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Aquella manada de búfalos

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Todavía me acuerdo de la portada del MARCA de aquel agosto del 96. Ronaldo aparecía vestido de astronauta para dar colorido a la que fue considerada primera ‘Liga de las estrellas’; su vasta sonrisa delataba que por fin iba a jugar en un país a su medida. Holanda y el PSV los aborrecía de tal manera que acabó harto de Eindhoven y del club: allí no había vida juvenil para un chico de dieciocho años ni posibilidades para un talento sobrenatural. Y desde luego, sus méritos merecían un reto más competitivo que seguir goleando los domingos al Feyenoord, Utrecht o Vitesse. A todos menos al gran Ajax de Van Gaal, por entonces muy superior al resto. Pero daba igual, Ronaldo debía cambiar su traje barato por un esmoquin de gala, de Eindhoven a Barcelona para darse a conocer al mundo. Aunque por aquellas fechas, lejos de la fanfarria mediática y la persuasión de las chequeras, a Ronnie sólo le importaban sus goles.

Y fue en Barcelona donde el presidente Núñez, previo pago de 2.500 millones de pesetas, eclipsó las grandes bazas de Lorenzo Sanz. No había terminado la Liga del ‘doblete’ atlético, cuando el Madrid ya había pescado a Mijatovic y Suker.  Las exigencias de Capello eran capitales en un Madrid reseteado, mientras que el Barça buscaba un tótem que evitara la nostalgia popular por el extinto Dream Team. Ronaldo fue el elegido pese al recelo de ciertos directivos azulgranas que no olvidaban la huida del díscolo Romario; sabían que Europa le miraba con ojitos, pero también les preocupaba que tratar al brasileño con ínfulas de divo podía volatilizar el vestuario. Al principio no sucedió así: Ronaldo se hinchó a marcar goles, a cada cual más espectacular, y todo el planeta puso una cámara de televisión en el Camp Nou para no perder detalle de su nuevo crack. Su bestialidad ante el Compostela se vio desde Siberia hasta la Patagonia; al  Valencia le horadó el muro defensivo dos veces como una tuneladora y al Depor le tumbó en una jugada que empezó el brasileño precisamente sentado en el suelo. Parecía que el Barça también le quedaba pequeño porque, aparte de goles, arrasó en todas las competiciones salvo la Liga, que perdieron en el Rico Pérez, aunque sin él. No pudo apuntillar el campeonato porque Brasil le había reclamado para la Copa Confederaciones (aquel en el que Roberto Carlos le enchufó a Barthez un misil inteligente), aunque le traía sin cuidado: sus desavenencias con Núñez y Gaspart eran evidentes porque sus goles le habían colocado en una posición ventajosa para negociar un contrato más suculento…¡y eso que había fichado por ocho temporadas a razón de 250 kilos cada una!

A tenor de los acontecimientos posteriores Ronaldo nunca debió ser tan codicioso en el Barça; habría ganado mucho más dinero y títulos si hubiese permanecido allí. La Liga española no era el Calcio, aquí podía relucir su infinito potencial cuando se le antojaba. No obstante, tampoco es descabellado pensar que habría tenido más de un rifirrafe con Van Gaal, el sucesor pactado de Bobby Robson. Pero, tal como le pasó en el PSV, se declaró en rebeldía en Barcelona y el Inter casi tuvo que hipotecarse para pagar 4.000 millones. La historia de Italia guarda dos instantáneas legendarias: la primera expresa a Ronaldo en su máximo apogeo con tres amagos y un regate inolvidable al portero del Lazio Marchiegani en la final de la UEFA 98; la otra, la del contraste y aún más famosa, fue su llorera desconsolada en el Olímpico de Roma en abril del 2000 tras romperse el tendón de la rodilla. Sus lágrimas de dolor alertaban de un retiro prematuro, pero todo lo contrario: el fútbol todavía le debía rendir un tributo muy especial.

El lejano Oriente premió el afán de superación de Ronaldo. Con una rodilla casi biónica, Ronaldo ganó su primer Mundial, postergó para siempre su recuerdo convulso de la final de Saint Denis de Francia 98, y lo más trascendental, se encontraba a sí mismo en esa ‘manada de búfalos’ que tan acertadamente metaforizó Jorge Valdano. Paradójicamente, pudo haber vuelto al Barcelona de Gaspart, pero Moratti prefirió sacarle los cuartos a Florentino Pérez en su búsqueda del tercer ‘galáctico’ tras Figo y Zidane. En Madrid pidió paciencia y, vigilando de reojo su rodilla, exigió la preparación de un soldado espartano. Más que entrenarse en el césped, hizo largos en una piscina semiolímpica como si se trataran de esprines; lógico, el Madrid le había rescatado del plomizo Inter otorgándole una segunda juventud. Su debut en el Bernabeu con dos golitos ante el Alavés no pudo ser más estratosférico. Incluso, descartó acudir a los Carnavales de su amado Río por compromiso moral: su decisión convenció a los más escépticos porque en plenas fiestas, Ronaldo clavó un hat trick en Mendizorroza. ‘El Fenómeno’ estaba de vuelta para consternación de Moratti.

Con el júbilo de la Liga del 2003 Ronaldo creyó que ya le había devuelto el favor al Madrid. Al año siguiente su talento no aflojó, pero sus distracciones extradeportivas intuían que el camino no era el más propicio para levantar la Champions que le faltaba. Los jugadores del Madrid también se habían convertido en el epicentro del papel cuché y especialmente Ronnie, que montaba fiestas al estilo Berlusconi, aderezadas de paparazzis y gente de la farándula. Los caprichos de los ‘galácticos’ comenzaron a engendrar el ‘monstruo’ con el que no pudo Florentino dos años más tarde, pero poco le importó a Ronaldo: Madrid era su ciudad perfecta y pese a algunas lesiones, ya ninguna tan grave como la del 2000, ahí quería concluir. La Copa de Europa nunca llegó y en el equipo militarizado de Capello no encajó. Eso sí, se despidió marcando dos goles en Kiev a cinco grados bajo cero. El Milan lo reclamó como una reliquia más para el geriátrico que tenía montado y desde entonces,  poco más ha trascendido del gran Ronaldo. Bueno, sí, otra lesión importante en la rodilla sana.

En el Mundial de Alemania hizo ademán de resurgir, pero se quedo en eso: un falso indicio. Ronaldo había contribuido con creces a meterle más dosis de espectacularidad al fútbol, pero su crepúsculo inexorablemente le estaba llamando. Y durante esta última época Brasil ha sido un retiro agradable hasta que anunció su retirada antes de ayer. Sin duda, una carrera sublime con un final triste y un problema sintomático de gordura. Aún así, jamás he visto un delantero igual, me atrevería a decir que ningún jugador en general. Porque sólo con él he notado la sensación de que algo tremendo se avecinaba cuando cogía la pelota….y eso que Barcelona fue su mejor temporada.

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2 respuestas a “Aquella manada de búfalos”

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  2. Benjamin dice:

    Pedazo artículo, Vanaclocha escribes de la hostia

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