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Restauración monárquica

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John Benjamin Toshack justificó hace unos días el nuevo récord goleador del Madrid…”No me fastidia. El equipo que yo tenía estaba en la cuesta abajo, venía de ganar cuatro ligas y la media de edad era muy alta”. Dentro de unos años, cuando Mourinho sea preguntado por la orgía goleadora de esta temporada, el técnico simplemente podrá argumentar que tenía la mejor delantera jamás vista en el fútbol. Y sobre todos se alza uno, Cristiano Ronaldo, a quien hay que agradecerle sus tácticas de motivación, que bien podrían ser adoptadas por el mundo empresarial yanqui que tanto gusta de estas argucias. Cristiano salió sobreexcitado a San Mamés, primero con el punto de mira en el campeonato y segundo por clavar un hat-trick que igualara el que minutos antes había marcado Messi; bueno, quizá este orden pudiera ser invertido y el crack portugués buscase más que nada saciar su inacabable voracidad. El caso es que su permanente estado frenético ya no es el de aquel niño enrabietado que hacía aspavientos cuando no se la pasaban o su disparo no encontraba portería; ese niño ha sabido manipular su talento para levantar partidos ennegrecidos (At.Madrid 1-R.Madrid 4) y decidirlos en momentos capitales (Camp Nou). Anoche se mantuvo políticamente correcto… “Quería el título que no tenía. Botas de Oro ya tengo dos”. Mejor será no creerle a pies juntillas porque su apetito insaciable garantiza espectáculo en las dos jornadas basura que le quedan al campeón.

La Liga de los récords culminó en un escenario de leyenda. La Catedral se llenó e incordió por varias razones: el invitado era el Madrid, con el consiguiente odio sempiterno que arrastra en Bilbao. No obstante, fue la decisión de Florentino de no prestar el Bernabeu para la final de Copa el detonante del rugido de la grada, que no de su equipo. El Barcelona había señalado en rojo esa visita del Madrid en su persecución al líder, pero al campeón le favoreció que el Athletic estuviese pendiente de la final de Bucarest, toda vez que ya está clasificado para la próxima edición de la Europa League. Así que se trataba de una cuestión de honor contra otra mucho más trascendental, la de una plantilla volcada en una especie de restauración monárquica. No es el título número 32 en sí, sino la sensación de que las huestes de Mourinho se pueden codear con el mejor Barcelona de todos los tiempos que, por cierto, sí ha marcado una verdadera era, a pesar de que Karanka defienda la imaginaria “era Real Madrid”.

Al calor de la victoria, Mourinho puso actitud templada y auguró un próximo año “más duro todavía”. Ése es el reto de un proyecto cuyo final sólo atisba la ‘Décima’. Porque esta Liga es un eslabón más de una cadena de éxitos que comenzó con la ansiada Copa del Rey diecisiete años después, sigue con el campeonato y no permite errores en la próxima Champions. Vamos, que la presión por ganarla será brutal; aunque para eso Florentino fichó a Mourinho y le nombró plenipotenciario del club. Y con poderes absolutos, el entrenador ha comenzado hoy mismo a perfilar el próximo vestuario, tal como reconoció anoche. ¿Seguirá Higuaín? Sólo si él se siente mimado en el césped y en los cheques que recibe al final de mes. El argentino volvió a ser decisivo para una liga y esta temporada le ha servido para quitarse definitivamente ese sambenito de ‘fallagoles’. Quizás, al igual que Cristiano se crece receloso de las diabluras de Messi, el ‘Pipa’ ha espabilado cuando Benzema dejó de estar empanado. Ambos se presumen imprescindibles para Mou a expensas de que se desate otro culebrón Kun Agüero. Pero para esto urge llenar la tesorería y ahí entra en juego Kaká.

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