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El fútbol estorba en los Juegos

“Los Juegos Olímpicos es lo máximo, siempre que hayas ganado un Mundial”. Fue la carta de presentación de Ronaldinho en Pekín 2008. Fulminado por Guardiola, necesitaba sacar su talento de los escombros de dos años malditos con el Barça; el Milan confió en él, pero Dinho pidió ir a los Juegos consciente de que una medalla de oro haría olvidar esa silueta ensanchada por los vicios de la farra barcelonesa. Sin duda, los Juegos le devolverían el prestigio que un día se ganó con un Balón de Oro. La pena fue que su prematuro desfonde físico pesara más que sus filigranas, al menos las pocas que le consentía el sargento de hierro Dunga.

Leo Messi también acudió a Pekín con la idea de resarcirse, salvo que éste consideró el oro como un eslabón más de su meteórica carrera. Argentina se tomó en serio aquel torneo porque las penurias mundialistas escocían demasiado: el míster Checho Batista armó un equipo en torno a Juan Román Riquelme, otro que pidió ir, temeroso de que sus días de gloria tocaran a su fin. Allí jugaron Ángel Di María, que no fue titular hasta que su seleccionador se dio cuenta que tenía un prodigio en la línea de cal, y Kun Agüero, a quien el estado de neurosis permanente en el Atlético de Madrid le tenía agarrotado. Pero tal como consiguió Marcelo Bielsa cuatro años antes en Atenas, Argentina revalidó título contra la correosa Nigeria, cuyos futbolistas hicieron de los Juegos la coartada perfecta para enchufarse en clubes europeos.

Iker Casillas siempre ha lamentado no competir en los Juegos. No viajó a Sidney en el 2000 porque Camacho le prefirió llevar a la Eurocopa para cubrirle las espaldas a Cañizares. Sacrificó un sueño por otro más deseado, pero aún le remuerde no haber mordido una presea de oro; de lo contrario, su currículum habría sido más bestial de lo que cabe imaginar.

La historia del fútbol olímpica recuerda grandes epopeyas, como la fantástica Hungría de Ferenc Puskas, que ganó el oro de Helsinki 52 y dejó escapar el Mundial de Suecia 54 contra Alemania, o la de la ‘Araña negra’ Lev Yashin en Melbourne 56. Ellos pudieron presumir del oro porque entonces no había mayor gloria que los Juegos…hasta que la FIFA consideró que el Campeonato del Mundo debía ser el único torneo que eclipsara al mundo. Tal capricho ha convertido al fútbol olímpico en un torneo residual para promesas con ínfulas mundialistas y estrellas apagadas en busca de un último chispazo. Las flagrantes críticas al fútbol olímpico responden al recelo español a una categoría, la sub-21, que se ha salido de la inercia gloriosa de los mayores.

Así como Maradona no sería el más grande sin la actuación más estelar jamás vista en un Mundial, cada deporte tiene sus propios retos y es evidente que Michael Phelps nació para que Mark Spitz tenga un ídolo en el agua, al igual que a Usain Bolt sólo le entusiasma que su zancada quede inmortalizada en un estadio olímpico. El fútbol se ha querido desmarcar del espíritu olímpico por saturación máxima, ¡lástima!

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