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Un buen rato de sofá

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La Liga se ha encontrado con dos estilos de fútbol distintos pero muy divertidos.  El Madrid continúa en su máximo apogeo, con un juego rápido y volátil que hace trizas a cualquiera menos al Barcelona, de momento. Pero lejos de ir a por cualquier récord inimaginable, Mourinho se ha quitado esa pátina de ‘aburrido’ y ha descubierto una idea capital: tiene a los mejores jugadores para mover el balón en pocos toques y ponerlo en la portería contraria. No cuesta decir que este Madrid alegra a la vista, pero no tanto por la elaboración sino por esa ansia diabólica de perforar defensas por tierra, mar y aire. Quizá este Madrid se asemeje más al de la ‘Quinta del Buitre’ por su constante punch que al de los ‘Galácticos’; el propio Mourinho dijo hace una semana que el Bernabeu se impacienta y pita cuando el equipo se dedica a tocar y tocar…la indirecta iba lanzada a Barcelona, aunque también afecta a aquella sublime propuesta de Zidane, Figo y Ronaldo.

En una década el Madrid se ha visto obligado a evolucionar su idea: Zidane sólo entendía de ‘fútbol control’ porque la pelota era su necesidad. Sin embargo, con el fichaje de Ronaldo, el equipo fue tomándole cariño a la idea del contraataque, lógico por otra parte: tenía al mejor delantero en carrera. Precisamente, el Madrid exprimió al brasileño hasta las últimas consecuencias del ‘galacticidio’ y después del intervalo del juego simplón pero efectivo de Capello, llegó Schuster con una apuesta de buen gusto. El problema para el alemán es que jugadores como Sneijder y Robben tenían demasiada calidad, pero no la suficiente para emular al Madrid de las constelaciones. Y para mayor escarnio de Schuster, su defunción coincidió con el pistoletazo de salida del mejor equipo jamás visto. Mientras el Madrid moría agotando su fuerza de voluntad con aquellas remontadas increíbles del Bernabeu, Guardiola continuaba enseñando la doctrina Rijkaard sin futbolistas con ínfulas de dioses (Ronaldinho y Deco) y con otro amenazado (Eto’o). El Barça sugería fútbol de gama alta con jugadores rebuscados en La Masía; de repente, apareció Messi que en un pispás se convirtió en el número uno mejorándose a sí mismo con jugadas cada vez más antológicas.

Al tiempo, el Madrid de Pellegrini se estrelló por el ansía de buscar el espectáculo a contrarreloj y Mourinho pidió tiempo para inventar un proyecto ganador. No en vano, la temporada pasada fue avisando de que sus segundos años siempre eran los mejores y a tenor de lo visto, las estadísticas y, sobre todo, el juego le están dando la razón. Pero más allá de la urgencia de títulos, por fin el equipo sabe a lo que quiere jugar y persevera en ello, así de simple. Por eso, extraña que algún equipo no salga goleado del Bernabeu, salvo el Barça, claro. Da igual que le planteen una defensa acorazada o una apuesta valiente, la inercia del Madrid produce una catarata de ocasiones que no suele bajar de los dos o tres goles. Ahora sí es obvio que el madridismo no perdonaría otro Madrid en  su versión habitual de los clásicos, toda vez que en la vuelta de Copa demostró que no debe arredrarse.  

El problema que está notando el Barça es que habiendo sido tan perfecto, hay partidos que aburren por no ser tan bestiales. Al margen de que el equipo esté no ahíto de títulos, su eterna querencia por dominar el balón en todas las partes del campo agiliza la creatividad de Xavi e Iniesta. Y, por supuesto, está Messi, a quien le da igual disfrazarse de Laudrup con asistencias imposibles que romper defensas por explosión. Anoche el Barça se marcó una primera parte inolvidable, con jugadas que sólo enseña la artesanía de La Masía. Fue un rato divertidísimo delante de la tele, al fin y al cabo es lo que se le pide al fútbol. Así que, a pesar de las diferencias siderales de la Liga (el cáncer que acabará engendrando la esperada Superliga europea), debemos agradecer que al menos haya dos partidos a la semana que merezcan ese rato de sofá, que con Barça y Madrid debería convertirse en rito.     

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