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A vueltas con la renovación de Guardiola, Leo Messi fue preguntado si la piedra angular en este Barça era él o su entrenador. Casi sonrojado, la estrella azulgrana no vaciló en responder que Pep ha inventado esta realidad tan gloriosa. Los jugadores, al menos quienes pasaron la adolescencia en La Masía,  le consideran una especie de amanuense de Johan Cruyff, que ha copiado al dedillo el decálogo triunfal que hace más de veinte años ideó el holandés. Quizás, ni el propio Cruyff imaginó que la aventura de Guardiola alcanzaría su cénit de manera tan vertiginosa, más si cabe, cuando le subieron de rango sin experiencia alguna y con un vestuario en plena descomposición por una batalla de egos irreversiblemente fatídica. Entonces, el nuevo míster reseteó una plantilla ahíta de títulos que se había perdido en la vanidad y que él vivió desde el pedestal inferior del filial. Ese miedo lo intuye Guardiola con su propia creación, pues seguir motivando a un equipo cuasi perfecto para que sólo se dedique a divertirse en el campo resulta tan difícil como animar a Michael Phelps a que intente batir en los Juegos de Londres sus ocho oros de Pekín 2008.

Xavi Hernández tampoco contempla una nueva versión del club sin Guardiola. El capitán y Messi son las voces prescriptoras que explican por dónde van los tiros; el entrenador sabe que sendos mensajes le garantizan el poder omnímodo de una plantilla en la que sólo ellos tienen patente de corso: Messi porque sencillamente es el mejor futbolista jamás inventado y la efigie de Xavi siempre recuerda que el Barça es més que un club. Las dudas de Guardiola, como las de Mourinho, han provocado que el periodismo deportivo juegue más a especular que a hablar de fútbol. La razón es obvia: nosotros, los periodistas, tanto en Madrid como en Barcelona, hemos pintado un fresco apocalíptico en el que parece que sin Guardiola ni Mourinho los dos grandes dejarían de existir. El barcelonista ha creado una saga inigualable con un estilo que ni siquiera será mal copiado, como sí lo intentaron con el gran Milan de Arrigo Sacchi. Y, evidentemente, un Barça sin su entrenador tendría que aceptar una transición arriesgada en la que todo lo que sucediese nunca podría ser mejor. Pero siempre con el mismo libro de estilo, eso es impepinable.

La incertidumbre de Mourinho es muy diferente. Si continúa, el Madrid seguirá hecho a su medida por la única obsesión de arramblar con títulos. Florentino le nombró plenipotenciario y el club trabaja en todas las áreas a su imagen y semejanza; no cabe otra manera de trabajar porque es la primera cláusula en cualquier contrato que exige Mou. Pero el Madrid de ahora, el más fuerte de los últimos tiempos, todavía no ha reflexionado si pretende convertirse en una dinastía: la pretensión es la ‘Décima’, y siendo más trascendental, quitarle al Barça cuantas más copas mejor. Si Mourinho decide virar su rumbo, entonces el Madrid se encontrará de golpe con un problema de reconocimiento: en Madrid no hay una biblia sagrada, ni siquiera una hoja de ruta bocetada en un papel. Cada temporada depende del entrenador de turno y de las estrellas mundiales que revolucionen la mercadotecnia del momento. No obstante, al Madrid le favorece la insultante edad de su equipo: Cristiano, Benzema, Higuaín, Özil…, precisamente, estos jugadores han acoplado su talento al fútbol espídico de su entrenador. Así que no hay razón para que el club se aproveche del legado de Mourinho, aunque éste lo recuerde por lo bien que luciría en sus credenciales.

 

 

 

 

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