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Las malas noticias a veces no son tan malas

“Que el Madrid no tontee en la Liga porque se puede llevar un susto”. Joan Laporta hizo leña del árbol caído después del vía crucis que sufrió el Madrid de Carlos Queiroz, cuando, de una tacada, se dejó la Copa en Montjuic y la Champions en un remate traicionero de Morientes con su Mónaco. Comenzaba el grotesco fenómeno del galacticidio que acabaría devorando a aquella constelación que mandó comprar Florentino; por de pronto, una Liga casi solventada se tornó en pesadilla a falta de once jornadas, con el Valencia a seis puntos y el Barça a una distancia sideral. La hecatombe de Mónaco se convirtió en un síntoma difícil de digerir (y reconocer): los blancos perdieron siete de los últimos diez partidos  y volatilizaron el campeonato. El capitán Raúl asumió los galones durante la tragedia y salió a la palestra para intentar calmar al madridismo: “A pesar de las últimas decepciones (Copa y Champions), no vamos a dejar escapar esta Liga”. Las palabras del siete estaban cargadas de heroicidad, pero la realidad delató un vestuario desplomado y aterrado por no haber colmado unas expectativas que la prensa describió con tintes faraónicos. El club se había encargado de vender una de las siete maravillas del mundo sin detenerse ni un instante a firmar una póliza de seguro en caso de accidente. Y el que sucedió fue demasiado aparatoso.

Tiempo después, Carlos Queiroz, ya fuera del club, diagnosticó las causas del derrumbe. Su conclusión fue que el propio Madrid “se mató a sí mismo”, exigiéndose la Copa de Europa por encima de cualquier éxito. El técnico portugués, en una entrevista concedida en Inglaterra, comentó que la eliminación de Mónaco desconectó para siempre al equipo. “La Liga ya no tenía sentido para los jugadores”, señaló con resignación Queiroz. En su intento por depurar responsabilidades y quitarse el marrón de encima, en parte tenía razón: el entrenador tan sólo era un convidado de piedra en aquella apuesta planetaria. La adulación a la enésima potencia había sedado a una pléyade de estrellas harta de aplausos y que, sin embargo, no había arrasado en títulos. El Madrid podría presumir de alinear juntos a Zidane, Ronaldo, Figo y Beckham, incluso de jugar a ratos un fútbol de fantasía. Pero el presidente sabía que los títulos o, más bien, la Champions, era la única coartada para inmortalizar su mastodóntico sueño.

El Barcelona de Jordi Roura (así será recordado al borde del cataclismo) cada vez se esfuerza más en emular al Madrid de Queiroz. Obviamente, parte de las circunstancias nada tienen que ver con el galaticidio: los azulgranas se han llevado golpes psicológicos con las noticias de Abidal y Tito Vilanova difíciles de digerir y, sobre todo, de olvidar en el césped. Tampoco el Barça se ha traicionado a sí mismo: el estilo es perenne juegue enfrente el Madrid o el Milan, quizá porque este equipo está moldeado para marear el balón en cualquier palmo del campo. Son las actitudes de ciertos futbolistas, como entonces ocurrió en el vestuario merengue, las que están dinamitando el establishment culé.

Primero, Victor Valdés reconoció públicamente y a destiempo que su futuro ya no pintaba nada en Barcelona. Desde luego, el portero se puso la pistola en la sien, pues era consciente de que cualquier cantada se la restregarían hasta la extenuación. Dani Alves era uno de los señalados por Guardiola y la salida de éste supuso un alivio, pero no una motivación para el brasileño; sigue viviendo de las rentas. Y en el incordio del nueve, Villa y Alexis sólo esperan finiquitar la temporada y encomendarse a los caprichos del mercado; entre que Messi eclipsa a todos y que ninguno de los dos  arietes han causado expectación en la grada, el club se ha dado cuenta que Neymar ahora o nunca. Y para no caer en ventajismos, estas carencias prevalecerán remonte o no al Milan mañana. En definitiva, si el Barça repite este año las gestas de Guardiola, agradecerá el mal trago de las últimas fechas. Queiroz avisó que su Madrid no se sostenía por el discurso inalterable del presidente, Sandro Rosell sabe de primera mano por dónde debe meter el bisturí. Las malas noticias a veces no son tan malas.

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3 respuestas a “Las malas noticias a veces no son tan malas”

  1. pronosticos deportivos dice:

    Para mi no es comparable, en aquel vestuario convivían muchos egos y solo la humildad de Raul estabilizaba todo un poco. en el caso del barcelona, solamente el ego de messi (si, que no intenten ingañarnos) pone todo patas arriba

  2. vender oro dice:

    Ya hemos visto que ego, ha tenido que marcar 2 goles hoy…..

  3. pinganillo dice:

    La verdad es que ese proyecto del Real, fue demasiado ostentoso, a veces funciona mejor una mezcla entre esos jugadores de nivel mundial, y jugadores de segunda linea, pero en ese equipo había demasiado gallo en el gallinero
    y por supuesto, los pavones…donde estan ahora? saludos

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