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El eterno acompañante

Martí Perarnau, bloguero reputado en el mundillo digital del balón, resume a la perfección el fútbol del Madrid…”el vértigo como norma de juego es peligrosa si cada individuo hace la guerra por su cuenta y todos en tropel pasan por encima de Xabi Alonso, el único jugador capaz de poner pausa en el desorden”. La apreciación no es ocurrente porque Mourinho arrastra tal rémora desde la temporada pasada, pero sigue siendo clarividente para escanear la debilidad más flagrante del equipo. La precariedad de la medular blanca alimentó las tertulias periodísticas: Roberto Palomar se preguntó en su contraportada del lunes en MARCA por qué no funciona la sala de máquinas; “¿es qué nadie ve lo del centro del campo?”, tituló el columnista para analizar la incógnita que acompaña al escudero de Xabi. Y el problema es tan patente que el descaro del Getafe delató a Coentrao, el comodín que Mourinho quiere meter con calzador allá donde se le antoje.  Ni entendió su rol ni se sintió cómodo: la consecuencia fue un Madrid invertebrado que sigue reventando a los rivales por electrocución.Pero el trasfondo del nudo gordiano permanece por los siglos de los siglos. Desde que Schuster y Martín Vázquez abandonaron el club en el verano de 1990, el peregrinaje por la línea divisoria ha sido demasiado ajetreado hasta la venida de Zidane.  Fernando Hierro cogió el testigo y le pillo tanto gustillo que, incluso, se convirtió en el máximo goleador del equipo en el primer descalabro de Tenerife. Sin embargo, Valdano le vio más aptitudes defensivas y le retrasó a la posición de central junto a Sanchís; de este modo, quedaba una vacante para Fernando Redondo, quien, por cierto, tardó en explotarla. Porque en la hemeroteca de ‘señalados’ del Bernabeu también quedó el volante argentino con la grada silbándole al unísono después de una calamitosa derrota ante el Oviedo por 2-3 en la temporada 95/96. Justo un año antes, en plena adaptación de Redondo, surgió el debate de si debía jugar él o Luis Milla. Fue el español quien se ganó el favor de Valdano. No obstante, Capello recuperó al argentino para la causa y después de una temporada sublime en Liga (96/97) y una Champions, la séptima, prodigiosa, parecía que el Madrid volvía a tener en sus filas un general al mando. La sucesión de Redondo quedó al descubierto cuando Florentino Pérez prescindió de él: el transfuguismo de Figo eclipsó la salida de Redondo, que Del Bosque en el banquillo y Valdano en los despachos se dieron cuenta que urgía un crack para armonizar ataque y defensa. El elegido fue Zidane, nada más confesar sus deseos al presidente con un garabato en una servilleta.

La eterna suplencia del incomprendido Guti convirtió la búsqueda del escudero de Zizou en un dolor de muelas: Makelele y Flavio Conceiçao se turnaban en un puesto ingrato por los gustos del Bernabeu. Al final, el francés supo ajustarse a un cometido poco agradecido pero indispensable para que el ataque ‘galáctico’ supiese que levitaba sobre un colchón mullido. Makelele funcionaba como un coche-escoba, asegurando la primera línea por delante de la defensa. Pero desacuerdos contractuales (el francés pedía más pasta, acorde a su intachable rendimiento) le sacaron del club; entonces, es cuando se agravaron los problemas. Porque Zidane ya había ganado todo lo que se había fijado y el extravagante casting de los Pablo García, Gravesen, Gago, Emerson, Diarra (Mammadou)… descuajeringó por completo la columna vertebral del Madrid. Ni siquiera Sneijder gozó de una oportunidad prolongada, bien por su talento intermitente o por un físico dudoso motivado por costumbres nocturnas.

La pléyade de candidatos al suicidio asomó su final con el fichaje de Xabi Alonso. Desde sus primeros partidos, no necesitó adaptación, pues su instinto natural era amoldable a cualquier estilo. El donostiarra ha sabido dotar al centro de paciencia y orden, precisamente lo que adolecía un Madrid al que durante lustros le ha gustado ganar a la heroica y a base de golpes. Pero resulta que a Xabi todavía le falta pareja de baile, alguien que entienda el recado de coger el balón y ponerlo a los pies de Özil y Cristiano, al tiempo que sepa ayudar cuando toca esforzarse en el marrón defensivo. Lass es del tipo de Mourinho, pero el jugador no está muy dispuesto a besar el escudo; Sahin permanece en quirófano y cualquier cábala que nos imaginemos queda en eso, ficción….y Coentrao será un buen competidor de Marcelo, pero colocarle a los mandos es una ocurrencia más propia de Jerry Lewis que una apuesta seria de un entrenador al que no se le escapa ni la menor minucia táctica. Y queda Granero, aunque darle un puñado de partidos para que se desmelene parece sacrilegio. O sea que la sombra del acompañante sigue siendo demasiado alargada.

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