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Rooney se lo pierde

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Pues no debe hacer mucha falta Wayne Rooney. Él se ha quedado a gusto en el Manchester tras una absurda desventura y el Madrid se regodea por su pegada brutal: balón que dispara, balón que enchufa. Y eso que al delantero británico le habrían pirrado las fiestas orgiásticas de Mourinho. Podría parecer que el Madrid abusa de los peques; que ha tenido contrincantes poco serios, si acaso el taciturno Milan, y  que le urge un esparring serio para saber a lo que atenerse. Pero lo que es indiscutible es su ansia por reivindicar un esbozo de proyecto demoledor.

Sí, está de muy buen ver chotear a Depor, Málaga o Racing. Además, Mourinho, sin esperarlo tampoco, ha matado esos clichés absurdos que le asemejaban a Capello o cualquier entrenador ‘amarrategui’.  Después de sólo seis goles en cinco partidos, el portugués advirtió que alguno pagaría el canibalismo de sus chicos y resulta que los banquetes pantagruélicos se están convirtiendo en costumbre. No obstante, insisto, los festines tendrán gracia si el Madrid vuelve a ser, sencillamente, el Madrid de siempre en el Camp Nou. De momento, si Cristiano e Higuaín exageran su flirteo (hoy por ti y mañana por mí), las opciones del equipo son incalculables.

Por contra, el Barcelona no farda de eficacia, ni siquiera presume de una relación idílica entre sus delanteros (al pobre Villa no le entra nada). Sus victorias no sugieren titulares grandiosos, pero sí garantizan ese estilo exclusivo. Y eso que Guardiola está experimentando en cada partido combinaciones inimaginables: contra el Valencia el osado 4-3-3, al Copenhague le plantó el clásico 4-4-2 y en La Romareda se atrevió con tres defensas. Muchas variantes y todas ellas supeditadas a un único patrón: la eterna inspiración de Messi. Le pasa como a Cristiano: les repatea que les alejen de la portería. Sus instintos son de delantero centro. Y así se han dado cuenta Guardiola y Mou.

Capítulo al margen merece Di María. Vino con un tufillo de incertidumbre, de jugador promesa para equipos de medio pelo,  y con un puñado de cositas se ha ganado el respeto de su entrenador, que ya es bastante. Encima, es el único extremo nato de la plantilla, por lo que se antoja imprescindible. Y, por qué no decirlo, su escuela parece más brasileña que argentina; asiste con vaselinas, recurre mucho al zigzag y hace de cada control de balón un auténtico malabarismo. También tiene muy buena pinta.  

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