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Recuerdos del Foxboro

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Fue la selección de la perilla…Caminero, Bakero y Julio Salinas pusieron de moda un look diferente en un país extraño para el fútbol. Estados Unidos había luchado enconadamente por su Mundial del 94, lógico: el deporte más capitalista del mundo también debía ser engullido por la globalización. Y la selección viajó allí porque la inspiración de Cañizares agotó a Dinamarca en el Sánchez Pizjuán. Javi Clemente, seleccionador en aquella cita, ha confesado innumerables veces que ese grupo fue el más sólido y musculoso que jamás tuvo España. Por entonces, Caminero había cogido los galones del equipo, con el permiso de Hierro, y sólo la fatalidad y un árbitro húngaro les volatilizaron en los malditos cuartos de final ante Italia. Los españoles se encargaron por sí solos de llenar la casilla de cagadas garrafales: Zubizarreta no leyó bien el obús de Dino Baggio y salió descaradamente mal en la jugada del otro Baggio, Roberto. Entre medias, Julio Salinas se congració con Cardeñosa (Argentina 78) y Eloy Olalla (Méjico 86),  y perdonó para siempre al penitente Pagliuca por su cantada ante Irlanda en la primera fase. Sándor Puhl acabó rematando la faena…la FIFA, en su costumbre única e incomprensible de premiar el sinsentido, pensó que un tabique roto, el de Luis Enrique, bien le valía a Puhl para arbitral una final, la del infumable Italia-Brasil.

Casi dos décadas después, la nueva España ha vuelto al estadio que se levantó encima del demolido Foxboro. Para la posteridad quedará el Italia-España, las ganas de Luis Enrique por devolverle el codazo a Tassotti y el último ‘Picasso’ de Maradona: regate, gol por la escuadra griega y celebración en primerísimo plano delante de una cámara a ras de césped. Boston también reivindicó la experiencia agonizante de la Italia mundialista con un suspiro in extremis de Roberto Baggio que evitó el sorpresón de Nigeria. Hoy todo ha cambiado…para bien. Pero el folclore queda ahí y conviene recordarlo cuando la ocasión lo merece; así podemos contrastar lo bueno que somos ahora y lo desdichado que fuimos.

De aquel Mundial, los españoles salieron como buenos soldados y a Clemente le endilgaron el gracioso y rimbombante patapum parriba. Fue un campeonato sin virguerías y con mucho oficio. Incluso, Brasil tuvo que aparcar el fútbol de salón de Romario y Bebeto para remangarse la camiseta y sudar las eliminatorias. Sinceramente, me gustó España porque sobrevivió a los obstáculos: supo competirle a la campeonísima Alemania y bajó los humos a Suiza, que apuntaba revelación con Estados Unidos y Suecia, ¡vaya si lo fueron estos!. En fin, fue un Mundial bien montado y que nos dejó instantáneas eternas: de la camiseta histriónica del portero mejicano Campos a la barba pelirroja de Alexis Lalas. Pero, sobre todo, no fue un Mundial más para la selección española…el fútbol la enorgulleció y la detuvo en cuartos porque entonces la historia reciente no habría sido tan preciosa.

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