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Apatía frente a Europa

Martes, 24 Marzo 2009

Bruselas ha comenzado a movilizarse ante las elecciones europeas de junio, que en España se celebrarán el día 7 de ese mes. El temor de los euroburócratas es, como cada cinco años, la abstención, es decir, el efecto del desinterés que suscita la Unión Europea entre las sociedades nacionales. La abstención batió precisamente récords en las pasadas elecciones de 2004: sólo votó el 45,6% del censo de los Veintisiete, en gran medida a causa de la baja participación en los nuevos socios del Este. En España, la participación fue de sólo el 45,1%.

Los argumentos para instar la participación son sólidos: cuando entre en vigor el Tratado de Lisboa, el Europarlamento poseerá muchas más competencias que los parlamentos nacionales. Y la crisis tiene menores efectos sobre los países periféricos –Irlanda, por ejemplo- gracias a la moneda única. “Si Irlanda no es Islandia (país destrozado por la crisis) es gracias a la UE y al euro”, ha dicho con razón el presidente de la Eurocámara, Hans Gert Pöttering. Pero la verdad es que hay pocos alicientes para interesarse por unas instituciones poco o nadad transparentes que no han conseguido ni siquiera resultar noticiosas en los países miembros de la Unión.

Por añadidura, la Unión Europea está actualmente en el alero. El Tratado de Lisboa, que debía haber entrado en vigor el pasado 1 de enero, fue firmado por los países miembros el 13 de diciembre de 2007 y era una versión menos ambiciosa de la fallida Constitución Europea de 2004, que naufragó en varios Estados. Sin embargo, como es sabido, Lisboa embarrancó en el “no” irlandés en el referéndum de junio del pasado año. Y no hay todavía una nueva convocatoria, de la que depende la entrada en vigor del Tratado.

Ciertamente, la Unión ha mitigado relativamente la crisis en los países miembros; sin embargo, bien a la vista está que ha faltado arrojo para adoptar medidas comunes de relieve y que, a pesar de que el euro es una garantía de solvencia, las instituciones en que se apoya la moneda única son frágiles y tienen escasa iniciativa. La potente respuesta de los Estados Unidos a la recesión no tiene parangón en Europa.

Así las cosas, tampoco los grandes partidos tienen interés en hacer pedagogía. Entre nosotros, PP y PSOE, miembros de sendas internacionales, no parecen estar preparando grandes discursos europeístas. Saben, en el fondo, que se juegan más aquí dentro que en Europa. Porque hasta ahora, las elecciones europeas han presagiado lo que ocurriría en las siguientes elecciones generales, aunque han errado en la correlación de fuerzas. En las europeas de 1994, el PP ganó al PSOE con casi diez puntos de diferencia, y sin embargo en las generales de 1996, el PP sobrepasó al PSOE en poco más de un punto.

Hemos, pues, de esperar que la precampaña y la campaña electorales sean como es habitual un forcejeo de política interna. López Aguilar y Mayor Oreja, candidatos del PSOE y del PP, harán retórica europea con los ojos puestos en la crisis española. Y si éste es el panorama, ¿qué razones tendremos los ciudadanos para vencer la apatía e ir a votar? 

Vacilante Europa

Viernes, 12 Diciembre 2008

Europa ha llegado al fondo de la gran crisis económica y financiera en estado de grave postración. La paralización del Tratado de Lisboa por el ‘no’ irlandés en el pasado referéndum ha abortado las reformas que debían dar cierta coherencia interna a una inmanejable Unión a Veintisiete que todavía se rige con las pautas anteriores a la gran ampliación.

Finalmente, Irlanda ha aceptado celebrar un nuevo referéndum antes de que transcurra un año pero, por desgracia, se le han hecho una serie de concesiones que lesionan seriamente el proyecto de reforma: de entrada, se mantendrá un comisario por país, lo que supone renunciar a uno de los logros de la cumbre de Niza del 2000 en la que se acordaron los principales avances organizativos (en Lisboa quedó pactado que habría un número de comisarios igual a los dos tercios de los países miembros, es decir ,18 en la actualidad); se pretendió entonces hacer más operativa y dinámica la Comisión y sobre todo poner fin a la impresión de que cada comisario, más que defender los intereses europeos, es el representante nacional de su Estado de procedencia. Además, se ha garantizado a los irlandeses algunos privilegios que amenazan otros aspectos de la integración: no quedará afectada su proverbial neutralidad, ni se le impondrá una armonización fiscal (podrá mantener su reducidísimo impuesto de sociedades, con el que a juicio de muchos realiza competencia desleal a otros países), ni, por supuesto, se le obligará a realizar determinadas reformas en la regulación del aborto que chocarían con sus convicciones ultracatólicas.

Esta desagregación explica la falta de ímpetu con que Europa reacciona ante la crisis, al contrario de lo que ya han conseguido los Estados Unidos a pesar de hallarse en medio de una delicada transición. En esta ocasión, la pusilanimidad llega desde Alemania, país en que los desarbolados socialdemócratas y la remisa cristianodemócrata Merkel han llegado a un completo acuerdo sobre la necesidad de mantener a toda costa la ortodoxia, es decir, de no recurrir al déficit para reactivar la economía. El ministro alemán de Finanzas, el socialdemócrata Peer Steinbrück, ha criticado que otros países “tiren miles de millones” en planes de reactivación económica poco meditados en “un grosero giro al keynesianismo”. Alemania, aislada por la pinza que ante la emergencia económica han establecido Sarkozy y Brown, ha criticado además muy agriamente la decisión británica de reducir el tipo máximo de IVA en el Reino Unido (del 17,5% al 15%), lo que representa un impulso fiscal de unos 17.000 millones de euros en ese país.

En definitiva, los expertos piensan que el plan europeo, que movilizará el 1,5% del PIB de los Veintisiete (unos 200.000 millones de euros, 170.000 por los Estados miembros y unos 30.000 por la Comisión) no resultará suficiente si no cuenta con el ímpetu inversor de Alemania, que sigue siendo obviamente la locomotora de Europa. Podría darse la paradoja de que, puesto que Alemania es el principal exportador de la Unión, fueran sus socios quienes pagaran indirectamente la reactivación alemana.

La manifiesta ruptura del eje franco alemán, sustituido por un acercamiento París-Londres, es en esta ocasión una mala noticia. La locomotora alemana fue pieza clave en la construcción de la actual Unión Europea y en el fuerte desarrollo de las últimas décadas que tanto ha beneficiado a España. De ahí que el autismo alemán en esta hora sea un pésimo presagio para quienes confiamos aún en la capacidad de las instituciones comunes para ponerse al frente de la reactivación.