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Callar bocas

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Ahora resulta que Ibrahimovic es una castaña de jugador. El Barça se lo trajo hace un año y ya no le aguanta; al menos, Guardiola, quien nunca se encaprichó de él. O sea que si el sueco sale, bien por Pep…y también por el otro. El pomposo fichaje de David Villa no le hizo mucha gracia al sueco. Creía que su técnico le concedería una segunda oportunidad: qué menos para un jugadorazo que se ha salido en el Inter y que la temporada pasada se empachó de una buena tacada de goles en pocas jornadas. Pero debe haber un embrollo personal, o poco profesional, entre jugador y entrenador. Ibra no quiere largarse sin haber dejado antes un par de pinceladas y la dirección no va a mal vender a un tío con uno de los sueldos más altos de la historia culé. La solución es la cesión y a eso se ha prestado el Milan.

Y, precisamente, el Milan fue el invitado al Gamper de ayer. No fue a posta, el amistoso se cerró hace meses. Pero, claro, allí fue Adriano Galliani, negociador nato de operaciones imposibles a dos, tres, cuatro o incluso cinco bandas. El vicepresidente más ejecutivo de este mundillo debe seguir a esta hora reunido con Sandro Rosell para cerrar una cesión con cientos de cláusulas. Sin duda, Gallliani le habrá vendido a Ibrahimovic un proyecto faraónico con él como nuevo dios Rá. Sin embargo y a tenor de lo visto en el Camp Nou, el Milan sigue siendo una pléyade de vestigios memorables. Que no se engañe, Zlatan: jugará, sí, pero no en un equipo ganador.

Ese equipo ganador podía haber sido el Manchester City. Su jeque se ha obsesionado con montar un once exageradamente competitivo e Ibra podía haber sido el retoque final de ensueño. Adebayor da más problemas extradeportivos de los esperados y aunque Zlatan no sea una comparsa de vestuario, tiene ganas de callar bocas. Por de pronto, la de Guardiola.  

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