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¿Turquía en la Unión Europea?

Martes, 7 Abril 2009

Obama acaba de  marcar en Turquía los nuevos vectores de las relaciones de los Estados Unidos con el mundo islámico. Si Bush, afectado por el terrible zarpazo de Al Qaeda, no pudo impedir que la lucha contra el terrorismo islamista acabara incluyendo una cierta criminalización del islamismo, Obama ha regresado a los parajes de la comprensión y la racionalidad al distinguir, siquiera retóricamente, entre el mundo musulmán y la expresión fanática y violenta del islamismo integrista. “La relación de Estados Unidos con los musulmanes no puede estar y no estará sometida a nuestra oposición a Al Qaeda”.

Es claro que esta esperada rectificación de la diplomacia norteamericana al llegar al poder los demócratas –y a su frente una personalidad tan potente con el presidente Obama- aproxima a Occidente a las tesis de la Alianza de Civilizaciones, un valioso ensayo político, intelectual y cultural planteado por Zapatero y Erdogan, que forman un expresivo antagonismo –laicismo frente a confesionalidad moderada- cuya alianza representaría precisamente el posibilismo que ha enunciado Obama. Turquía es, en efecto, la piedra de toque de la hipótesis manejada por la nueva administración USA: si el islamismo moderado del partido turco en el gobierno, el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), acaba siendo compatible con los cánones democráticos e ideológicos de Occidente en general y de la Unión Europea en particular, se habrá demostrado que es posible en la práctica la convivencia en paz de países islámicos y laicos en el seno de la comunidad internacional.

Pero seamos realistas: Turquía no es todavía una democracia homologable con nuestros regímenes, y aún no cumple ni de lejos los estrictos criterios de Copenhague, adoptados por la UE en 1993 y que establecen que el Estado que aspire a la admisión en el restringido club debe poseer unas instituciones que preserven la gobernabilidad democrática y los derechos humanos, una economía de mercado en funcionamiento, además de aceptar las obligaciones e intenciones de la UE. El déficit democrático turco es muy notorio, tanto en lo referente a la institucionalización del régimen representativo cuanto en lo tocante a las libertades y derechos civiles. Pero el problema no es sólo la acomodación de Turquía a los cánones exigidos sino una cuestión de fondo: la de si la confesionalidad es o no compatible con la democracia.

En un régimen democrático, la soberanía popular es dueña de su destino. En un régimen confesional, teocrático, la soberanía se pliega al dogma, que ha de quedar al margen del debate. Así las cosas, la posibilidad de que Turquía se deslice hacia la democracia occidental dependerá de su capacidad para abandonar la confesionalidad. De hecho, Erdogan acaba de ofrecer consenso a los partidos laicos para la reforma constitucional en ciernes. Habrá que ver si esta generosidad alcanza a las materias más sensibles –el papel de la mujer en la sociedad islámica, inaceptable para occidente, por ejemplo- o si se limita a lo accesorio, sin alcanzar al fondo del asunto. 

Todo lo anterior conduce irremisiblemente hacia un corolario bastante obvio: es posible que se consigan fórmulas de coexistencia pacífica y fecunda entre regímenes confesionales y laicos pero es imposible que aquéllos y éstos se integren estrechamente en tanto la racionalidad positivista no se imponga a la fe dogmática e incontestable. De ahí que, de momento, carezca incluso de sentido plantear si Turquía debe o no ser admitida en la Unión Europea. 

Poca Europa contra la crisis

Domingo, 22 Marzo 2009

Paul Krugman ha resumido en un artículo certero su impresión sobre la evolución de la crisis en Europa tras su viaje a España de la pasada semana. A su juicio, que no es en este caso radical sino muy matizado, la Unión Europea tendrá más dificultades que los Estados Unidos para remontar la recesión por dos razones claras: una, está aplicando una terapia cuantitativamente más liviana que la que ha puesto en marcha Obama en USA; dos, a la Unión Europea le faltan las instituciones fuertes y la capacidad de liderazgo que sí pueden exhibir los Estados Unidos.

Efectivamente, los recursos que ha movilizado el gobierno norteamericano contra la crisis, y que son aplicados tanto en políticas de oferta –reducciones de impuestos- como de demanda –inversiones productivas directas-, son muy superiores a los europeos, que se han cifrado en el 3,6% del PIB, porcentaje que incluye tanto las actuaciones anticrisis cuanto las políticas sociales que mitigan sus efectos entre la población.

Ante esta timidez colectiva, es lógico que los Estados nacionales europeos sean remisos a actuaciones unilaterales que obliguen a incrementar exageradamente los déficit y cuyos resultados revierten más en otros países que en el propio. Así por ejemplo, las ayudas directas españolas a los fabricantes de automóviles, que exportan el 85% de la producción a Europa, sirven para mantener aquí el empleo pero en realidad benefician sobre todo a los consumidores de los países que importan el grueso de nuestra producción.

Además, la debilidad del engrudo interno de la Unión Europea y la falta de un liderazgo sólido no sólo impiden la adopción de medidas más intensas sino que redundan en la debilidad de las instituciones comunitarias. El Banco Central Europeo, por ejemplo, no disfruta del respaldo político incuestionable que sí tiene en Norteamérica la Reserva Federal.

Krugman destaca en cambio el efecto benéfico del Estado de Bienestar europeo, que no sólo mitiga el sufrimiento de los ciudadanos –mucho más protegidos que en Estados Unidos- sino que mantiene también elevado el consumo, ya que aporta recursos a los desempleados y a la población pasiva.

Con respecto a España, Krugman destaca con razón que nuestro país, en el que se ha hundido un sector construcción sobredimensionado,  deberá implementar nuevas fuentes de actividad y empleo que compensen la reducción de dicho sector que inexorablemente tendrá lugar cuando se produzca su estabilización. España necesita menos de 400.000 nuevas viviendas anuales y no 750.000, las que se construían hasta la crisis.

Estas tesis deberían mover a la reflexión. Porque ponen de manifiesto que tan importante como actuar directamente contra crisis es contribuir al fortalecimiento de la Unión Europea y, sobre todo, avanzar en la generación de nuevas actividades de alto valor añadido que reduzcan en lo posible el presagio de que España tardará más que los países del entorno en salir del pozo. 

Vacilante Europa

Viernes, 12 Diciembre 2008

Europa ha llegado al fondo de la gran crisis económica y financiera en estado de grave postración. La paralización del Tratado de Lisboa por el ‘no’ irlandés en el pasado referéndum ha abortado las reformas que debían dar cierta coherencia interna a una inmanejable Unión a Veintisiete que todavía se rige con las pautas anteriores a la gran ampliación.

Finalmente, Irlanda ha aceptado celebrar un nuevo referéndum antes de que transcurra un año pero, por desgracia, se le han hecho una serie de concesiones que lesionan seriamente el proyecto de reforma: de entrada, se mantendrá un comisario por país, lo que supone renunciar a uno de los logros de la cumbre de Niza del 2000 en la que se acordaron los principales avances organizativos (en Lisboa quedó pactado que habría un número de comisarios igual a los dos tercios de los países miembros, es decir ,18 en la actualidad); se pretendió entonces hacer más operativa y dinámica la Comisión y sobre todo poner fin a la impresión de que cada comisario, más que defender los intereses europeos, es el representante nacional de su Estado de procedencia. Además, se ha garantizado a los irlandeses algunos privilegios que amenazan otros aspectos de la integración: no quedará afectada su proverbial neutralidad, ni se le impondrá una armonización fiscal (podrá mantener su reducidísimo impuesto de sociedades, con el que a juicio de muchos realiza competencia desleal a otros países), ni, por supuesto, se le obligará a realizar determinadas reformas en la regulación del aborto que chocarían con sus convicciones ultracatólicas.

Esta desagregación explica la falta de ímpetu con que Europa reacciona ante la crisis, al contrario de lo que ya han conseguido los Estados Unidos a pesar de hallarse en medio de una delicada transición. En esta ocasión, la pusilanimidad llega desde Alemania, país en que los desarbolados socialdemócratas y la remisa cristianodemócrata Merkel han llegado a un completo acuerdo sobre la necesidad de mantener a toda costa la ortodoxia, es decir, de no recurrir al déficit para reactivar la economía. El ministro alemán de Finanzas, el socialdemócrata Peer Steinbrück, ha criticado que otros países “tiren miles de millones” en planes de reactivación económica poco meditados en “un grosero giro al keynesianismo”. Alemania, aislada por la pinza que ante la emergencia económica han establecido Sarkozy y Brown, ha criticado además muy agriamente la decisión británica de reducir el tipo máximo de IVA en el Reino Unido (del 17,5% al 15%), lo que representa un impulso fiscal de unos 17.000 millones de euros en ese país.

En definitiva, los expertos piensan que el plan europeo, que movilizará el 1,5% del PIB de los Veintisiete (unos 200.000 millones de euros, 170.000 por los Estados miembros y unos 30.000 por la Comisión) no resultará suficiente si no cuenta con el ímpetu inversor de Alemania, que sigue siendo obviamente la locomotora de Europa. Podría darse la paradoja de que, puesto que Alemania es el principal exportador de la Unión, fueran sus socios quienes pagaran indirectamente la reactivación alemana.

La manifiesta ruptura del eje franco alemán, sustituido por un acercamiento París-Londres, es en esta ocasión una mala noticia. La locomotora alemana fue pieza clave en la construcción de la actual Unión Europea y en el fuerte desarrollo de las últimas décadas que tanto ha beneficiado a España. De ahí que el autismo alemán en esta hora sea un pésimo presagio para quienes confiamos aún en la capacidad de las instituciones comunes para ponerse al frente de la reactivación.

La Santa Sede no está sola

Mircoles, 3 Diciembre 2008

La Santa Sede ha saltado como un resorte a oponerse a la iniciativa de la presidencia francesa de la Unión Europea sobre homosexualidad: como es conocido, Sarkozy ha impulsado la propuesta a la ONU de que esta institución supranacional pida a los gobiernos de todo el mundo que despenalicen la homosexualidad.

El principal argumento aportado por el Vaticano para fundamentar su negativa es pintoresco: “se crearían nuevas e implacables discriminaciones”. Efectivamente, los homófobos quedarían en evidencia, serían arrastrados por la marea de la tolerancia y el respeto, incluso sería posible que quien predicara dolosas exclusiones y represiones tuviera que responder de su intransigencia. Adviértase en todo caso que la propuesta europea es extraordinariamente blanda y de bien poco calado ideológico: sólo se sugiere que cese la represión penal de los homosexuales.

El portavoz vaticano que ha explicado la posición papal, monseñor Lombardi, ha destacado por su parte que “menos de cincuenta Estados miembros de Naciones Unidas se han adherido a la propuesta y más de 150 no se han adherido: la Santa Sede no está sola”. Así es en efecto: como afirma hoy el periodista Enric González en memorable artículo, el Vaticano está en compañía de países como Afganistán, Irán, Arabia Saudí, Sudán o Yemen, donde se ejecuta a los homosexuales. Ya se sabe: todos los fanatismos se parecen como una gota de agua a otra gota de agua. 

El plan de choque

Lunes, 24 Noviembre 2008

La cumbre de Washington representó el explícito reconocimiento internacional de que, tras el colapso del sistema financiero y el desencadenamiento de una crisis económica globalizada sin precedentes, hay que movilizar a las instituciones económicas y a los sectores públicos de todos los países para  combatir la recesión y estimular la actividad. Los Estados Unidos, por su parte, han habilitado en primer lugar grandes cantidades de recursos para proceder al ‘rescate’ de los bancos dañados y, a continuación, las administraciones de todo el mundo han emprendido actuaciones que serán tanto más eficaces cuanto mejor coordinadas estén unas con otras. Es evidente que estas determinaciones constituyen un serio golpe al neoliberalismo, que se ha estrellado en sus propios excesos neocon, y un retorno al ‘New Deal’ de Roosevelt y Keynes, pero estas sutilezas ideológicas tienen sólo un sentido testimonial en esta hora en que el pragmatismo debe impregnarlo todo para resolver un estricto problema de supervivencia.

De ahí que la Comisión Europea vaya a presentar el miércoles un plan de choque basado en tres ejes: coordinación de las acciones de los Estados miembros, aumento significativo de los recursos del Banco Europeo de Inversiones y modificación de los reglamentos de los fondos de cohesión para agilizar los pagos a los Estados que los reciben. Tras la cumbre de Washington, el FMI recomendó a la UE que destinara a la reactivación el 2% del PIB europeo, pero Alemania, muy pusilánime, se ha mostrado remisa; no acepta que la movilización de recursos supere el 1% del PIB, es decir, unos 130.000 millones de euros, porque no quiere aportar más a las arcas europeas. En cualquier caso, esta inyección es superior en envergadura al presupuesto anual de la UE (110.000 millones de euros). El éxito real del Consejo Europeo dependerá sin embargo de la sintonía que alcancen franceses y alemanes (hoy se reúnen en París Sarkozy y Merkel). Evidentemente, la inyección de recursos al sistema económico puede plantearse de dos maneras: mediante reducciones fiscales y a través de inversiones productivas directas. La mayor parte de los Estados harán ambas cosas a la vez; así por ejemplo, Obama ha anunciado reducciones de impuestos que beneficien a las clases medias y un vasto plan federal de reconstrucción que modernice las vetustas infraestructuras de transporte de su país. Las reducciones fiscales son instantáneas y las inversiones productivas requieren una preparación –confección del proyecto, licitación, etc.- aunque son más eficaces que aquéllas en la reactivación. El jueves, a su regreso de Bruselas, Rodríguez Zapatero anunciará el plan español en el Congreso de los Diputados, que probablemente incluirá actuaciones de las dos clases. 

En los años de bonanza, España ha conseguido, además de superávit público, reducir la deuda al 38% del PIB, uno de los porcentajes más bajos de la UE y muy alejado del límite del 60% marcado por el pacto de estabilidad. En consecuencia, hay margen para que nuestro país afronte con audacia las consecuencias más terribles del crecimiento negativo, el paro en primer lugar, mediante actuaciones positivas, combinadas con la congelación de los gastos corrientes, aunque ello nos obligue a rebasar el límite marcado del déficit anual, que es del 3% del PIB. Frente a quienes –todavía- apuestan por la ‘austeridad’, es llegado el momento de la inversión rigurosa y abundante. En el bien entendido de que estamos en circunstancias excepcionales que no se superarán sin la debida coordinación entre las grandes economías y contra las que hay que aplicar asimismo acciones psicológicas: el liderazgo de los principales actores es fundamental para que disminuyan la retracción de los consumidores y la prudencia de los empresarios. La irrupción de Obama, que infunde un mensaje de optimismo en la escena mundial, puede contribuir decisivamente a lograr estos objetivos.

En el terreno propiamente español, esta confianza  se alcanzaría mejor si, como piden los agentes sociales, se lograra un pacto político. El consenso facilitaría sin duda la activación de los mercados pero tampoco es indispensable. Entre otras razones, porque la opinión pública sabe perfectamente que el margen de discrecionalidad del Gobierno en la gestión de la crisis es limitado y que las diferencias PP-PSOE en este asunto son más retóricas que reales.