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Reglas democráticas

Lunes, 4 Mayo 2009

En la década de los ochenta, tuvo lugar en Europa un debate sobre los límites de la democracia a raíz de unos fondos estatales suecos destinados a adquirir acciones de empresas privadas: aquella medida socialdemócrata dificultaba la alternancia, toda vez que los futuros gobiernos no podrían revertir la medida; la señora Thatcher hizo campaña en contra de aquellas solapadas actuaciones que, a su entender, podía impedir el regreso de los liberales al poder en Suecia. y es que, en efecto, la democracia, para serlo, debe ser reversible.

También es opinable la ortodoxia de un déficit público excesivo. Enajenar los presupuestos futuros de forma exagerada priva de autonomía a los gobiernos del porvenir, que han de acatar irremediablemente las pautas impuestas por los anteriores. Las gigantescas inversiones de Gallardón en Madrid, que habrán de financiarse durante un cuarto de siglo, serían un mal ejemplo en este sentido.

Mucho más claro y concreto es el fraude de ley que ha cometido Ibarretxe antes de perder el Gobierno de Euskadi. Apresurar el gasto presupuestario hasta casi agotar  las disponibilidades en cuatro meses para atar de pies y manos al nuevo Gobierno que tomará posesión esta semana constituye una falta democrática grave que corrobora las mayores sospechas sobre la dudosa pulcritud democrática del “movimiento nacional” que cree ser el PNV. 

Mal momento para releer a Friedman

Viernes, 31 Octubre 2008

La Fundación del Partido Popular que preside el ex presidente Aznar acaba de presentar una reedición de la célebre obra de Milton y Rose Friedman “Libertad de elegir”, publicada en 1980. Con  motivo de tal presentación, a la que asistió un hijo de los autores, David Friedman (un teórico anarcocapitalista por cierto, que ha radicalizado las ideas de sus progenitores), Aznar, poco sutil últimamente, deslizó algunas opiniones gruesas e impertinentes sobre la vigencia de las ideas de uno de los gurús del neoliberalismo.

Milton Friedman es el más genuino representante de la Escuela de Chicago, en cuya universidad enseñó durante tres décadas, hasta 1976, año en que recibió el Premio Nobel de Economía. La mencionada Escuela representó en el terreno teórico la corriente liberal y monetarista que encabezó la reacción a las políticas económicas anticíclicas preconizadas por Keynes. Y en lo político, supuso la propuesta de sustitución de los criterios intervencionistas del New Deal actualizados por Galbraith, discípulo de Keynes,  y el impulso a la desregulación de los mercados y a la reducción del Estado a la mínima expresión, de forma que la “mano invisible” de Adam Smith pudiera asignar libérrimamente los recursos, sin intervención política alguna. Friedman fue asesor económico de los presidentes republicanos Richard Nixon y Ronald Reagan, y colaboró con el gobierno de Margaret Thatcher.  Sobre él se ha tejido una leyenda negra –quizá porque visito el Chile de Pinochet en 1975- que no responde a la realidad: Friedman fue liberal pero no insensible a la desigualdad, e ideó algunos mecanismos, como el “impuesto negativo” o el “cheque escolar”, para lograr la igualdad de oportunidades y combatir la pobreza.

Dicho esto, es claro que han sido precisamente los excesos desreguladores y ultraliberales inspirados por los teóricos del neoliberalismo anglosajón –Friedman y Hayek principalmente- los que han provocado la actual y profunda crisis financiera, que a su vez ha engendrado una grave recesión económica. No deja de ser significativo que el Premio Nobel de este año haya sido otorgado a un conspicuo neokeynesiano, Paul Krugman, quien está proponiendo que, una vez estabilizado el sistema financiero mundial mediante la intervención pública, se enfrente la crisis económica mediante inversiones públicas que ceben la bomba de la inversión privada, aunque ello haya de hacerse con cargo al déficit… Y el también Premio Nobel de Economía (1970) Paul A. Samuelson acaba de efectuar el definitivo y duro diagnóstico sobre la situación: “en el fondo del caos financiero, el peor en un siglo, encontramos el capitalismo libertario del laissez-faire, que predicaban Milton Friedman y Friedrich Hayek, al que se permitió desbocarse sin reglamentación. Ésta es la fuente primaria de nuestros problemas de hoy. Hoy estos dos hombres están muertos, pero sus envenenados legados perduran”.

Tiene escaso sentido atribuir “responsabilidades políticas” a los economistas y a los intelectuales que, con esfuerzo y dedicación, han elaborado teorías y propuestas que conducen a resonantes fracasos. Pero sí es razonable alentar el debate ideológico para que quede de manifiesto quién acertó y quién no en la búsqueda de los mejores caminos para el futuro. Si así se hace, se llegará seguramente a la conclusión de que el actual es un mal momento para leer o reeditar a Friedman, y lo es todavía más para elogiar acríticamente su obra, cuyas grandes tesis han inspirado el actual naufragio.