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El espectáculo no tiene precio…para todo lo demás está la Super Bowl

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LG, Sony, Panasonic…las grandes marcas de televisión habían tachado en rojo este fin de semana. Desde las pasadas navidades su cuota de mercado en Estados Unidos se iba a disparar más de un cincuenta por ciento en un puñado de días, los que sirvieron a los americanos para acicalar sus casas de cara a la Super Bowl más apasionante de los últimos años. Las agencias de consumo yanquis calcularon más de 5 millones de televisiones vendidas, medio millón más que en la final de fútbol americano del 2011. ¿Y la crisis galopante que ahoga la economía familiar desde California a Nueva York y de San Francisco a Miami? Cualquier sacrificio nunca está de más cuando el país se toma un respiro con su evento favorito. Porque, más que deporte o entretenimiento, la Super Bowl es negocio: los grandes anunciantes se ríen de su acuciante bajonazo y diseñan su estrategia capital en sólo treinta segundos, los que dura el spot de turno que se emite durante la final. Anoche hubo un comercial que osó pagar tres millones y medio de dólares; su nombre todavía no se ha desvelado, pero no os extrañe que fuese la marca de chocolatinas M&M cuyo spot estuvo aderezado por LMFAO, el grupo de moda en las listas musicales del país. O quizá la secuela de Volkswagen con el pequeño ‘Darth Vader’ que tanto furor causó justo hace un año. Sorprende que el sablazo se lo llevase un viejo conocido que volvía al star system de la publicidad, Pepsi, cuyo anuncio protagonizado por Elton John con zapatos de plataforma defraudó a tenor de la catarata de tweets incendiarios contra el archienemigo de Coca Cola.

Habrá quienes pasen de la Super Bowl porque el fútbol americano les resulte un soberano coñazo; pero, precisamente, los yanquis han ejercitado un don para convertir en show uno de los deportes que más paciencia requiere por sus constantes interrupciones. Cada instante importa: desde la jugada que canta Eli Manning, el quarterback triunfador de anoche, hasta el cubo de palomitas y la Budweiser que engulle el telespectador en casa…y se estima que más de 170 millones de estadounidenses lo vieron. La NBC, que emitió el partido, no escatimó en gastos: en España alucinamos con las cuidadosas coberturas que despliega Canal Plus, en Estados Unidos las cámaras slow motion o super lentas son habituales, más cuando se trata del espectáculo televisivo por antonomasia. Recrearse en el gesto torcido de Tom Brady, la estrella de los Patriots, después de un pase fallido o imitar el bailecito del puertorriqueño de los Giants, Víctor Cruz, cuando celebró su touchdown ejemplifican ese tipo de rituales que ansían los aficionados. Si, además, la victoria se resuelve en los momentos decisivos, tal como volvió a reeditar Nueva York en la cara de los Patriots, el espectáculo, como dirían los creativos de Mastercard,  ‘no tiene precio’…para todo lo demás está la Superbowl.

Y si, encima, el descanso de la final vuelve a poner patas arriba al país por una obscenidad, sobra guacamole en los nachos. Parecía que el ‘pezongate’ de Janet Jackson estaba olvidado (en la Super Bowl de 2004 Justin Timberlake tiró demasiado de la prenda de la hermana de Michael Jackson sacándole un seno a la vista de todo el mundo), incluso Madonna, elegida este año para entretener a las masas durante quince minutos en el tiempo de asueto, advirtió que todo estaba controlado y no habría ‘problemas de vestuario’. Tratándose de la reina del pop, sus palabras estaban bajo sospecha, pero no fue ella la culpable, sino la intérprete británica M.I.A, quien en un momento de éxtasis musical lanzó un corte de mangas lo suficientemente rápido para que la NBC no pudiera vetarlo. Desde el destape de Janet Jackson y dada la susceptibilidad del pueblo americano, las televisiones decidieron tomarse un minuto de receso en actuaciones de esta índole; es decir, la señal de televisión que llega a todas las casas va un minuto por detrás del espectáculo en directo. Pero anoche, la NBC se tragó la obscenidad de M.I.A; aunque casi que mejor, estas historietas dan mucho que hablar en el prime time de allí.

Indianápolis, sede anfitriona de la Super Bowl, ha hecho su agosto en hostelería: ni siquiera los moteles de carretera próximos a la ciudad tenían una habitación. Lógico, pues durante un fin de semana la ciudad que celebra la final es el lugar más seguro del mundo. FBI, CIA y más de una decena de agencias terroristas han cacheado cada rincón de la ciudad para evitar ‘contratiempos’…lo que sea para garantizar la tarde más crucial del país después del 04 de julio, día de la independencia. Y, por qué no decirlo, para no chafar el rato al presidente Obama dentro de una Casa Blanca acorazada para la ocasión.  

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