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El bueno del Bayer es Robben, no Ribery

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Y a Van Gaal le querían correr a gorrazos allá por noviembre. Así es, su Bayer daba tumbos en la Bundesliga y, cuando el presidente Rummenigge se había mentalizado con la Europa League (aderezo apetecible si venía acompañada de la liga), despertó el equipo en Turín y salvó la clasificación de Champions, mandando (todo sea dicho)  a la Juventus a la U.V.I. Desde entonces, Robben, que había sufrido un par de lesiones musculares leves, se olvidó de su rodilla de cristal y reclamó el liderazgo en detrimento de un disperso Ribery.

En navidades el Bayer se reenganchó definitivamente a su campeonato y, con un fútbol poco vistoso, dejó de regalar puntos en el Allianz Arena. Después, llegó febrero y el club no se obsesionó con la Champions, pues ganarla no era su obligación (ahora tampoco). El equipo salvó la ida de octavos ante la Fiorentina merced a un gol en clarísimo fuera de juego. En consecuencia, la funesta decisión del árbitro noruego Tom Henning enfureció a la ciudad de Florencia, que se levantó en armas para la vuelta. Y vaya si surgió efecto: a falta de veinte minutos el Bayer estaba eliminado, hasta que Robben comprendió que si Messi hacía diabluras, él también sabía unas cuantas. Así que cogió la pelotita en la línea de cal de la banda izquierda, la zona en la que le chifla jugar, e hizo su jugada por antonomasia: amagó por el exterior y cabalgó hacia dentro hasta localizar en su mirilla la portería contraria. Evidentemente, el gol fue repetido en toda Europa porque confirmó la vuelta de uno de esos genios dudosos (con un cuerpo fornido habría recogido el testigo de Van Basten, Gullit, Rijkaard,…).

Aquel trallazo a la Fiore disparó definitivamente a Robben. En la vuelta de cuartos, Old Trafford enmudeció con el que posiblemente sea el mejor gol de esta Champions. El zurdazo celestial del holandés volvió a salvar al Bayer, que ahora sí veía cerquita la final del Bernabeu. Pero lo mejor es que pocos días después la Bundesliga aclaraba el liderato con el Bayer-Schalke. Pues bien, o la defensa del Schalke fue muy torpe o Robben se hizo el sueco durante todo el partido para apostarlo todo a una carta, de otro modo no se entiende que el jugadorazo del Bayer volviese a clavar un gol con una jugada calcada cientos de veces. Él la intentó (qué otra cosa iba a hacer) y la consiguió. Así que Van Gaal había dejado al equipo donde se lo encomendaron, en lo más alto.

Y anoche, con la Bundesliga a punto de caramelo, el Bayer encaró la ida de las semis exultante por la gracia de Robben, el hombre al que el Madrid nunca otorgó galones de jefe. A lo mejor, si Robben se hubiese sentido importante en Chamartín, su estado de forma habría sido otro. La pena es que nunca lo sabremos, al no ser que a Florentino le entre un pronto y le repesque, ¿por qué no? El bueno del Bayer es Robben, no Ribery.

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