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Sin oficio ni beneficio

Cada vez está más claro que el Atlético es un grande de mentira. Le tratamos como el tercer equipo de nuestro fútbol pero sólo por afición y presupuesto. Sus méritos deportivos cayeron en el olvido hace muchos años y su estigma de ‘pupas’ le ha imbuido en un conformismo que no le permite progresar. Basta ya de decir aquello de que este equipo es único porque es capaz de lo mejor o lo peor. El Atlético es un club venido a menos que todavía no se ha frotado los ojos para darse cuenta de sus verdaderas aspiraciones. Y éstas, precisamente, no son de Champions. El ridículo de El Sardinero es la enésima prueba de la sempiterna incongruencia de este club. No es posible que los mismos futbolistas que arrollaron al Barcelona, intimidaron en el Bernabeu y remontaron al Villarreal, la caguen de una manera tan descarada. Es intolerable que un equipo que debe luchar hasta morir por entrar en Europa la próxima temporada, salga al campo con un pasotismo exasperante, como si la cosa no fuera con él. Se puede perder de mil maneras pero nunca se debe hacerlo como anoche. Su hinchada no se lo merece.

El nudo gordiano de esta crisis permanente trasciende del vestuario. No existe un referente ni en el consejo directivo ni en la dirección deportiva, y menos en el banquillo. Enrique Cerezo nunca ha entendido las necesidades del equipo; Gil Marín sigue sin explicar en público cuál es su verdadera función; el director deportivo, García Pitarch, propone mediocridades, tal vez debido a que las tarjetas de crédito del club están agotadas y Abel Resino no ha logrado alentar a unos jugadores que se cansaron de Aguirre y que van camino de hartarse del nuevo.

Delante de tantos desmanes hay una plantilla descabezada, sin ganas ni compromiso alguno y con ansias de resolver su futuro cuanto antes. Porque tres cuartas partes de la plantilla  son transferibles y lo peor es que el club no ha diseñado ninguna ‘hoja de ruta’. Con una cantera despreciada, los fichajes del próximo verano procederán de ligas europeas inferiores y si acaso, vendrá alguno que despunte en Argentina, Holanda o Francia. El futuro del Atlético está encomendado al azar. Si suena la flauta y los nuevos lo hace bien, quizá el equipo se meta en la siguiente Champions, pero si el resultado es el de casi siempre, entonces la afición volverá a resignarse desconsolada y perdonará a su equipo, como un padre perdona a su hijo por una trastada.  Esto es lo que significa ser del Atlético de Madrid.

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