamente el modelo de representación semidirecta –los ciudadanos eligen parlamentarios que a su vez designan al Ejecutivo-, el devenir de los diferentes poderes y de las instituciones está sometido al escrutinio constante de la ciudadanía, a través de esta abstracción que denominamos opinión pública.

La opinión pública es, en definitiva, el juicio colectivo que en cada momento merece la actuación de los diferentes actores. Se establece sobre la estructura del sistema mediático, de forma que el conjunto de los medios de comunicación es el gran elemento vertebrador de una opinión continua que sirve de contraste a las instituciones democráticas. Por supuesto, existen mecanismos diversos para conocer el estado de opinión de la ciudadanía, como las encuestas sociológicas, pero el concepto cabal de opinión pública va más allá de esta concreción: el sentir espontáneo del cuerpo social se percibe con claridad si se observan con cierta perspectiva todas sus circulaciones y si se palpa el pulso del país a través del conjunto de los flujos mediáticos e informativos.

Viene esto al caso de lo acontecido tras la derrota del PSOE en las elecciones europeas. Con el argumento de que el Gobierno ha perdido el apoyo popular, el PP ha exigido al Gobierno que presente una moción de confianza, a lo que el Gobierno ha respondido retando al principal partido de la oposición a que plantee una moción de censura. Y Rodríguez Zapatero ha manifestado que para conquistar el poder hay que vencer en las elecciones generales y no en Estrasburgo. En cierta manera, ambos actores tienen su parte de razón. La legitimidad de este Gobierno, que venció en 2008, es plena, y además el Partido Popular no tiene –salvo piruetas inimaginables de las minorías parlamentarias- posibilidad de sacar adelante una moción de censura. Pero también es innegable que el Gobierno y el partido que lo sostiene deben asimilar el explícito aviso del cuerpo electoral que, aunque elegía el 7-J a sus representantes europeos, también juzgaba indirectamente el papel desempeñado por los diferentes sujetos políticos en los últimos tiempos.

Por supuesto, la derrota del PSOE no ha sido humillante, y se corresponde con el descenso que han experimentado todos los partidos gobernantes europeos, enfrentados con la crisis y por tanto con el malhumor de los electores. Pero no cabe duda de que este contratiempo ha de llevar al Gobierno a una reflexión humilde sobre sus propios errores, que son los que a fin de cuentas ha sancionado el cuerpo social. Ni el “Zapatero dimisión” que coreaban algunos partidarios de Rajoy en la noche electoral tiene sentido, ni el mantenella y no enmendalla de un presidente del Gobierno que no parece dispuesto a analizar el porqué de algunas defecciones resulta razonable.

La democracia de opinión plantea, junto a su propia grandeza, un problema de fondo: los líderes políticos ceden con frecuencia a la tentación de complacer acríticamente las demandas colectivas. Es lo que se llama gobernar con encuestas. Cuando es patente que en ocasiones, los estadistas tienen la obligación moral de afrontar las consecuencias de decisiones impopulares si creen que beneficiarán a la colectividad. Talleyrand –cuenta Ortega- reprochó con dureza a Mirabeau “no haber tenido el coraje de ser impopular” cuando le correspondía enfrentarse a las críticas para salvar a la patria. Pero éste no es el caso que suscita este comentario: Zapatero y Rajoy, Rajoy y Zapatero, tienen la obligación de mantener el oído atento a la democracia continua que se expresa a través de la opinión pública y de los hitos electorales de la legislatura… Porque ese sonido de fondo enriquece la ceremonia política, orienta a los líderes y carga de matices el debate entre el poder y la oposición. 

¿Financiación irregular?

Jueves, 26 Febrero 2009

Es probable que ni el propio PP, absorto en la vorágine de su particular e inútil guerra contra Garzón –es evidente que ningún juez admitirá una querella contra el magistrado por prevaricación al instruir un sumario sobre un estrepitoso caso de corrupción- se haya percatado de que la inculpación del tesorero del Partido Popular, el senador por Cantabria José Luis Bárcenas, hombre de la completa confianza de Mariano Rajoy, en el “caso Gürtel” supone un gravísimo quebranto para el partido. Y representa un salto cualitativamente grave de la responsabilidad del propio PP en el escándalo.

Hasta que se conoció esta supuesta ramificación del caso, que alcanza al núcleo de la financiación del Partido Popular, el problema de Rajoy era, por así decirlo, periférico. Algunos conmilitones desaprensivos cedieron a la tentación de prevaricar a presiones de la trama de tráfico de influencias dirigida por Francisco Correa, un hábil embaucador que llegó a ser padrino de boda de la hija del presidente Aznar en la inefable boda escurialense. De haber permanecido el caso en este ámbito, hubiera bastado con seccionar los vínculos con las zonas de tejido corrupto para sanear el tronco del partido. Pero los últimos elementos de la investigación sugieren –es obvio que estamos en fase incriminatoria, por lo que todo son hipótesis todavía- que una parte importante del dinero público distraído por los corruptos y sus instigadores habría ido a parar a las arcas del partido. Según las filtraciones de la denuncia presentada ante Garzón, estaría grabada en una cinta magnetofónica la voz de Correa reconociendo que habría entregado a Bárcenas mil millones de pesetas por adjudicaciones de obras de la época en que Álvarez Cascos era ministro de Fomento. Al parecer, durante aquel periodo, empresas de Correa lograron casi cinco millones de euros en decenas de contratos de AENA.

Frente a esta imputación, que lógicamente ha de contemplarse desde el prisma de la presunción de inocencia, el resto de las tramas y escándalos con que ha de enfrentarse el PP, tanto en el “caso Gürtel” como en el asunto del espionaje, queda reducido a simple farfolla que enmarca la cuestión central: la posible financiación irregular del PP. Los análisis que vinculaban el liderazgo de Rajoy a los resultados electorales del 1-M y de las europeas, así como al desenlace de las convulsiones judiciales en las comunidades de Madrid y de Valencia han perdido consistencia y se han relativizado: la crisis del PP es más seria y no depende de circunstancias anecdóticas. Los catarros de Madrid y Valencia pierden importancia ante la evidencia que de que el aparato de Génova podría padecer una gangrena.

La coyuntura del PP es delicada, con el agravante de que la Justicia es proverbialmente lenta, por lo que los problemas de corrupción tendrán un largo desarrollo. Así las cosas, Rajoy no tiene más remedio que tomar las riendas de la situación, aplicar la cirugía política necesaria –la judicial ya la aplicarán los jueces- y urgir una catarsis basada en nuevas legitimidades que sólo pueden provenir de un proceso congresual. El PP no tendrá más remedio, en fin, que convocar cuanto antes un Congreso extraordinario que sirva a la vez de revulsivo y de terapia a un partido que, evidentemente, ha perdido el norte y necesita recuperar el rumbo y el tino. Y en las actuales circunstancias, todo indica que habrá de ser el propio Rajoy, con el respaldo de Gallardón, quien tome las más graves iniciativas.

La clave está en Galicia

Mircoles, 25 Febrero 2009

Por una cierta perversión de la política que no es exclusiva de nuestro país, lo verdaderamente relevante de las elecciones parciales –en este caso las autonómicas vasca y catalana- es su repercusión en la gran política del Estado. Y aunque pueda merecer reproche esta desnaturalización evidente del voto ciudadano, no tiene sentido desconocer que, salvo en Galicia y en Euskadi, lo que realmente importa a los grandes actores de la política española tiene poco que ver con los intereses de los ciudadanos de ambas comunidades y mucho con las consecuencias de mayor calado que se deriven de ambas consultas.

Si así se ve y así se entiende, resulta que el verdadero juego de poder está en Galicia, la patria chica del líder popular, Rajoy, y del vicesecretario general socialista, Blanco. Rajoy, con su liderazgo vacilante, llegó a la campaña electoral gallega en situación aparentemente terminal, con dos frentes político-judiciales abiertos, el “caso Gürtel” y el del espionaje en Madrid. El craso error de Bermejo le ha dado sin embargo inesperado oxígeno, y la dimisión del ministro de Justicia –siempre las dimisiones son ambivalentes- ha puesto por un momento la pelota en el tejado popular. De hecho, Rajoy parece haber conseguido acopiar una euforia contagiosa en el último tramo de la campaña gallega –las encuestas dan “empate técnico”-, aunque en cualquier momento las malas noticias judiciales pueden dar al traste con el optimismo.

La campaña activa de Rajoy está consiguiendo además sacar a la luz las contradicciones, en algún caso insalvables, de la coalición gallega que ha gobernado estos cuatro años. Como también sucede a otra escala en Cataluña, la alianza entre el independentismo y el socialismo plantea muchas dudas al electorado y a la opinión pública en general. Y, de hecho, ha sido chocante la rectificación de última hora que ha enunciado el presidente gallego, el socialista Pérez Touriño, de la política lingüística  practicada hasta ahora, inspirada por el BNG y calificada de sectaria por muchas voces moderadas.

Lo cierto es que si Rajoy consiguiese la mayoría absoluta –los 38 escaños o más- del Parlamento gallego, saldría claramente triunfador de la prueba del 1M. Porque, además de la victoria objetiva en su feudo, habría demostrado que los electores piensan que Rajoy no se ha contaminado con los casos de corrupción de su alrededor, que sí salpican en cambio a otros aspirantes al liderazgo popular. En definitiva, el tándem Rajoy-Gallardón se habría impuesto –Aguirre y Camps ni siquiera están en las campañas-, y ello permitiría al presidente popular llevar a cabo sin contemplaciones la cirugía profunda que necesita el PP para dejar atrás los mencionados episodios de corrupción y sus posibles metástasis.

En este supuesto de una victoria popular, el PSOE se vería obligado a revisar sus afinidades políticas con el nacionalismo (algo que también habrá de hacer en todo caso, y por otras razones, en Euskadi) y el vicesecretario Blanco, cabeza visible del PSOE en la campaña gallega, que cumple un papel impreciso entre Leire Pajín y Zapatero, quedaría ‘tocado’. Quizá fuese entonces la ocasión de que el presidente Zapatero lo llevara al Gobierno para concluir así la completa renovación de la estructura socialista de Ferraz, con todo el poder para Pajín.

Todas estas reflexiones, que sin duda circulan por los mentideros políticos, tienen sin embargo un corolario penoso: el gran afán de la clase de política continúa teniendo poco que ver con el drama de fondo que es la crisis.  

Encuestas de infarto

Lunes, 23 Febrero 2009

Como es habitual, ayer domingo, último antes de las elecciones gallegas y vascas, se publicaron en los medios las últimas encuestas relativas a dichas consultas. La pasada semana, ya aparecieron dos encuestas significativas: la del Gobierno vasco, según la cual el tripartito encabezado por Ibarretxe se quedaría a cuatro escaños de la mayoría absoluta (es difícil no creer que este sondeo se ha maquillado para impulsar la participación electoral de los simpatizantes del nacionalismo) y el barómetro de Antena 3, que presagia que el PP no conseguirá en Galicia la mayoría absoluta (obtendría entre 35 y 37 escaños) y que en Euskadi el PSE, que subiría cinco puntos, sería el árbitro de la situación frente a un PNV que bajaría el 5% y que no conseguiría escaños suficientes para reeditar el tripartito.

Las encuestas publicadas el domingo –en “ABC”, “El País”, “”La Vanguardia”, “El Mundo”…- pronostican sin embargo unos resultados bastante más ajustados. Julián Santamaría, catedrático de Ciencia Política, uno de los expertos en sociología aplicada más prestigiosos y presidente del Instituto Noxa que ha confeccionado los sondeos para “La Vanguardia”, ha resumido así la situación en las dos comunidades en juego: “La campaña electoral será clave ya que hay muchos indecisos y el resultado se juega en uno o dos escaños”. 

Característica fundamental de las encuestas publicadas es la escasa incidencia en los resultados de la coyuntura política –los escándalos de corrupción, espionaje y cinegéticos que tanto nos entretienen en Madrid-, y la gran preocupación ciudadana por la situación económica y el paro. Según los expertos, la recesión en que nos encontramos podría acentuar la abstención.

Así las cosas, las elecciones, que parecían resueltas a favor de la continuidad en Galicia y de un trascendental cambio en Euskadi, han adquirido un súbito interés entre la clase política (no entre la ciudadanía), que ha sido presa de un extraño miedo escénico. Rajoy toca con la punta de los dedos un buen resultado en Galicia, lo que le lleva a intensificar su campaña personal, en tanto el PSOE comienza a horrorizarse por lo que puede ser un buen resultado propio en Euskadi. Realmente, si el ‘tripartito’ no consigue la mayoría absoluta (38 escaños), todas las opciones de Patxi López son peligrosas para el Gobierno central. En efecto, si el líder del PSE se convierte en lehendakari gracias a los votos del PP, y el PNV pasa a la oposición, la soledad del PSOE en el Congreso, donde se encuentra a siete escaños de la mayoría absoluta, resultará preocupante. La posibilidad de un pacto PSE-PNV es remota: no son tiempos de gobiernos transversales ni parece viable pactarlos: ni López aceptaría ser segundo de Ibarretxe ni al contrario. Aunque siempre cabría que López apoyara a un lehendakari nacionalista distinto de Ibarretxe (¿Izaskun Bilbao, actual presidenta del Parlamento vasco?).

 

A Rajoy, siempre bajo la lupa de su sector crítico, puede bastarle un resultado honroso en Galicia –como mínimo, repetir el de hace cuatro años- para salvar el escollo y mantenerse en el sillón de Génova sin oposición.  Pero en este caso y si consigue salir del atolladero de los escándalos, aún le quedará por delante la gran prueba de las europeas, en junio. Si Mayor Oreja no consiguiera esta vez ganar al Partido Socialista en unas elecciones en que es proverbial el voto de castigo al Gobierno de turno en todos los países comunitarios, Rajoy ya no podría probablemente oponerse a la evidencia de que no es un caballo ganador.

 

¿La hora de Gallardón?

Lunes, 16 Febrero 2009

Los dos escándalos que padece el PP, el del espionaje en el seno de las instituciones autonómicas y el “caso Gürtel” que abarca las complejas y delictuosas relaciones de Francisco Correa con dirigentes populares, están salpicando manifiestamente a Rajoy y a los líderes de las agrupaciones regionales del partido en que se han desarrollado los hechos, la presidenta de Madrid, Esperanza Aguirre y el de Valencia, Francisco Camps. Es pronto para conocer todas las ramificaciones y repercusiones de dichos asuntos, que aún están en las fases iniciales de sus correspondientes procesos judiciales, pero ya parece inevitable que la imagen de quienes rigen los destinos del partido en los ámbitos en que actuó Correa quede irremisiblemente desgastada.

Así las cosas,  la figura que aparece hoy intacta en el trasfondo de la crisis popular es la del alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón. Así lo han visto los medios, y así parece haberlo entendido también el Partido Socialista puesto que ha hecho ya algunos gestos de preocupación. Efectivamente,  Gallardón representa al ala más centrada del PP, y desde esta ubicación ha logrado sucesivos éxitos electorales impresionantes, mayorías absolutas tanto en la comunidad de Madrid como, después, en el ayuntamiento capitalino. Tiene la enemiga del sector más radical de los populares pero, a cambio, atrae incluso a sectores del centro-izquierda, que ven en él a un moderado, buen gestor y con una gran capacidad de diálogo.

La posición actual de Rajoy es inquietante. La debilidad de su liderazgo le impide llegar a acuerdos con el Gobierno y lo lleva a abordar la grave crisis con las únicas armas de la crítica abstracta y sistemática a la acción gubernamental, sin ofrecer opciones alternativas creíbles, y esta postura negativa, que irrita a los ciudadanos, le pasará factura. Y si a los escándalos actuales se le añaden resultados mediocres en las próximas consultas electorales, su sillón podría derrumbarse. 

Llegados a este punto,  podría haber llegado la hora de Gallardón. Y no es en absoluto desdeñable la posibilidad de que sea el propio Aznar quien acelere el golpe de timón. Aunque la relación entre el ex presidente y el alcalde de Madrid ha tenido fases tormentosas, Aznar siempre ha reconocido la gran capacidad de aquél, una criatura política de Manuel Fraga que siempre tuvo ideas claras sobre sus ambiciones. No es relevante pero sí significativo que el equipo de Gallardón esté encabezado por Ana Botella, esposa de Aznar. Y el PP ya tiene una pequeña historia de “refundaciones”: Aznar fue fruto de la que llevó a cabo en 1989 Fraga con mano de hierro para sustituir a Hernández Mancha.

Gallardón es un político con ideas y arrojo que ha entendido la política más como conciliación de intereses que como un juego de rivalidades irreductibles. Representa, en fin, una derecha moderna, laica, liberal y pragmática que es, por ello mismo, detestada por el ala más conservadora de su partido. Pero probablemente, en esta hora, sea el único personaje capaz de llevar al PP al gobierno del Estado. Y esta evidencia podría desarbolar las resistencias de Aznar a defender su opción, e incluso convencer a las bases populares de que no tienen otra salida. 

Naturalmente, estas especulaciones se supeditan a los acontecimientos inminentes: las consultas de marzo y junio y los avatares judiciales pendientes. Pero las aguas del PP fluyen sin duda por el cauce apuntado. El tiempo colocará cada hito en su lugar. 

Guiones para una crisis

Mircoles, 11 Febrero 2009

No es la primera vez que ocurre, pero el rasgo más llamativo del debate económico del martes fue el hecho de que los guiones de todas las intervenciones estuvieran escritos de antemano. Pese a la gravedad excepcional de la situación, ya se conocía con anterioridad que ni el Gobierno ni el PP deseaban la convocatoria de un pacto de Estado contra la crisis. Las medidas del Gobierno eran asimismo públicas –y Zapatero las reiteró, con las únicas novedades de la promesa de incrementar la cobertura del desempleo y del ahorro de 1.500 millones euros del gasto no financiero del Estado-, al igual que se sabía la posición del PP, que limita sus recetas a las políticas de oferta –reducción de impuestos y gastos sociales- y a las reformas estructurales, un concepto muy estético que no significa nada si no se desciende al pormenor.

En suma, el Gobierno, que reconoció estar improvisando –como por otra parte hacen todos los gobiernos de los países desarrollados- al hilo de los acontecimientos imprevisibles, parece estar seguro de sus recetas, algunas de ellas muy controvertibles –como es el caso del plan de actuaciones municipales-, en tanto el Partido Popular de Rajoy ha optado por recluirse en su crítica acerba al Gobierno, actitud que permite a su debilitado líder lucirse en el discurso, frecuentemente demagógico y siempre retórico. Aunque la utilidad de esta postura es dudosa: todos los ciudadanos somos conscientes de lo fácil que resulta denostar a un Gobierno que tiene que conducir una coyuntura dramática como la actual y de lo inútil de tal actitud. Aunque para Rajoy la oportunidad era magnífica: consiguió así que por un momento no se evocaran los escándalos internos del PP y se dejara de cuestionar su liderazgo.

Ante este panorama desolador, en que la única actitud constructiva fue paradójicamente la adoptada por Duran i Lleida al frente del grupo de CiU –este político catalán, digno sucesor del histórico Miquel Roca en la portavocía de los nacionalistas del Principado, fue el primero en reclamar un pacto de Estado frente a la crisis-, los ciudadanos tenemos derecho a la irritación: es cierto que el Gobierno no ha tenido más remedio que improvisar las medidas urgentes que había que adoptar, sin tiempo para proyectarlas al medio y largo plazo; lo es asimismo que el PP no tiene hoy la responsabilidad del gobierno de la nación. Pero nada debería impedir que el proceso de resolución de la crisis contara con una base de sustentación muy amplia, fruto de la negociación y el acuerdo de los grandes partidos. En los Estados Unidos, el plan original de Obama ha sido sustancialmente modificado, seguramente para bien, después de la negociación de los demócratas con los republicanos. ¿No sería sensato reproducir aquí este proceso negociador, con el fin no sólo de mejorar técnicamente las medidas sino también de otorgarles prestigio, a la vez que se generase confianza en los agentes económicos?

Para este país es poco relevante la correlación de fuerzas al final de la crisis, que es lo que parecen dirimir ante todo los grandes partidos, ávidos de poder. Lo auténticamente importante es la evolución de la economía española, la contención del paro en lo posible, la supervivencia de los desempleados y la construcción de un nuevo modelo económico de crecimiento cuando remonte la crisis, que todavía no ha tocado fondo. Y el martes, todo esto parecía ser lo de menos para unos líderes que miraban mucho más al 1 de marzo que al futuro de esta atribulada sociedad. 

PP: la catarsis

Martes, 10 Febrero 2009

Aquel célebre y contrastado diagnóstico de lord Acton, “el poder corrompe”, está confirmándose estos días en el seno del Partido Popular. Los problemas de liderazgo provocados por la marcha de Aznar, la sacudida del paso inesperado a la oposición en 2004, la búsqueda insegura de una ubicación ideológica y social en la pasada legislatura, la nueva derrota de 2008, la vacilante reafirmación de Rajoy en el congreso de Valencia, generaron un vacío interior que, a todas luces, ha sido aprovechado por los desaprensivos –que abundan en todas partes- para rentabilizar su instalación en beneficio propio. La falta de control –el único antídoto seguro contra la corrupción- ha hecho el resto. Y por una azarosa coincidencia, varios de estos escándalos han estallado al tiempo. La situación del PP actual es en cierto modo parecida a la que padeció el PSOE en el tramo final de la larga presidencia de González: el director de la guardia civil, el gobernador del Banco de España y el presidente de una comunidad autónoma fueron casi al tiempo el exponente delictivo de una degradación moral que costó mucho esfuerzo superar.

Es muy lógico que hoy cunda el desánimo en las filas del PP, que, después de los sucesivos escándalos en Baleares, consecuencia también de una concepción perversa del poder y de la ausencia de los mínimos controles exigibles, ve como la comunidad de Madrid es escenario de dos graves episodios comprometedores: el espionaje en el gobierno de la autonomía, que revela que la codicia de algunos llega al chantaje, y el caso Correa –“caso Gürtel” lo llama la policía- que sintetiza una al parecer una larga secuencia de cohechos. Este último asunto, que mancha a varias localidades de Madrid, salpica a la comunidad valenciana –el propio Camps ha sido señalado por alguno de los facinerosos- y hunde sus raíces en el núcleo duro del PP puesto que el tal Correa fue testigo en la boda de la hija de Aznar con Alejandro Agag. Por último, de momento, el PP gallego ha tenido que apartar a un candidato a las próximas elecciones tras saberse que tenía negocios en las Islas Caimán y que había defraudado a Hacienda.

Esta acumulación de infortunios no puede ser casual: demuestra una pérdida general del rumbo, un decaimiento moral muy extendido que sin duda tiene que ver con la ligereza con que el PP ha actuado en casos conocidos. El hecho de que se haya mantenido a Fabra en Castellón como si no hubiera pasado nada, o la insidia de promover las candidaturas de alcaldes procesados por corrupción en las pasadas municipales son hechos que lanzan un mensaje equivocado a la ciudadanía y a la propia militancia. A veces ha parecido en este país que la corrupción urbanística era inocua y estaba en la naturaleza de las cosas. Y ahora se paga el precio de semejante tergiversación.

La rectificación del rumbo, el golpe de timón, la recuperación de la dignidad requieren una fortaleza y un liderazgo que pondrán a prueba a Rajoy, con fama de indeciso y de blando. Habrá que ver si el presidente del PP es o no capaz de impulsar una catarsis del PP en su acepción clásica: “purificación ritual de personas o cosas afectadas por alguna impureza”. Y ello ha de abordarse sin pérdida de tiempo porque, de no hacerse así, la gran fuerza de centro-derecha, anonadada y sin reflejos, será incapaz de afrontar los grandes retos que se le plantean. En concreto, la crisis económica: el peso específico del líder de la oposición está desfigurado y disminuido por su propia circunstancia, cuando es más necesario que nunca que la oposición contribuya constructivamente a resolver el drama económico y social que aqueja a nuestro país.

Rosa Díez y el PP

Sbado, 3 Enero 2009

Las últimas encuestas publicadas –en “La Vanguardia” y en “El Mundo”-  confirman el ascenso de UPyD, el partido de Rosa Díaz, que triplicaría su ya meritorio bagaje de votos y conseguiría grupo parlamentario propio. Algunas elementales operaciones matemáticas sugieren que este ascenso es a costa de un Partido Popular que no atina con su tarea de oposición y que, ante ciertos proyectos legislativos del Gobierno, comienza a mostrar su rostro más conservador. Consecuencia de ello es que el PSOE, pese a la hecatombe económica, va notablemente por delante en las preferencias electorales de los ciudadanos.

El discurso de Díez sobre los grandes asuntos –política autonómica, política antiterrorista, política económica- no está alejado del de Rajoy; sí en cambio se diferencia en cuestiones como el aborto o la laicidad. Por lo que el PP debería interiorizar la lección que ofrecen estos pronósticos. UPyD descentra claramente al PP y le arrebata votos. Sería, pues, inteligente por parte de la dirección popular analizar esta circunstancia que puede situar al PP en una situación irremediable de bloqueo, en beneficio de sus principales adversarios. Y, por descontado, tendría sentido que el PP intentara seducir a esta bisagra para integrarla en su seno y evitar así el riesgo cierto de que la división de la derecha lo aleje del poder.

La ausencia de Rajoy

Sbado, 27 Diciembre 2008

El cambio de rumbo que Mariano Rajoy impuso a su partido en el Congreso de Valencia, que reafirmó provisionalmente su liderazgo tras la derrota de su partido en las pasadas elecciones generales, cambió por completo el panorama político de este país. De la ‘legislatura de la crispación’, insoportablemente enrarecida, se pasó a otro escenario en que ya son posibles los consensos y los debates sosegados y constructivos. Escenario por lo demás muy pertinente en tiempos de severa recesión económica en los que, como ha manifestado el Rey en su mensaje de Nochebuena, conviene que todos rememos en la misma dirección.

Sin embargo, esta mudanza del principal partido de la oposición, que sin duda agradece la opinión pública, muy castigada por la patológica efervescencia del cuatrienio anterior, requería y requiere una presencia activa y creativa del principal partido de la oposición. Si en la anterior legislatura le bastaba a Rajoy con dejarse arrastrar por la crítica acerba y sistemática que los agentes mediáticos realizaban al Gobierno con razón o sin ella –eran los tiempos de la teoría de la conspiración y de la denuncia de una solapada connivencia del Ejecutivo con ETA-, ahora la dialéctica política requiere una actividad visible de los dos principales antagonistas, de forma que el Parlamento sea la residencia de los problemas y el foro donde se debate el rumbo colectivo. Sin embargo, Rajoy está espectacularmente ausente y la política ha adquirido por ello una preocupante asimetría.

En lo tocante a la crisis económica y a sus soluciones, es patente que las grandes decisiones que deben adoptarse son bastante obvias y que la oposición debe apoyar al Gobierno en las medidas encaminadas a estimular la actividad y a combatir en lo posible el desempleo. En cualquier caso, hubiera sido pertinente quizá forzar debates técnicos más intensos para asegurar la calidad de las decisiones y mostrar a la opinión pública una senda de esperanza, de luz al final del túnel.

Pero en el otro gran asunto de estos días, la reforma de la financiación autonómica que deberá cerrar el proceso, aún inacabado, de reforma del Estado de las Autonomías, tampoco aparece Rajoy por parte alguna. Los principales barones del Partido Popular, Aguirre y  Camps, han entendido la trascendencia del asunto y se han prestado gustosamente a alentar el consenso en marcha. Y su formación política se ha limitado a criticar el proceso y a lamentar la descoordinación que reflejan tales iniciativas aisladas. Se podrá decir que Zapatero ha actuado maliciosamente al convocar a los presidentes regionales y no a Rajoy para cerrar el gran acuerdo pero es obvio que el presidente del Gobierno no tiene la culpa de que el presidente del PP no pueda imponer su criterio a sus conmilitones ni exigir una actuación unitaria y jerárquicamente ordenada. El hecho de que ayer, día en que Zapatero hizo un prolijo resumen público del año que concluye y de las expectativas de futuro, Rajoy interviniera brevemente antes y no después de la comparecencia gubernamental revela la dejación de su tarea que hace el sucesor de Aznar.

Todo indica que Rajoy fía su futuro al buen resultado del PP en las europeas de junio, y se equivoca. Aunque las gane, seguirá siendo evidente que el líder del PP tiene un problema de auctoritas, no de oportunidad. 

El rincón de la historia

Sbado, 15 Noviembre 2008

No cabe duda de que el viaje de Rodríguez Zapatero a la Casa Blanca, cuando Bush está a punto de abandonarla al extremo de una presidencia que probablemente pasará a la historia como la peor de todas y cuando los demócratas de Obama han obtenido una descomunal y significativa victoria, tiene un regusto de vindicta para el actual presidente del Gobierno español, que sacó las tropas de Irak para atender una reclamación explícita de la ciudadanía española, que a este fin le dio su confianza aquel ya remoto 14 de marzo de 2004.

 Aznar trató de justificar en su momento la foto de las Azores con el argumento de que pretendía sacar a España del rincón de la historia. El viernes, la vicepresidenta Fernández de la Vega utilizó legítimamente la misma frase para describir los esfuerzos del gobierno encaminados a ocupar el lugar destacado que este país merece en las estructuras internacionales de poder que rigen realmente los destinos de la humanidad. Esfuerzos que van rindiendo trabajosamente frutos, y entre ellos esta presencia en la Conferencia de Washington.

Es una puerilidad que a estas alturas Aznar pretenda reivindicar al desacreditado Bush porque cualquier mediano entendedor comprenderá que el inefable artículo publicado también el viernes por el expresidente en “Le Figaro” es en realidad una autojustificación con la que quiere ahuyentar el espectro de sus abultados errores, los que enviaron fulminantemente al PP a la oposición en 2004. Como lo es también que los ‘neocons’ españoles, deprimidos seguramente por el naufragio de sus conmilitones americanos, acusen a Zapatero de haber “perdido la dignidad nacional”. Tales reacciones, aisladas y chirriantes,  no hacen más que dificultar a Rajoy el desempeño de un papel airoso en este asunto. Porque no es fácil para el líder de la oposición contribuir patrióticamente a la restauración de la imagen de España en el exterior sin reconocer al mismo tiempo el histórico patinazo de su propio partido.

En cualquier caso, carece de sentido que sigamos haciendo de las antiguas vicisitudes de la política exterior un potente argumento del debate político interior. Concluido el mandato del mediocre Bush y enterradas con él las alucinaciones de sus ultraliberales de cabecera, lo lógico es que este país recupere sus grandes claves internacionales –pertenencia a Europa, potente vector iberoamericano, gran interés por el Mediterráneo, estrechamiento del vínculo trasatlántico- e intente, en un esfuerzo unánime, acentuar su presencia internacional, que es todavía exigua por la sencilla razón de que hemos colmado nuestro atraso histórico en poco tiempo, lo que nos ha privado de algunas oportunidades (conviene recordar en 1973, cuando se crea el G-7, España era un país subdesarrollado y receptor todavía de cooperación internacional).

Esta unanimidad que ahora se impone no tiene en fin por qué pasar factura a Rajoy sino al contrario: la opinión pública conservadora entenderá, llegado el caso, la valentía y el arrojo que requiere recuperar el pulso después del alocado viaje a las Azores, que nos dejó en un lugar excéntrico y vacío.