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La leyenda del indomable

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Raúl no ha aclarado su retirada. Y no porque le quede un año de contrato (con el pastizal que eso implica), sino porque no quiere buscar nuevas distracciones. Pocas veces se ha visto a un jugador tan entretenido en un entrenamiento, convocatoria o todo lo que huela a partido. A él le apasiona la táctica; le pirra el físico y se sobreexcita cuando le mandan al campo. Últimamente se ha sentado mucho en la banqueta, pero da igual: sufre más que cuando juega. Con Pellegrini tenía el acuerdo tácito de  gritar y mandar a los jugadores cuando el lance lo requería. Sí, Raúl no es uno más, es el otro special one.

Llega Mourinho, un tío que se expresa con brevedad y concisión; dice haber charlado ya con Raúl para darle su parecer. No me cabe duda de que esa conversación literal saldrá publicada algún día, pero todavía no. ‘Mou’ respeta al gran capitán, ¿cómo se le iba a ocurrir lo contrario?, y dejará que sea el ‘7’ quien ponga el compás de su colofón. Porque Raúl nunca molesta, ni siquiera cuando le incordiaron con Ronaldo, Owen, Baptista,…Siempre se ha prestado a los designios de los entrenadores y a los intereses del club. Cuando su idiosincrasia no congenió con la galaxia de Florentino, no tuvo reparos en manifestar que se largaría si el club lo convenía. No ha hecho falta, porque Raúl nunca ha estorbado. En su día (tristemente pretérito) fue el mejor porque él se lo creyó y desde hace tiempo se ha metamorfoseado en el personaje que urge en la plantilla: un compañero generoso en el esfuerzo y siempre cuadrado cuando la batalla lo requiere. Su último gol ante el Zaragoza, con esguince de tobillo incluido, evidencia sus prestaciones: las de ese Ferrari que anunció Fernando Hierro hace siglos.

Sin duda, el Ferrari desapareció, pero continuó un diesel de máxima fiabilidad. Raúl sigue gustando y se deja gustar por los entrenadores; aconseja y escucha a los advenedizos de la causa madridista; porfía en ganarse otra vez el puesto, a pesar de que ha perdido el reprís definitivo. En definitiva, Raúl recuerda al genial Paul Newman de La leyenda del indomable: aquel tío, orgulloso como  pocos en lo que creía, que aguantaba estoicamente todo lo que le echaran. En aquella película, Newman apostó que se comía cincuenta huevos en una hora y lo consiguió. Si Raúl espetase que aguantaba otras tres temporadas más, no vacilaría, seguro. Aunque nunca lo haría, sabe dónde termina su guión.

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