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Chacón: mujeres en política

Mircoles, 25 Marzo 2009

Parece inocultable que, como la propia Chacón reconoció, ha habido algún “equívoco” en el anuncio de la salida de nuestras tropas de Kosovo; salida inexorable desde que España decidió no reconocer al nuevo Estado, en contra de la opinión de las principales potencias de la Alianza Atlántica.  Por impericia o por alguna otra causa, una medida lógica y previsible, reclamada además desde hace tiempo por la principal fuerza de oposición, se ha vuelto contra el Gobierno por el desacierto en las formas: no se previó que la falta de una cocina previa en los centros de poder adecuados –el Departamento de Defensa USA y la propia OTAN- generaría un ostensible malestar.

Pero el contratiempo experimentado por la ministra de Defensa, debatido con fruición en el Parlamento y en los medios, ha adquirido pronto una nueva dimensión, la de género. Personalidades políticas –Trinidad Jiménez- y periodistas experimentadas –Aurora Mínguez- han manifestado sin ambages que el alcance descomunal del rapapolvo que ha merecido la ministra Chacón por el incidente se ha debido a su condición de mujer. Mínguez, radicada en Berlín y muy atenta a las dificultades que experimenta Merkel por esta causa, ha hablado directamente de que “el asunto de fondo es el placer extraordinario que se experimenta al hincarle el diente a una mujer que brilla en política”.

El asunto es delicado porque su valoración exige un equilibrio nada fácil de conseguir: es evidente que Chacón se precipitó en su anuncio pero también lo es que ha recibido por ello un castigo exagerado. Asegura Mínguez que, en contra de lo que parecería a los lectores de los medios españoles, el incidente ni siquiera ha asomado a la prensa europea o norteamericana. Y a ello habría que añadir el hecho de que Chacón esté siendo observada con una atención que desde luego no merecen sus colegas masculinos: la imagen de una ministra de Defensa embarazada pasando revista a la fuerza, tan insólita, no ha acabado de ser digerida por un sector de la opinión. Quien firma estas líneas ha podido constatar el estupor y perplejidad que suscita en las Academias Militares la presencia de una mujer al frente de los Ejércitos, así como la intensidad de los debates sobre su idoneidad. Ciertas formas sutiles de machismo basadas en estereotipos ancestrales son muy difíciles de erradicar.

La existencia de cuotas no facilita la ecuanimidad ya que da alas a los escépticos para atribuir a este supuesto privilegio la ubicación de la mujer en puestos de responsabilidad. Tal paradoja no tiene remedio, y su existencia no es bastante para desacreditar la paridad. Pero quienes estamos convencidos de que la erradicación de todas las discriminaciones es un objetivo de justicia irrenunciable debemos hacer un esfuerzo de razón y de voluntad para liberarnos de todas las adherencias accesorias a la hora de valorar la acción política de las ministras, de las mujeres aupadas a cargos públicos. Como mínimo, deberemos asegurarnos de que la crítica no está sesgada a causa de factores o elementos externos a la cuestión de que se trate. 

El hecho de que la violencia de género sea tan difícil de erradicar –los esfuerzos jurídicos y gubernativos no reducen significativamente el número de muertes por esta causa- da idea de la dificultad que entraña extirpar ciertas creencias viejas de la corteza de las convicciones colectivas. Esa violencia no es ajena, obviamente, al filtro deformante con que se observa a las mujeres en política, asunto en que la igualdad razonable tiene todavía mucho terreno por conquistar.