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Tristes despedidas

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“No ha sido buena temporada, pero llevamos cuatro años ganando títulos”. Ése fue el escueto resumen de Johan Cruyff a TV-3 cuando le preguntaron por sus impresiones de la Liga 94-95. Fue el año de descomposición del Dream Team, con Laudrup devolviendo manitas desde el Bernabéu, y Stoichkov y Romario estudiando ofertas que les alejaran de un club en estado volcánico casi en erupción. Aquel equipo se había oxidado y, por ello, Cruyff intentó emprender un nuevo proyecto con el fichaje del joven y prometedor Luis Figo, el consolidado goleador Meho Kodro de la Real Sociedad y, sobre todo, con el mimo de una nueva generación, la llamada ‘Quinta del Mini’, liderada por el producto estrella de la La Masía, Iván De la Peña, y secundada por los hermanos Óscar y Roger García-Yunyent, Celades y Toni Velamazán. Pero la nueva remesa de canteranos, con la controversia de Jordi Cruyff en el primer equipo por decisión de su padre, no cuajó o la directiva de José Luis Núñez no quiso darle el suficiente tiempo.

El caso es que el presidente y su  fiel ejecutor, Joan Gaspart, se hartaron y comenzaron una tarea fangosa: buscar sustituto a un entrenador insustituible, que había cambiado para siempre la esencia segundona de algo ‘más que un club’. El 11 de enero de 1996, Núñez sentenció en una entrevista a El Periódico de Catalunya que “si fuera un entrenador con menos años en el Barça, no tendría dudas sobre la decisión a tomar”. Cruyff había comentado días antes a TV-3 que la directiva “tenía que aclararse porque el portavoz había apoyado al cuerpo técnico y, por el contrario, Núñez salía con amenazas”. En el mismo sentido que el presidente, Gaspart también quiso manifestar la defensa a ultranza de su jefe… ”Cruyff debe tomar nota de las palabras del presidente, cuya paciencia tiene un límite, y rectificar algunas cosas de las que dice y de las que hace, no sólo en el campo deportivo sino sobre todo en el campo de lo que es la institución“.

El desenlace sucedió el 18 de mayo: la prensa publicó que la directiva había contactado con Bobby Robson. Núñez, quizá más por orgullo propio que por los intereses del club, se había enquistado en una guerra con Cruyff sin visos de bandera blanca. Aquella mañana, el técnico holandés, enterado del rumor, llegó al entrenamiento con un cabreo de proporciones bíblicas y se reunió con sus ayudantes, Charly Rexach y Toni Bruins en el vestuario. Al poco rato apareció Gaspart para convencerles de que ignoraran las portadas de los periódicos. Pero Cruyff no aguantó más y estalló: la guerra fría de los últimos meses se había calentado demasiado y Gaspart optó por tomar una decisión irrevocable. El holandés estaba fuera del Barça y Rexach asumía sus galones en las dos últimas jornadas ligueras.

La salida de Cruyff fue el tristísimo epílogo de una época sublime. Pero la afición culé, lejos de secundar a Núñez y Gaspart, rindió tributo al entrenador más importante de la historia. Aquel domingo de mayo, el Barça recibía en el Camp Nou al Celta de Vigo, ya sin opciones por el título, y la victoria azulgrana por 3-2 quedó en anécdota. Las cámaras de televisión y fotógrafos dirigieron sus objetivos durante todo el partido a las pancartas a favor de Cruyff y, por supuesto, recogieron los gritos al unísono que coreaban el nombre del holandés. Evidentemente, él quería continuar, pues se había merecido otra oportunidad para levantar un nuevo Dream Team. Al menos, la ovación del Camp Nou, sin él presente, le convenció de que la masa social sí era cruyffista.

A Cruyff le habría gustado un adiós como el de Guardiola en el sentido de haber sido él quien pusiera el cierre. La pena es que el Barça ha pintado un emotivo adiós cuando en realidad el técnico se ha visto obligado a soltar un ‘basta ya’. El “desgaste” del que habla Guardiola es inexorable en un equipo ahíto de gloria y cuya única motivación es batir récords. Sucedió con Cruyff y su intento de resetear la plantilla fracasó; pasó con Sacchi, aunque el Milan encontró en Capello otro ganador nato. En el fútbol contemporáneo, las leyendas tienen una esperanza de vida muy corta y en un vestuario cuyo punto común es el origen, duele que un camarada tenga que prescindir de otro. Guardiola debía dejar fuera a Piqué, Alves, y dosificar a Xavi y Puyol. Una decisión necesaria pero difícil cuando se trata de gente que juega al fútbol defendiendo una causa común. Por eso, a Guardiola no le tembló el pulso cuando Ronaldinho, Deco y un año después Eto’o se vieron obligados a cambiar de aventura. Ganar no cansa pero el intento de hacerlo estresa demasiado. Ésa es la conclusión del adiós de Guardiola.

El presente es de Tito Vilanova, la mano derecha de Pep. Una decisión con sentido común que mantiene inmaculada la hoja de ruta del club. La fachada será parecida, con los retoques necesarios, y el librillo de estilo exactamente el mismo. Sin embargo, los rumores de la opinión pública puede causarle problemas al Barça: ¿tendrá Vilanova autonomía propia o la sombra de Guardiola será demasiado alargada? Ésa es la disyuntiva con la que tendrá que lidiar el nuevo entrenador. Guardiola se ha convertido, desde ayer, en otro Cruyff en la sombra.

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2 respuestas a “Tristes despedidas”

  1. Carlos dice:

    Guerdiola fue el Perfeccionador del Modelo: El más Estético; uno de lo más efectivos.

    Guardiola, 4 años mejorando el fútbol

  2. Culé dice:

    Excelente análisis de la situación culé Sr. Vanaclocha. Esperemos que dejen trabajar a Vilanova, especialmente si las cosas se tuercen un poco al principio, porque entonces la sombra de Guardiola sí que será más alargada que nunca.

    Saludos

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