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Arbitrajes clásicos

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Andújar Oliver fue designado para arbitrar un Barça-Madrid de Copa como premio a una excelente temporada. Futbolistas y entrenadores le consideraron el mejor árbitro de la Liga 1992-1993 y su recompensa fue la vuelta de semifinales en el Camp Nou. Entonces, los dos grandes se jugaban mucho: el empate a un gol del Bernabeu no parecía inquietar mucho al equipo de Benito Floro, que en puñado de días se jugaba la temporada entera. El Camp Nou era el aperitivo envenenado para la segunda batalla que iba a librar el Madrid en la que fue llamada su ‘isla de los horrores’. Sí, Tenerife estaba en el punto de mira, pero en la recámara había un órdago colosal: batir al Dream Team de Johan Cruyff. Precisamente, éste se erigió en uno de los grandes valedores de Andújar Oliver…”No vamos a pensar en el árbitro. Oliver hace las cosas bien y punto”. La respuesta de Cruyff en la víspera del partido aplacó las ansias de morbo de la prensa; no en vano, meses atrás el técnico holandés estalló delante de los micrófonos para atizar a Díaz Vega después de perder un clásico ligero: “No sé si el árbitro podrá dormir tranquilo; su arbitraje ha sido de risa. Que Díaz Vega se dedique a dirigir a infantiles”. La réplica del acusado no se hizo esperar: “Cruyff se mea en los pantalones cada vez que juega en el Bernabeu”. Entonces y para regocijo de los periodistas, los árbitros también participaban en el fuego cruzado de declaraciones, a diferencia del hermetismo que impone hoy día el Comité Técnico.

Andújar también habló en la previa de su clásico; sabía que un buen arbitraje en el Camp Nou supondría la credencial perfecta para pitar por toda Europa (sueño que nunca llegó). “Es el mejor momento de mi vida”, confesó el almeriense, “pero no entiendo por qué no me han llegado antes estos partidos”. La pulla hacia su propio gremio estaba servido. Sin pretenderlo (o quizá sí) Andújar se jugaba su prestigio ante el mundo y, sobre todo, sus compañeros de negro. Y el reto no pudo acabar peor: no pitó un claro fuera de juego de Iván Zamorano en una jugada que acabó en 0-2. Obviamente, las palabras corteses de Cruyff con el árbitro cambiaron de la noche a la mañana: “no ha estado a la altura. Se nota que no ha arbitrado muchos  Barça-Madrid”. Más ácidas fueron las impresiones en el palco: el presidente José Luis Núñez no se cortó ni un pelo cuando dijo que “ya tenían suficiente con un arbitraje pésimo (el de Liga de Díaz Vega), no hacían falta dos en una misma temporada”. La opinión pública echó de menos una confesión pública de Andujar Oliver porque el circo estaba montado y faltaba el espectáculo final.

Sin duda, aquellos tiempos siempre fueron mejores que los discursos encorsetados de hoy día. Entonces, las críticas nacían de impulsos vehementes: Cruyff lanzaba un dardo y su presidente lo remataba. O, por ejemplo, un entrenador como Toshack se encolerizaba por los desmanes de Iturralde González y arriba, en la zona presidencial, Lorenzo Sanz callaba otorgando. El fútbol de hoy ha perdido esa naturalidad: Jordi Roura criticó ayer a Undiano Mallenco sin venir nada a cuento y sin insultos, lanzando “datos” como él dijo, ¿hacía falta destacar las estadísticas del colegiado navarro con el Barça? Para mayor escarnio, a las pocas horas, el portavoz del club, Toni Freixa, secundó en Radio Marca el mensaje del entrenador en funciones. El objetivo era orquestar una pequeña campaña con un mensaje unívoco desde todos los estamentos del Barcelona. Suena raro que este Barça recurra al manoseado pataleo arbitral cuando es el Madrid quien está a un paso de inmolarse por culpa propia. Pero los caminos del fútbol son inescrutables y Undiano, uno de los mejores, se las sabe todas. No le hace falta que le de jabón, tal como Cruyff hizo con Andújar Oliver.

 

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