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“Heynckes pecó de buena persona”

Jupp Heynckes había reprimido sus ganas de rajar desde que empezó su experiencia en el Real Madrid. Ni él como entrenador ni el madridismo exultante por la Séptima  entendían por qué el entrenador que les había devuelto a la élite europea era fulminado. “Cada directivo dice lo que piensa a los periodistas; se empeñan en hablar todos los días sin saber de fútbol”, espetó el alemán el día de su despedida, el último de mayo de 1998. Entonces, la prensa había desgranado durante toda la temporada los caprichos de una plantilla que ni confiaba en su dócil entrenador ni habría aguantado otro régimen autoritario como el que impuso Fabio Capello el año anterior. Suker y Mijatovic creyeron que su titularidad era inamovible, Seedorf se las tuvo tiesas con el técnico más de una vez y la sensación que daba el vestuario de cara al público era que Fernando Hierra mandaba más que el propio Heynckes. Incluso, ese año Raúl se vio obligado a ofrecer una rueda de prensa para explicar su bajo rendimiento. Demasiados fuegos como para apagarlos todos de golpe o, al menos, eso es lo que debió pensar el presidente Lorenzo Sanz.

Este es un club muy complicado y muy difícil por dentro: el entrenador que venga no lo tendrá fácil”. Heynckes tenía preparado el dardo desde el partido que el Madrid perdió en Vigo a falta de cinco jornadas para el final de Liga. El equipo era segundo, a catorce puntos del Barça, y sólo la Champions salvaba el año. Pero más que la debacle liguera y la falta de carisma de Heynckes, a éste le molestó que la prensa filtrara posibles sucesores…y todos coincidían en uno: José Antonio Camacho. El vestuario asumió pronto el cisma entre directiva y entrenador, pero los jugadores esperaron la salida del técnico para rajar: “No era lógico que a Heynckes le buscaran sustituto desde hacía ocho meses”, comentó Hierro durante la concentración de la selección española previa al Mundial de Francia. Heynckes no se quedó corto en su rueda de prensa: “Si el verano que me fichan aseguro que ganamos la Champions, me fichan tres años más”. No fue una crítica desacertada, porque treinta y dos años de penurias en la Copa de Europa y, sobre todo, el sentimiento de ser el hazmerreír de Europa un año sí y otro también dejaban a los directivos merengues en una posición de nula credibilidad respecto a la afición.

Lorenzo Sanz pudo tolerar la rabia contenida de Heynckes, más que nada, porque su única preocupación a partir del despido era negociar los doscientos millones que debía cobrar el alemán por la siguiente temporada. Pero la opinión de Hierro y otras de Raúl y Morientes en el mismo sentido, le obligaron a coger el micrófono. “Los jugadores, que se dediquen a jugar y punto”, sentenció el presidente, quien también aprovechó la misma comparecencia para mandarle un par de mensajitos a su ya ex entrenador: “No es que a Heynckes le haya venido grande el Real Madrid, pero ha querido pasar de la dictadura de Capello y no ha podido controlar a la plantilla”. Razón no le faltaba a Lorenzo Sanz, porque los caprichos de unas estrellas con ínfulas de dioses habían servido de continua carnaza para la opinión pública. Por eso, futbolistas y directivos concluyeron que la Séptima había salvado una temporada que se intuía desastrosa a pesar de la Supercopa ganada al Barça en verano. No obstante, la razón capital del despido de Heynckes la reveló Sanz, quizás sin darse cuenta: “A lo mejor ha pecado de buena persona, como se lo dije a él personalmente”. Y es que Heynckes no era Capello, ni en carácter ni en metodología; ésa fue la cruz del actual entrenador del Bayern de Munich.

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