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La tormenta perfecta

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“El huracán Grace se dirige hacia el norte desde la costa atlántica, es enorme y va en aumento. En segundo lugar, hay un ciclón en la isla de Sable a punto de explotar. Y, a la vez, surge un frente frío del Canadá, el condenado viaja sobre la corriente y se abalanza sobre el Atlántico, donde confluirán los tres. Puedes trabajar en esto toda tu vida y no ver nada igual…sería un acontecimiento de proporciones épicas, sería la tormenta perfecta”.

El asombrado meteorólogo de la película La Tormenta Perfecta no da crédito al fenómeno natural que se desata en Flemish Cup y que, a la postre, engulle al barco Andrea Gail del patrón George Clooney. Las alabanzas a la primera media hora del Madrid en Tiempo de Juego me recordaron la fascinación del meteorólogo contando el desastre que se avecinaba. Porque Mourinho ha conseguido combinar huracanes y ciclones para engendrar el fútbol más volátil que el Bernabeu ha visto en mucho tiempo. En pocas semanas, varios de sus jugadores han demostrado que pueden competir contra Usain Bolt en un sprint corto con el balón en los pies y, paralelamente, alardear de fútbol control, quizá el achaque que se le criticaba a un equipo lleno de prestidigitadores del balón. La alarma del rival pasa de naranja a roja si el Madrid devuelve un ataque al sprint…entonces, se desata una tempestad que casi siempre acaba en fatalidad.

La exigencia ya no del técnico sino del vestuario consigo mismo roza la bestialidad; hoy pocos jugadores del mundo tienen las credenciales adecuadas para entrar en el once titular. La oferta es indiscutible: se reclama velocidad, explosividad y manejo extraordinario de la pelota, a ser posible en uno o dos toques. El tercer gol de Di María delata que las contras no son ensayos de entrenamiento, sino que Kaká, Marcelo, Benzema y el argentino (los cuatro que participaron en la jugada) tiene un don natural para fabricar prodigios de ese calibre. Extraña que Cristiano no se las diera de actor principal, pero es consciente de que su inmenso ego controlado es una ayuda extraordinaria para el resto. Su evolución recuerda a la del quarterback Willie Beamen de Un domingo cualquiera…un díscolo con ínfulas de estrella al que Al Pacino acaba mejorando. Este Madrid ya no juega con descaro para él, quizá por directriz del entrenador; ahora son sus secuaces los que se han revelado, atribuyéndose el papel de héroes. Por ejemplo, el propio Di María. Puede que aún tenga que bajar revoluciones durante fases del partido más pausadas, pero cuando se abren espacios y enfila la portería contraria es imparable, tanto dando como marcando. Y Kaká se está volviendo a mirar en el póster en el que no hace mucho se le inmortalizó con un Balón de Oro. Su cometido lo ha aprendido al dedillo: pautar las ofensivas y cuando la asistencia definitiva sea inviable, soltar un latigazo a media distancia, como el segundo gol de anoche…y van varios.

Sin embargo, la mejor prestación de este Madrid es su capacidad camaleónica, tanto colectiva como individualmente. En grupo, la primera media hora supuso un máster práctico de cómo asediar al Villarreal ahogándolo casi en su propia área y, a la vez, blandiéndole dos espadazos en forma de contragolpe. Dos actitudes, la del pase corto y el galope, cuasi perfectas en pocos minutos. Por otra parte y no menos importante, Mourinho debería congratularse de tener chicos para todo…Sergio Ramos demuestra con creces que puede ser ese símil de Fernando Hierro tan ansiado en el Bernabeu; por de pronto, un puñado de oportunidades le han certificado como un central mucho más competitivo que de lateral derecho. Junto a Pepe forma un tándem sin fisuras: el portugués se encarga de los cortes y Ramos de sacar el balón con sentido. De Benzema estamos viendo la verdadera versión que engatusó a Florentino cuando le fichó: va casi a gol por partido y también inventa asistencias imposibles, como la del tercer gol a Di María a espaldas de Cani. El cambio emocional del francés es digno de reportaje: la clínica recomendada por Zidane, las peroratas de Mourinho…espero que dentro de no mucho sepamos cuándo le llegó el verdadero punto de inflexión.

Y, claro, la nueva oda al fútbol del Madrid obliga a compararla con la referencia máxima y absoluta, el Barcelona. ¿Está el Madrid a su nivel? Por de pronto y como titula El Mundo, pide hora con el eterno rival, pero cualquier conjetura carece de fundamentos convincentes hasta que no se vuelvan a enfrentar. Los clásicos son los únicos barómetros lícitos para hablar de un cambio real, porque el mérito de los merengues no es golear a Lyon, Málaga o Villarreal, sino superarse a sí mismo en detalles concretos. Y el de anoche fue exhibir como en una pasarela los dos estilos de moda: las florituras made in Guardiola y el brutal quinto de caballería que tanta fama le dio al Milan de Arrigo Sacchi….es decir, la tormenta perfecta.

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