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Laporta y su Barça

Ni la agencia de Mortadela y Filemón que ronda Can Barça ni los ríos de tinta que quedan por escribir sobre la sibilina vida mujeriega del president, chafarán el epílogo presidencialista del hombre que se ha atrevido a frivolizar con el barcelonismo, y no una ni dos sino infinidad de veces. Laporta ha entrado en la recta final de su mandato y si sus enemigos públicos no pergeñan planes maquiavélicos a contrarreloj, paradójicamente el taimado ‘Jan’ se  levantará del trono habiendo sido el único en la historia azulgrana en terminar su presidencia. El dato es demoledor: en ciento diez años de historia ningún presidente ha podido cumplir su mandato, bien por decisiones personales o presiones externas. Sin duda, es un matiz que hay que tener en cuenta si la excepción es Laporta.

Los creadores de la legendaria saga televisiva Dallas nunca habrían imaginado tantas tramas con tantos personajes como las que ha protagonizado la cúpula directiva del Barça. El estruendo comenzó con el cisma de Sandro Rosell; continuó con las implicaciones franquistas del cuñado de Laporta; prosiguió con la moción de censura que estuvo a punto de descabezar el club; se agravó con la dimisión grupal de un puñado de directivos, entre ellos los guardias pretorianos del presidente, Ferrán Soriano y Marc Ingla; y ha terminado por calcinar la solemnidad de la junta con los espionajes entre bambalinas (supuestamente consentidos por el director general sin la aprobación del máximo mandatario). Por si fuera poco, Laporta ha tamizado toda esta sucesión de follones con su pregón visceral de catalanismo recalcitrante.

Para infortunio del presidente, nunca se ha desvanecido el sentimiento histórico del barcelonismo. Ése que nunca ha querido entender Laporta y cuya careta Més que un club se explaya allende Cataluña, a pesar del tufillo nacionalista que transpiran los actuales mandamases. Si al final es cierto que la Generalitat tiene una vacante para Laporta, entonces sus insinuaciones, aunque siempre  polémicas, no caerán en la fatuidad. Pero la responsabilidad de una entidad eminente como el Barcelona implica compromiso con su esencia, la que imprimen sus aficionados. Y es en este punto en el que al presidente se le puede tildar de tremebundo. Tanto idolatrar al soci catalán y resulta que se le han olvidado los millones de seguidores que no entienden catalán pero sí el barcelonismo. No, señor Laporta, su Barça no puede mirar de Cataluña hacia adentro.  Bueno, quizá su Barça sí, el de todos es universal.   

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